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Naturalistas en el siglo XXI

Felipe Joannon
18 de junio, 2026

Título libro: La república de los pájaros
Autor: Niall Binns
Año: 2026
Editorial: Guillermo Escolar
Nº páginas: 292

 
Algo ha ocurrido para que la figura del naturalista viajero esté irrumpiendo cada vez con mayor frecuencia en nuestras letras. Recientemente, Cristóbal Marín ha revivido para nosotros las aventuras de personajes como Rodulfo Philippi (Atacama fantasma, 2023) y el comandante del Beagle Robert FitzRoy (Huesos sin descanso); del otro lado de los Andes, César Aira ampliaba el curso de su literatura con una historia sobre Rugendas (Un episodio en la vida del pintor viajero, 2000) y, una década antes, Juan José Saer, en un libro precursor de la no ficción contemporánea, dialogaba con Charles Darwin y otros naturalistas decimonónicos sobre los particularidades del Río de la Plata (El río sin orillas, 1991).

Algo ha ocurrido para que asistamos a la multiplicación de ensayos biográficos sobre estos personajes y otros afines (antropólogos, arqueólogos, botánicos y ornitólogos, como veremos); algo que tiene que ver con nuestro presente y que, por supuesto, obedece a muchas causas. Una de ellas se relaciona con cierta nostalgia por las vidas singulares que ellos encarnaron, con sus viajes casi fantásticos y penurias infinitas. Ficcionalizar estas figuras parece una suerte de reacción a la narración de «vidas mínimas» que prefiere el realismo. Otra causa, intuyo, reside en un aspecto específico del naturalista, a saber, el hecho de ser los últimos científicos que apuestan por una idea general del mundo, que luego traducen en un relato construido a partir de la experiencia de sus viajes. La nueva vitalidad literaria de estos personajes se explicaría, en este caso, como una reacción a la hiperabstracción científica contemporánea y a sus derivas de intensa especialización.

Si los naturalistas aludidos tienen herederos en nuestro tiempo cabría buscarlos, en efecto, no entre quienes dominan modelos cuánticos cada vez más complejos y separados de la materialidad cotidiana, sino, acaso, entre quienes todavía se acercan (físicamente) con curiosidad al mundo, intentando explicar sus dinámicas mediante un relato. Entre estos últimos se cuentan los cada vez más numerosos ornitólogos amateurs, atentos al equilibrio del paisaje que descubren en su relación con las aves. El académico y poeta Niall Binns es sin duda uno de ellos. Aunque aparentemente circunscrito a un tema específico —Aves en la literatura latinoamericana reza su subtítulo— su reciente libro responde justamente a esa necesidad de volver a instalar la experiencia propia y directa con la naturaleza en material cognitivo legítimo para explicar nuestro mundo. Cuando la palabra científica ha perdido fuerza para nombrar la naturaleza, entonces conviene volcarse a los nombradores por definición: los poetas.

Tanto el orientador prólogo de Jesús Cano Reyes como la «Nota preliminar» del autor plantean desde el inicio las perspectivas que tratará La república de los pájaros. Y las preguntas de la contratapa sintetizan muy bien lo que nos ofrecerán estas páginas: «¿Cuánto sabe sobre aves cada autor y cuánto necesita saber? ¿Cuánto debemos saber nosotros los lectores para gozar de los libros? ¿Por qué fascinan los ruiseñores en un continente donde no hay ninguno?». Entonces captamos que uno de los dilemas sobre los que discurre el libro es el de la exactitud en el nombrar y su relación con la experiencia personal sensorial.

El tema está lejos de resolverse de manera sencilla, como nos recuerda el autor al exponer posiciones contrapuestas de grandes poetas. Por una parte, la constante búsqueda de nombrar lo propio del continente americano, en autores como Mistral y Pablo Neruda, y por otro lado, vates de no menor calado, como Borges, Darío o Huidobro, que optaron por dar más espacio a pájaros de la tradición poética que no habitan nuestro paisaje, como el Ruiseñor y el Cisne de Cuello Blanco. Son conocidas —y el autor las cita oportunamente— las palabras de Borges en El escritor argentino y la tradición, en las que este ridiculiza la preocupación por representar preferentemente la flora y fauna local; quienes así proceden —arguye el argentino— olvidan que en naciones como las nuestras, herederas de una cultura milenaria, la mención de lo foráneo a veces puede decir más sobre nuestro carácter que lo autóctono. Extremar la posición borgeana, sin embargo, corre el riesgo de ahuecar las palabras y desconectarnos de nuestras primeras experiencias sensoriales. Necesitamos con Neruda cantar al Chercán y con Mistral a la Tenca.

A propósito de la Tenca y el Chercán, otro capítulo muy interesante de este libro está dedicado a las arbitrariedades con que las instituciones han nombrado la fauna americana, con rezagos de colonialismo que bien se podrían subsanar leyendo a los poetas de este continente. En «Amados por naturalistas y poetas, maltratados por la Real Academia», Binns elige tres definiciones de aves de la RAE delatando la imprecisión del diccionario, justamente porque en la base de la definición se ha preferido perpetrar lugares comunes en vez de simplemente observar las cualidades específicas del pájaro. Los cantos de Neruda al Chercán o de Mistral a la Tenca resultan más precisos en su lenguaje poético que la pretendida objetividad del diccionario, que realiza comparaciones improcedentes con especies europeas como el Ruiseñor. El capítulo nos devuelve, además, una larga historia sobre las representaciones de estas aves que, para el caso de Chile, se remonta a personajes como el abate Molina, y se prolonga hasta alcanzar a poetas mapuches contemporáneos como Lorenzo Aillapan y Leonel Lienlaf, pasando por aportes fundamentales de naturalistas, como el libro Las aves de Chile (Goodall, Johnson y Philippi), que Neruda consideraba una obra de cabecera.

El dominio poético y ornitológico de Binns —que también recurre a una aproximación más estrictamente ecológica, que aquí no hemos tocado— se decanta en una prosa precisa, la de quien sabe y ha experimentado eso que describe. Ello redunda en una escritura que nos persuade a no conformarnos con un lenguaje general empobrecido, ya lejano de la experiencia concreta. Una escritura que conjura el caos, pues el conocimiento de una mayor cantidad de especies dentro de una determinada categoría establece distinciones ahí donde percibíamos solo continuidad. Así, esta valiosa obra de Niall Binns cumple a cabalidad con eso que Jesús Cano Reyes promete en su prólogo, incluso a quienes no han desarrollado todavía el feliz hábito del pajareo: «Al cerrar el libro, comprobamos que algo ha cambiado y miramos con otros ojos. Un conocimiento precioso sobre el mundo nos enriquece y llevamos ya con nosotros la prometedora amistad de los pájaros» (13).