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Un acontecimiento mayor en las letras chilenas

Felipe Joannon O.
02 de julio, 2026

Título libro: El canciller
Autor: María Luisa Bombal
Año: 2026
Editorial: Fondo de Cultura Económica
Nº páginas: 206

 
Y mientras dábamos por fijada la figura de autora de María Luisa Bombal, ayudados por una narrativa densa y breve, y por personajes que apenas cambian de nombre de una novela a la otra; mientras nos disponíamos a sellar una consagración que había requerido tan pocas páginas para merecerla, cifrando justamente en eso, en la concisión y la consistencia, las virtudes de su prosa, he aquí que de improviso emergen dos obras de teatro de Bombal escritas en inglés, destinadas al olvido en unas cajas de la Library of Congress de Estados Unidos, firmadas por la escritora en 1956.

El hallazgo de las copias mecanografiadas de The Foreign Minister y de Dolly Jekyll and Miss Hyde, y la reciente traducción y edición de la primera a cargo de quien las encontrara, el académico Felipe Toro Franco, es un acontecimiento mayúsculo para nuestra literatura, de esos que ocurren cada cincuenta años. Y esto por varias razones. La primera —la más obvia— porque en el marco de nuestra narrativa Bombal ocupa la primera línea, junto a tan solo un puñado de escritores nacionales; su importancia es tal, que incluso si se tratara de borradores abandonados, correspondencia perdida o manuscritos personales, valdría de igual forma la pena su esmerada edición. Pero ocurre que se trata de una obra perfectamente terminada, como resulta manifiesto del nivel de detalles de las didascalias, de la firme construcción de la trama y de la cuidada administración del suspenso. Además, estamos ante una obra ya no narrativa sino dramática, no escrita en su lengua materna sino en inglés, no en medio de una hacienda aristocrática del campo chileno sino en las oficinas de un canciller checoslovaco. En suma, nos hallamos frente una serie de elementos que no pueden dejar inalterada la idea que nos hacíamos los lectores de la autora de La amortajada y La última niebla.

Inspirada muy de cerca por un hecho real —y por un personaje que Bombal conoció durante su estadía en Nueva York— El canciller es una tragedia moderna en cinco actos que recrea los últimos días de un ministro de relaciones exteriores de la extinta Checoslovaquia, en el momento en que los comunistas toman el poder hacia finales de la década del 40. Hijo de un expresidente considerado por el pueblo como una suerte de padre espiritual, Georg Teodosi (Jan Masaryk, en la vida real) debe decidir si renunciar a un gobierno que se alinea con la Unión Soviética o permanecer en su cargo para socavar desde dentro el nuevo régimen. Aunque su mujer, Ekaterina, la otra protagonista de esta obra, intenta disuadirlo, Georg terminará optando por conservar su cargo. Tal decisión —tomada al comienzo del Primer acto— marcará la dirección de la pieza teatral, otorgándole un sentido trágico, pues en adelante todas las acciones que tengan lugar irán empujando a Georg Teodisi al abismo.

Con gran habilidad teatral, Bombal va disponiendo una serie de escenas dramáticas arquetípicas que tienen como finalidad recrear los modos en que un gobierno sigue gradualmente la vía totalitaria, por medio de acciones concretas que alteran la vida de Georg y Ekaterina. La sustitución de la fiel servidumbre por agentes encubiertos, el apresamiento sin pruebas de subordinados del ministro, los accidentes de opositores al régimen nunca del todo esclarecidos, van sucediéndose frente a los ojos de Georg, que asiste impotente al cerco que le tiende Vaclav Kosek, disciplinado ministro del interior y villano de la historia.

Impresiona el nivel de detalle que proporciona Bombal. Tal como nos informa Toro en el prólogo, el texto está evidentemente escrito para ser representado, y por lo tanto cuenta con copiosas didascalias para su correcta implementación. Desde la minuciosa descripción del mobiliario hasta el ángulo exacto que debe iluminarse en un determinado momento, desde la elección del vestuario de Ekaterina para cada escena específica hasta la música marcial de la plaza Bohemia que se entreoye por la ventana, nada ha sido descuidado a la hora de evocar una atmósfera que Bombal parece tener muy clara en su mente. No menos placer extraerá el lector de la recreación arquitectural de la obra que de una trama que avanza segura hacia su desenlace. Acaso sea mera autosugestión, pero es en estas acotaciones (y en los monólogos introductorios de Katya) que percibimos las mayores correspondencias con las obras narrativas de Bombal.

Y sin embargo el imprescindible prólogo de esta primera edición, y las anotaciones que esta prodiga, nos hacen ver que la latencia de su primera literatura, escrita veinte años antes, está más presente de lo que el cambio de tema, de género y de idioma habrían permitido anticipar. Con el ojo de quien ha estudiado a fondo su literatura, el editor sorprende frases textuales (aunque en inglés) de La amortajada y La última niebla, así como una serie de símbolos (la niebla, las trenzas, las palomas) e identificaciones (Katya y María Griselda, por ejemplo), que señalan vías de continuidad con su obra narrativa anterior. Permanece, también en esta pieza, cierto candor, cierto optimismo típico de Bombal, que sobrevive a los ambientes opresivos que tan bien elabora, sean estos domésticos, como en La última niebla, o políticos, como ahora en El canciller, porque al final de sus historias la muerte es concebida como un trance de liberación.

La vorágine de publicaciones a la que asistimos en nuestro tiempo, decidido a rescatar cualquier papel escrito que lleve la firma de un autor conocido, puede suscitar recelo en el lector que oiga hablar de una nueva obra de María Luisa Bombal, publicada 70 años después de su inscripción en Estados Unidos. Frente a El canciller, no obstante, se puede perfectamente abandonar tal actitud. La temprana fascinación de la escritora por el teatro, sus sueños frustrados de convertirse en guionista para Hollywood, encuentran finalmente la forma que necesitaban en esta obra entretenida y bien armada, ágil y modernamente trágica. No queda sino celebrar este descubrimiento, esperando su pronta representación en Chile y, por qué no, también en Estados Unidos, como era la voluntad de la autora, puesto que se nos anuncia que dentro de poco aparecerá también la edición en inglés. Por nuestra parte, los lectores, quedamos expectantes ante la perspectiva de una traducción de la otra obra encontrada, Dolly Jekyll and Miss Hyde, que esperamos cuente con una edición tan rigurosa como la que ahora tenemos de El canciller.