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Gobernantes Lollapalooza. Adolescentes, ansiosos e irresponsables

Fernando Claro
10 de julio, 2026

Título libro: Boric frente a frente
Autor: Marian Basso
Año: 2026
Editorial: Ariel
Nº páginas: 216

Boric frente a frente - Marian Basso | PlanetadeLibros

 
Es algo angustiante leer Boric frente a frente. Crónica de una generación política en el poder, libro que repasa los intersticios del recién terminado gobierno de Gabriel Boric. No es solo por recordar todo lo que hicieron —y no hicieron—, sino porque nos revela el grado de liviandad e irresponsabilidad con que estos «jóvenes» nos gobernaron a todos nosotros, los chilenos. Es realmente impresionante leer el relato en primera persona —porque acá está uno de los méritos de la autora, Marian Basso, quien hace hablar a muchos protagonistas—, de las reuniones o comités políticos, que, en vez de ser reuniones ejecutivas para hacer funcionar al Estado y analizar el contexto sociopolítico, eran simples «chacotas buena onda»que terminaban en nada. Las «reuniones de los viernes» tienen un protagonismo especial, porque se describe cómo las tallas y el sinsentido desaparecieron luego de que llegase al Ministerio del Interior Carolina Tohá, quien, además de cambiar los métodos de trabajo, relata ella misma que los ministros llegaban escudados de diez o más asesores, todos opinando y todos recelosos de todos.

El libro nos revela cómo fue que fuimos gobernados por reuniones asambleísticas-universitarias donde todos opinaban y todo terminaba en nada. Hay una constante de estas reuniones que cruza todo el libro y refleja muy bien cómo opera esta generación y, desgraciadamente, está contaminando a la política completa: lo que copa la agenda, preocupaciones y mentes de estas personas no es la situación o futuro de los chilenos, sino que lo que dicen las redes sociales. Dónde se hiciese el Lollapalooza, por ejemplo, y a propósito de la odiosidad de la alcaldesa Irací Hassler contra el evento musical, fue el tema principal durante mucho tiempo. Una generación ansiosa, descocentrada y viviendo dentro de una burbuja.

Se revelan  muchas cosas que sabíamos, como por ejemplo que la casa del presidente en Yungay, con más de diez piezas, fuese el centro del carrete para asados y piscolas —de preferencia pisco con agua, al parecer—, pero verlo tan claro perturba. Lo merecían, dicen ellos, o dice Giorgio Jackson más bien, entrevistado por Zoom desde Barcelona, porque es «lo que hacen prácticamente todos los profesionales de Chile un jueves o un viernes después de la pega», que salen y dicen «vamos a tomarnos algo», así que ellos, adolescentes con ganas de carretear, usaban esa casa como «refugio para esa misma dinámica o terapia». Es increíble, ellos simplemente no se daban cuenta, y no se dan cuenta
aún —porque esa frase es de ahora—, que tenían a todo el país en sus espaldas. Se podían dar los lujos que no se dan miles sino millones de trabajadores chilenos que tienen altas responsabilidades al otro día. ¿Salir un jueves a tomar piscolas? Difícil, mañana trabajo, dicen los chilenos. Ellos no. Bueno, todo es interesante de leer, desde el «zungazo» del jefe de gabinete presidencial, Matías Meza-Lopehandía con Camila Vallejo en la piscina de la embajada de Chile en
Brasil —mientras el presidente Lagos daba una charla sobre su experiencia como presidente (habían ido al cambio de mando de Lula)—, hasta las «técnicas» de varios asesores de alojarse cerca de donde durmiese el presidente en sus giras para topárselo «sin querer» en algún restaurant o bar después de las actividades, porque ahí era donde se podía influir y llegar a él. Reviviendo todos estos detalles se entiende que era normal que el subsecretario Monsalve haya estado tomando pisco sours cuando no solo estaba a cargo de la seguridad del país en fechas complicadas, como septiembre, sino que cuando además era Ministro de Interior subrogante.

Todo se trataba con una liviandad e inexperiencia que, o no se dimensiona o, lisa y llanamente se defiende, hasta el día de hoy, con muy pocas excepciones en Boric —y prácticamente nulas en Jackson, Crispi y Vallejo, entrevistados expost y que reflejan solo intentar armar un relato autojustificatorio—. El libro repasa lo que ocurrió tras los indultos, que en teoría habría sido simplemente «un error comunicacional»; la compra de la casa de Allende, que fue revisada por casi veinte abogados; el caso Monsalve, ultraconocido; la visita a Temucuicui, que refleja que el Ministerio del Interior y la seguridad de Chile estaba en manos de médicos; los papelones diplomáticos olvidando roles de países como EEUU o inventando hechos para inducir odiosidades contra el rey de España. Son miles de errores, procesos y gustitos baratos que nos podrían haber costado mucho más caro, y que se fundamentan en una simple actitud adolescente —porque no lo eran—, en profunda ignorancia y en una flojera supina, todas propias de un grupo de amigos juveniles que se encontraron frente a un proyecto inmenso, que los superaba por completo. Amigos que vivían de la simple performance artificial, como lo grafican los numerosos escapes del Presidente a cualquier lado burlando el protocolo y la seguridad, para generar tensión y luego, oh sorpresa, que lo pillen con un libro en mano en alguna banca de una plaza o bar. Perfecto para la foto, la anécdota, para llamar la atención.

En cuestiones más deliberadas, el libro deja claro el intervencionismo grosero en que cayeron tanto para el Apruebo del 2022 como para la elección Kast-Jara y, deja mucho más clara y nítida su mala actitud e intolerancia con la prensa y la separación de poderes. Portadores de una especie de germen totalitario, no sé si por adolescentes o por ideología —por clara ideología en el caso de Camila Vallejo—, nunca aguantaron las sentencias del poder judicial —con quienes se enfrentaron varias veces, presidente incluido, algo insólito— y las críticas o reportes de la prensa. Leían —y leen la verdad— todos los cuestionamientos o sentencias como conspiraciones del capital y los poderosos ocultos —ocultos para ellos nomás, cuando ellos estaban en el poder—. El libro detalla, además, cómo intentaron hacerle la vida difícil al periodismo acreditado en las mismas actividades palaciegas y de gobierno —además de todos los ataques del mismo presidente Boric a la prensa que todos conocemos—.

En fin, el libro quizás nos deja una leve esperanza, porque es también la crónica de cómo las instituciones funcionaron, contuvieron y algo ordenaron a estos gobernantes que nunca habían trabajado en absolutamente nada y tenían una nula capacidad de ejecución. Gobernantes que solo se habían relacionado con amigos y que no conocían a personas de ideas o historias diferentes, lo que les hizo muy difícil tomar decisiones y avanzar, ejecutar, como hacen todos los chilenos día a día en el trabajo. Eran una especie de secta universitaria piscolera incapaz de confrontar opiniones, balancearlas y decidir. Incapaz de construir un país. Aunque la verdad es que la esperanza, más que en las instituciones, queda  en el pueblo chileno, quienes nos autosalvamos ese histórico 4 de septiembre de 2022 cuando rechazamos esa arquitectura política bolivariana que nos propusieron. Habrá que recordarlo para siempre, porque si no, esas personas habrían pasado a decidir el futuro de todos los chilenos, autoritaria y desordenadamente, tal cual lo hizo Chávez, Maduro, los Kirchner y Evo.