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A 80 años de El señor presidente

Felipe Joannon O.
17 de julio, 2026

Título libro: El señor presidente
Autor: Miguel Ángel Asturias
Año: 2020
Editorial: Alfaguara – Edición conmemorativa
Nº páginas: 576

 


 
Cuenta Neruda en sus memorias que, tras el cruce de la cordillera en calidad de prófugo durante el gobierno de González Videla, su primera preocupación, al llegar a Buenos Aires, fue la de conseguirse una identidad falsa que le permitiera embarcarse a Europa. Mientras ideaba la mejor manera de hacerse con una, de golpe el poeta se acuerda de su amigo Miguel Ángel Asturias, que por entonces ejercía de diplomático en la capital argentina. El relato es cómico y, para muchos, verosímil: «Mi viejo amigo centroamericano se hallaba probablemente en Buenos Aires […]. De mutuo acuerdo nos habíamos clasificado como “chompipes”, palabra indígena con que se designa a los pavos en Guatemala y parte de México. Largos de nariz, opulentos de cara y cuerpo, nos unía un común parecido con el suculento gallináceo. Me vino a ver a mi escondite. “Compañero chompipe —le dije—. Préstame tu pasaporte. Concédeme el placer de llegar a Europa transformado en Miguel Ángel Asturias”. […] No dudó un instante. A los pocos días, entre “señor Asturias por acá” y “señor Asturias por allá”, crucé el ancho río que separa la Argentina del Uruguay, entré a Montevideo, atravesé aeropuertos y vigilancias policiales y llegué finalmente a París disfrazado de gran novelista guatemalteco».

La anécdota de los Nobeles tiene lugar a principios de 1949, esto es, tres años después de que Asturias publicara una de sus principales obras, El señor presidente, hace ya ochenta años. Como ocurriría con el Canto General —y esta no es la única convergencia entre las obras— la novela aparecería en México y no en su tierra natal, en parte por razones políticas. En efecto, el guatemalteco había terminado la novela a principios de los 30, en plena dictadura de Jorge Ubico. Aunque el dictador que inspira el personaje de la novela de Asturias no es Ubico sino Manuel Estrada Cabrera, que gobernó Guatemala entre 1898 y 1920, no era ciertamente aconsejable publicar un libro semejante durante la década siguiente, entre otras cosas porque en la historia tampoco se daba el nombre explícito de Estrada Cabrera, y se sabe que un personaje de ficción puede ser tributario de más de un personaje histórico. Por otra parte, es evidente la vocación más universal de la novela para denunciar un sistema tiránico, que trasciende la mera realidad histórica de la Guatemala de inicios del siglo XX.

Muchos, de hecho, señalan El señor presidente de Asturias como la primera «Novela del Dictador», uno de los subgéneros más prolíficos de nuestra narrativa latinoamericana. Con antecedentes bien arraigados en el siglo XIX —como el Facundo de Sarmiento, con sus enardecidas y románticas diatribas dirigidas al dictador Juan Manuel Rosas— la articulación narrativa en torno a la figura del tirano ha alcanzado cimas literarias difícilmente igualadas en otras literaturas (por suerte, dirán algunos). Sean estas novelas obras de ficción, como El otoño del patriarca (1975) de García Márquez, o más apegadas a la realidad histórica, como La fiesta del Chivo (2000) de Vargas Llosa, durante casi un siglo los escritores latinoamericanos han visto en la figura del dictador una clave para estructurar todas las dimensiones de una determinada comunidad. La pionera novela de Asturias destaca precisamente por eso, por su capacidad de recrear una sociedad completa, enlazada por los no tan sutiles hilos que teje el sistema del tirano. Así, la novela comienza con la magistral descripción de esos mendigos que forman una suerte de «corte de los milagros», que se reúnen bajo el Portal del Señor, para luego adentrarnos en cárceles, burdeles, hospitales y la misma estancia del dictador. La ciudad emerge vivísima, llena de una vitalidad monstruosa producto del cruce entre una fertilidad natural avasalladora y la violencia torturadora de las fuerzas del régimen.

Resulta asombroso constatar cómo Asturias, hace cien años, tomaba un rumbo decididamente divergente respecto de las novelas realistas —«criollistas», diríamos nosotros— que dominaban la escena de la narrativa de principios del siglo XX. Con justicia se lo considera un precursor de los escritores del Boom, y sería más justo todavía valorar su obra en el horizonte de su propia generación, y no como facilitador de lo que vendría después. Nada en esta obra es añejo, aunque entremezcle muchos recursos y acuda a variadas tradiciones. El surrealismo, por ejemplo, que conoció Asturias en su estadía en París, aparece aquí asimilado con maestría y estilo propio, lo que no impide que nos recuerde por momentos algún pasaje de Trilce y al Neruda de las Residencias, escritas más o menos en la misma época. Impresiona el dominio poético de Asturias, bien en línea con el barroco que estaban inventando con coetáneos como Alejo Carpentier, con quien difiere, a mi juicio positivamente, en el no dejarse engolosinar por el repliegue en el propio acto de escritura. Barroco y surrealismo al que se une el habla coloquial guatemalteca —demasiado presente en la novela, a decir verdad— y una opción muy consciente por el recurso a la repetición: repetición de palabras, de frases, de canciones, que se vinculan probablemente a su preferencia por un tiempo mítico y no histórico lineal, una de las principales preocupaciones de su veta etnológica.

El señor presidente podría ser, por lo tanto, el despliegue de un lienzo magnífico de un virtuoso del lenguaje, y sin embargo es más que eso. La historia que vertebra la novela está perfectamente dispuesta, y atrapa al lector en una aventura que no carece de suspenso. Virtud complicadísima, si se tiene en cuenta la cantidad de personajes que circulan en ella, puesto que, como adelantábamos, uno de los objetivos de la novela es también dar un fresco lo más completo posible de todos los actores de una comunidad. En ella sobresale un personaje que no se olvida cuando se termina el libro: Miguel Cara de Ángel, el «favorito» del presidente. El juego que entabla Asturias entre el sustantivo común «ángel» y el sustantivo propio «Ángel» le permite crear un punto de fuga de la trama, dotarla de una ambigüedad entre satánica y tierna, potenciar la dimensión enigmática del relato.

Novelas como El señor presidente o La fiesta del Chivo vienen a recordar una paradoja típica de la literatura: el relato de lo siniestro apela al placer del lector. Asturias entrega pasajes de una sordidez extrema, y los narra de manera que no podamos soltar el libro. No hay solidaridad entre el objeto de la denuncia y el modo en que lo hace. Como solo ocurre con los grandes escritores, Asturias logra que el placer que suscita a propósito de descripciones que alientan la vida sea de la misma naturaleza que el que proviene de las representaciones de la miseria o del horror. A ocho décadas de su publicación, El señor presidente sigue fresca en el suscitar esta contradicción.