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Barquero chino

Felipe Joannon O.
04 de junio, 2026

Título libro: El viento de los reinos
Autor: Efraín Barquero
Año: 2019
Editorial: Nascimento – Ediciones Lastarria
Nº páginas: 144

 

 


 
Ahora que el gobierno chino vive su apogeo diplomático —tras recibir en menos de diez días a Donald Trump y Vladimir Putin en Beijing— vale la pena recordar un fenómeno cultural que involucró a no pocos escritores chilenos en los años cincuenta y sesenta, en los albores de la República Popular: me refiero a los viajes emprendidos por estos a China, generalmente en respuesta a la invitación extendida por el país asiático, con el objetivo de distanciarse del comunismo soviético e iniciar relaciones directas con los países de América Latina. Mao intuyó la importancia de cimentar su proyecto desde la cultura, de modo que favoreció la acogida de artistas y escritores con el objetivo de abrir el camino diplomático con naciones que, en ese momento, se debatían entre el dominio estadounidense y el soviético.

Las viajes más conocidos son, seguramente, los que emprendió Neruda en 1951 y 1957, de los que el poeta deja constancia en sus memorias. Pero también vivieron estadías significativas autores como Luis Oyarzún, Gonzalo Rojas (que se entrevistó con el propio Mao), Pablo de Rokha, Mercedes Valdivieso, Armando Uribe y Germán Marín. Casi todos vuelven tocados por la experiencia, y la mayoría intenta volcarla en un libro. De Rokha publica China roja en chino, un libro cuyos poemas serán difundidos por las radios y periódicos de ese país, Mercedes Valdivieso escribirá Ojos de bambú (1964), una novela centrada en la Revolución cultural y Oyarzún dedica algunas páginas de su Diario a contar lo vivido. Ninguna de estos textos alcanza, sin embargo, la belleza del poemario que compone un joven Efraín Barquero, arribado a Beijing en 1962, con escasos 30 años y un libro de Manuel Rojas bajo el brazo para enseñar en China el español.

Este año se cumplen seis décadas desde que el poeta maulino terminara la escritura de El viento de los reinos, uno de los libros más peculiares de su repertorio. Al momento de su llegada a China, Barquero ya había dado muestras de su impronta «lárica», con una obra bien acogida por la crítica (el mismo Neruda, de hecho, había escrito el prólogo de La piedra del pueblo, su primer libro). En línea con poetas como Jorge Teiller, su poesía por entonces evocaba preferentemente los elementos primordiales del ambiente campesino en que había crecido. El desafío ahora era de otra magnitud: Barquero se enfrentaba, en la enorme ciudad de Beijing, a una civilización completamente ajena, de la que intentaría dar cuenta.

Sin abandonar el aliento mítico que guía todo su repertorio, El viento de los reinos escenifica el encuentro de un extranjero, que intuimos es de origen occidental, con la ancestral civilización china. El primer poema, «Puertas de China», da la nota hermenéutica de todo el poemario. Simbolizando el umbral que separa al forastero de la cultura china, las puertas interpelan al viajero, advirtiéndole que nunca llegará a conocer del todo la civilización que ellas custodian. «Extranjero, detente en mis murallas», comienzan, «contengo tantos muertos que entera soy de cal y espinas», para luego sentenciar con la voz de la alteridad: «no verás mi desnudez que el viento cuida / conmigo dormirás sin conocerme». El viajero desoirá la amenaza de las puertas e irá adentrándose en un ambiente mítico que parece un laberinto borgeano, con objetos reconocibles de la civilización asiática (gongs, leones de bronce, las campanas de Tien Tan) y alusiones a príncipes y emperadores («El sueño de Huang-ti»).

En la contratapa de la segunda edición —que es el fruto de un trabajo conjunto entre la mítica editorial Nascimento y Ediciones Lastarria— Ignacio Valente asocia el poemario con el Neruda de Canto General y, sobre todo, el de las Residencias. Pero es específicamente el de «Alturas de Machu Picchu» el Neruda más presente en El viento de los reinos. En ambos casos se trata de la llegada de un extranjero al umbral de una civilización antigua, en los dos existe la intención por entablar algún tipo de comunión. Y luego están las convergencias (influencias, sería más exacto) lexicales y metafóricas. Refiriéndose a los Incas, Neruda afirmará en su célebre Poema XII: «agricultor temblando en la semilla: / alfarero en tu greda derramado», mientras que Barquero, a propósito de China, escribirá: «Aquí donde los padres derramaron la semilla la arena gime ruge el viento».

Pero si en Neruda todo culmina con la incorporación del poeta a una comunidad, de la que el vate pretende ser el portavoz («Hablad por mis palabras y mi sangre»), en el libro de Barquero nunca llega a concretarse un verdadero encuentro entre forastero y sociedad, dando cumplimiento, así, a la advertencia introductoria lanzada por las «Puertas de China». La identidad del sujeto se diluye entre pasillos, portales, estatuas y ruinas milenarias. Existe un intento en esta obra por eliminar el tiempo histórico y reemplazarlo por un tiempo mítico que conlleva la difuminación de los límites del sujeto. El viento de los reinos pareciera sostener —en línea con el resto de las obras del poeta— que no es posible entablar un verdadero contacto con «el mundo de afuera» sin que en el proceso se pierda la conciencia del sujeto interior, esto es, sin que de golpe se borren los límites que lo separan de todo lo demás.

El libro, que en sus primeras cuatro partes exhibe un tono hermético y remite a un tiempo mítico, termina con una quinta sección que rompe con ese registro, para denunciar el acontecimiento que estaba marcando la historia en ese momento, la Guerra de Vietnam. Si nos quedamos, sin embargo, con las cuatro primeras partes, observamos que Barquero se preocupó de mantener una simetría que las volvía intercambiables, reflejo de la arquitectura que los poemas van evocando. Él mismo, de hecho, no quiso dotar a su obra de un índice, acaso para acentuar el carácter laberíntico que quiere imprimirle, como bien observa Julio Rodajo en un trabajo que le dedica.

Con El viento de los reinos Efraín Barquero nos lleva «a las puertas» del principal temor del hombre moderno, a saber: la pérdida de la conciencia de la propia individualidad. Su obra refrenda en el plano artístico la inversión que Jung parece llevar a cabo de la frase cartesiana: desde el «yo pienso, luego existo», de Descartes, afirmación fundante del sujeto moderno, al «yo soy el objeto de todos los sujetos», que Jung propone en Arquetipos y repetición. Mediante la representación del encuentro con una civilización desconocida, El viento de los reinos propone un impulso de salida «hacia fuera», un intento de objetivación que se plantea en contra de un psicologismo que se pierda «hacia adentro». En tiempos en que todavía se padece la crisis del sujeto moderno, esta obra de Barquero encuentra aquí su vigencia.