
A veces da la impresión de que Santiago es una ciudad que se vive por encima. Resbalamos por su superficie como la lluvia ocasional que no penetra el suelo endurecido. Esa palabra que nos gusta endosarle a la poesía de Neruda, telúrica («hundí la mano en lo más genital de lo terrestre», dice el poeta en Alturas de Machu Picchu), no parece aplicar al ánimo santiaguino, más bien impermeable a la materia. Las sucesivas generaciones no profesan una fidelidad mayor al suelo en que vivieron sus padres, aunque curiosamente no se mudarían por nada del mundo a otra ciudad. ¿Quién vive hoy en el mismo barrio en que habitaron sus abuelos? ¿Quién mira por la ventana un escenario semejante al de sus antepasados inmediatos? En una de las crónicas de este nuevo libro de Roberto Merino, el autor refiere como una excentricidad que la casa de Ignacio Domeyko, el famoso geólogo polaco, estuviera en las manos de la misma familia por 100 años. Hasta los extranjeros echan más raíces que el habitante local.
Ciudad del olvido es el justo título para reunir una serie de crónicas sobre la ciudad de Santiago. Como en publicaciones anteriores suyas, el libro de Merino agrupa textos publicados en distintos momentos por medios diversos. A diferencia de sus obras más conocidas —Todo Santiago, por ejemplo, que acaba de ser reeditado por el Fondo de Cultura Económica— aquí se trata de escritos de una extensión mayor, delimitados no ya por alguna calle, un monumento o un hito específico, sino preferentemente por barrios: Yungay, República, Brasil, Lastarria. No es casual que así sea —me refiero a la correlación entre extensión del texto y amplitud geográfica— y Merino sabe que procediendo de esta manera está llevando las coordenadas de reflexión sobre la ciudad a otro lugar, a su propio terreno, menos abstracto e institucional y más vinculado con un pasado que, en algunos casos, va dejando poca huella.
Nos gusta la ciudad de Merino porque está poblada y tiene historia. La primera crónica, «El cerro Santa Lucía en la literatura», es un desfile de imágenes legadas por escritores conocidos, viajeros de paso, memorialistas amateurs. Encontraremos a los interlocutores privilegiados del cronista
—Joaquín Edwards Bello y Vicuña Mackenna— a los que se irán uniendo otras voces de la literatura chilena, como Pedro Prado, Jorge Délano y un joven Alone. La disposición de las citas será tan arbitraria como fluida, propio de quien siempre ha elogiado el irse por las ramas (título, por lo demás, de una de sus mejores recopilaciones: Por las ramas, Hueders, 2018). Uno diría que el autor llega de manera natural a observaciones que, pasada la referencia literaria o histórica, tienen una impronta fenomenológica, que recuerda a pensadores como Gaston Bachelard y su Poética del espacio.
Llegar a captar una sensación, por difusa que sea, es la meta principal de la escritura de Merino. De ahí su recelo frente a dos operaciones tenidas por favorables por la doxa: el recurso a la imaginación y la hiperabstracción de la realidad (que no es más que otra manera de decir «ideología»). La primera —la inclinación a fantasear— me recuerda una entrevista que le hicieron al autor hace algunos años. En medio de la conversación, el periodista le pregunta a Merino si acaso lee novelas, a lo que el escritor responde que ya no, porque «[le parece] desalentador que el elemento de base de un libro esté demasiado procesado por los caprichos imaginativos de una persona». Le gustará Roberto Bolaño, insinúa más adelante el entrevistador; no especialmente, responde el cronista sin un ápice de afán polemizador; le «aburre» justamente porque se «engolosina» demasiado en explorar los recovecos de su propia imaginación.
La referencialidad, en Merino, es un principio irrenunciable. Y es esto lo que lo vuelve tan especial como escritor, dueño de una originalidad que no se basa en reivindicar su distinción. La renuncia a perseguir la mayor universalización posible de su literatura —algunas de sus crónicas, de hecho, no alcanzan pleno sentido si no se manejan referencias o experiencias locales— dota a su escritura de cierta frescura, aligera un discurso que de otro modo podría resultar pesado.
El segundo vicio del que huye la escritura de Merino, decíamos, es la aplicación de categorías demasiado abstractas para la comprensión de la ciudad, el uso de criterios preestablecidos para mirar y no ver. De términos como «desigualdad», «segregación» o «modernización» se pasa a los datos estadísticos, que confirman el discurso de partida y nos devuelven una idea de ciudad que nos exime de conocerla. La escritura de Merino no busca posicionarse en base a estos mismos ejes, sino que disputa indirectamente el proceso de construcción de realidad. La conclusión, en algunos casos, puede ser la misma: la lectura de la crónica sobre el barrio República nos devuelve, sin duda, una ciudad segregada y clasista. Pero llegamos a esas conclusiones mediante un ejercicio que nunca pierde de vista las circunstancias históricas que las posibilitaron, otorgándole densidad a esos conceptos, al tiempo que se nos dan claves para entender las dinámicas de la ciudad contemporánea.
Porque, en efecto, las crónicas de Roberto Merino son uno de los mejores antídotos contra el presentismo que nos caracteriza como santiaguinos. Muchas de las tensiones que nos gobiernan hoy tienen antecedentes en hechos que ocurrieron hace décadas o incluso un siglo, como sucede con la huelga de la carne de 1905, que el cronista aborda en varios de estos textos y cuyos efectos nos remiten a los del reciente estallido social. Acertaba, por eso, Germán Marín cuando calificaba la primera compilación de crónicas de Merino (Santiago de memoria, 1997) como una suerte de Comedia humana santiaguina, aunque lo distanciase de Balzac el género de escritura. La acumulación de nuevos textos sobre la ciudad —como los que recupera Ciudad del olvido— enriquece un escenario por el que van y vienen viejos conocidos, de todas las épocas, a los que se van sumando nuevos personajes que desafían esas dinámicas, como en las novelas del escritor francés. El viejo y nuevo realismo, en suma, que implica hacer converger la propia escritura hacia un lugar común.