
De chico, durante los 90 y 2000, siempre pensaba que una cosa era haber sido contrario a Pinochet y su dictadura, lo normal considerando las violaciones a los derechos humanos, pero otra, muy diferente, era al mismo tiempo seguir defendiendo lo que ya se sabía de Honecker en Alemania, Stalin en la Unión Soviética o Pol Pot en Cambodia. Para qué decir lo de la Cuba de Castro y la UP de Allende, gobiernos con violaciones sistemáticas a los derechos humanos mucho más cercanas que las europeas o asiáticas. Era evidente la hipocresía de hablar de dignidad humana y seguir apoyando a esos regímenes y por lo tanto completamente inentendible —para qué decir intentar imponerlos acá, de nuevo—. Como tenía tíos pinochetistas y comunistas, a los que seguían defendiendo el comunismo les podía dar el beneficio de haber creído algo así viviendo los años 50 o 60, cuando yo creía que todavía existía cierta disputa real y racional entre sistemas que se suponía respetaban a la igualdad y dignidad humana —el «sistema pinochetista» no existe ni existía, pero eso
otra discusión—. Comunistas y socialistas quizás están algo pegados, pensaba, pero igual era extraño. Sin embargo, de a poco me di cuenta de que George Orwell y sus escritos ya eran conocidos en Chile en los 50 y el mismo Jorge Edwards escribía Persona Non Grata en 1973 —hay muchos más libros y fuentes, pero de esos supe yo al principio—. Cuba, ni Allende, ni ningún régimen socialista o comunista podían ser entonces defendidos si existían esos libros en Chile y se juraba la bandera de la libertad y los derechos humanos. Luego, ya más grande, cuando llega Hugo Chávez a Venezuela a fines de los 90 y la izquierda chilena prácticamente completa no deja de defenderlo —llegando a defender incluso a Maduro, hace pocos años—, mi esperanza en discusiones racionales de ideas políticas de izquierda empezaron a difuminarse hasta que desaparecieron por completo luego del estallide chileno de 2019, cuando la opinión pública dominante en Chile —no la mayoría de los chilenos— entró en un delirio colectivo y personas que nunca diferenciaron a Enrique Krauss de Rotter & Krauss empezaron a opinar como expertos políticos en comidas y fiestas.
Si se cree en la igualdad y dignidad humana, esto es lo que cualquier persona mínimamente leída debería pensar, y ese fue el trayecto político-intelectual que relata Javiera Parada en este libro, quien, por biografía, nació de izquierda. Sin embargo, logró superar lo que al final mantiene a todos ahí, que no es la razón, sino que las modas, la estética y falsos autoconvencimientos. Este libro narra el trayecto vital e ideológico de Parada que se inicia desde las Juventudes Comunistas, de manera natural —por nacer en ese entorno—, hasta terminar alejada de la izquierda e incluso colaborando en campañas políticas de centroderecha en 2022 y, como ella, hoy día ya «sin domicilio político» oficial. Dado que ella termina su travesía intelectual reconociéndose como liberal, no le quedaría nada más que ser parte de Evópoli pero su historia, quizás, no se lo permite, porque las biografías marcan y liberarse de ellas es difícil, aunque este libro es el reflejo de cómo ella se ha liberado, y con audacia.
La vida de Parada se inició con la tragedia de su familia, por haber sido víctima ya de niña, de la dictadura de Pinochet, con familiares desaparecidos y su padre asesinado en 1985. Sin embargo, este es el relato de una vida libre que logra alejarse del victimismo eligiendo diferentes vidas enérgicamente, desde niña relacionada con la danza y el teatro y, luego, con la política más activa, a través de la militancia comunista. Ahí es donde se puede leer quizás su primera epifanía liberal, al desertar del PC porque se inmiscuían en su vida privada, decidiendo e influyendo con quien pololeaba y con quien no. Leyendo el libro a veces se confunde si la voz es de ella, la Javiera de hoy, o de la Javiera adolescente, ya que intercala Pacos con Carabineros sin mucha claridad, pero en fin, es un libro de alguien que protagoniza la historia de Chile desde un lugar especial, siempre entremezclado con el teatro, la danza, el arte y la gestión cultural, luchando contra la dictadura; discutiendo entre abogar por el No o insistir con la opción violenta contra Pinochet; luego, desde Barcelona, viviendo el destape español para después volver a Chile al primer gobierno de Bachelet, las protestas escolares del 2006, y empezar a entender la importancia del mercado y la sociedad civil desde un lugar tan bizarro como la Cancillería y, finalmente, recaer en el proceso que se inicia con la llegada de Sebastián Piñera al poder —presidente con el que tiene increíbles conversaciones durante el estallido—. Ese proceso que inaugura las protestas estudiantiles del 2011, y se toman la agenda política para desde ahí protagonizar el nacimiento de Revolución Democrática y el Frente Amplio, proceso chileno que termina, creo yo, en 2022, con ese Rechazo a la delirante propuesta constitucional por la cual ella luchó por años pero que también tuvo que rechazar, por mala. Entre medio, además arte y pololeos relata cómo fue descubriendo que creer en la igualdad, libertad y democracia, la hacía una liberal y, por lo tanto, le era imposible tener afinidad o pertenecer con colectivos que conculcaban libertades, defendían a regímenes como el de Venezuela o incluso eran falsamente feministas o reformistas, ya que algunos como Revolución Democrática la persiguieron con argumentos puritanos dignos del más rancio conservadurismo. Así, al final, fue desertando de todos los proyectos de izquierda porque eran simplemente hipócritas, no respetaban la dignidad e individualidad de las personas y predicaban, pero no practicaban, tanto en cuestiones vitales como también en menores —Giorgio Jackson juega un rol crucial en estas operaciones oscuras desde 2011 en adelante—.
Si bien son memorias y las memorias son selectivas —por lo que no hay cómo comentar sus elecciones ya que es su memoria—, sí cabría clarificar ciertos hechos que empañan su relato, destacado dos, como el que Venezuela, que tuvo derivas autoritarias mucho antes del 2012 a pesar de lo que ella dice, ya desde ese proceso partió, el mismo 1999, violando su Constitución, para abrir un proceso ilegítimo que después de unos meses derogó incluso su Congreso creando un «Congresillo» —y para qué decir después durante los 2000—. Lo otro que está también completamente alejado de la realidad es el comparar simétricamente el delirio propuesto por la primera convención constitucional chilena con la segunda. Uno, el primero, que fue un completo delirio en forma y fondo, que destruía todas las libertades individuales y separación de poderes, que politizaba la vida de todos los chilenos y destruía por completo la democracia y el Estado de Derecho; y el otro, el segundo, un proceso mesurado en forma y fondo, que ofreció una Constitución prácticamente igual a la que tenemos hoy, con uno que otro detalle que se pudo haber interpretado como conservador-católico, pero nada de excesos ni delirios en ninguna dimensión.
Este es un relato de pertenencias, epifanías, renuncias, reflexiones y decisiones, que quizás sea de los últimos de alguien que se convirtió al liberalismo luego de militar en el comunismo o socialismo siendo contrario a la dictadura de Pinochet. Es un relato y trayectoria vital e intelectual increíble, pero a la vez valiente. Es un relato que además termina por enterrar totalmente mi fe en la posibilidad de existencia de ideas de izquierda. En las ideas, no en las personas.