
La semana pasada estuvo en Chile Carlos Granés, famoso ensayista colombiano y autor de El rugido de nuestro tiempo, publicado el año pasado por Taurus, que tiene ideas similares a su libro anterior Delirio Americano —relación histórica entre el arte y la política—, pero actualizadas a los gobernantes de los últimos cinco años.
Es, además, más amistoso con los lectores, especialmente para quienes no somos historiadores latinoamericanos o culturales, porque la verdad es que el Delirio Americano abruma a quien no tiene el bagaje cultural de Granés. En ese libro, Granés explicaba con genialidad y erudición cómo el arte latinoamericano se había inmiscuido históricamente en la política latinoamericana, tanto explícita o como implícitamente hasta nuestros tiempos —y afectándola negativamente, creo, y de ahí el «delirio»—. Las infinitas referencias y millares de conexiones entre artistas, corrientes artísticas, ideas, políticos y poetas son necesarias para construir su tesis, así que no están demás. Sin embargo, algo abruman y en este nuevo libro eso ya no ocurre. El erudito trabajo anterior ya está hecho, así que Granés escribe con menos —aunque no pocas— referencias culturales, lo que hace navegar mejor a uno en la lectura entre las ideas que va desarrollando.
Es, además, un ensayo más corto que conversa con la tradición del historiador italiano Loris Zanatta, que analiza el rol de la religión católica en la cultura política socialista de los países latinoamericanos y sus consecuencias subdesarrollistas —especialmente la vertiente jesuita y destacan entre sus libros Fidel Castro, el último rey católico (2020) y El populismo jesuita: Perón, Fidel, Chávez, Bergoglio (2021)—, y un escritor anterior, el venezolano Carlos Rangel, que hace algo similar en su famoso libro Del buen salvaje a buen revolucionario (1976), donde analiza la influencia de la cultura católica y los mitos culturales como el idealismo indigenista y el victimismo antiimperialista que han marcado el (sub)desarrollo latinoamericano. Ese libro, de hecho, fue prologado por Granés en una nueva edición publicada por la Fundación para el Progreso en 2023.
Una de las tesis principales de Granés es que los artistas dejaron de ser artistas, es decir, dejaron de ser creadores, exploradores del alma humana y cuestionadores del mundo en que vivimos, para dejarle algo de esos roles a los políticos, quienes, creyéndose ese cuento sin matices, abogan por refundar y crear sus países continuamente desde la nada, como si no tuviésemos historia ni valores, cultura e instituciones sincréticas valorables o que rescatar. Estos políticos insisten, argumenta Granés, que somos países jóvenes e históricamente oprimidos, por lo que aún no logramos crear nuestra identidad adulta. Debemos volver a nuestro pasado para fundar nuestra identidad desde esa originalidad, extirpada desde afuera por Occidente y la modernidad. Se les olvida, insiste Granés, que somos en realidad países más viejos que Italia, Alemania y tantos otros que valoran sus tradiciones y diferencias, sin buscar refundarse constantemente —con excepciones separatistas como la de España, contaminada con los mismos virus presentes en Latinoamérica, como también resalta—.
«Granés destaca que somos en realidad países más viejos que Italia, Alemania y tantos otros que valoran sus tradiciones, sin buscar refundarse constantemente.»
Así, Granés repasa todo este ímpetu refundacional y performático en la Venezuela bolivariana de Chávez; la Colombia de Petro; el México de AMLO; El Salvador de Bukele y el Chile de Boric. No era necesario, pero bien vale comentar, que en ese grupo están la Bolivia de Evo; el Ecuador de Correa y la Argentina de los Kirchner. Creo, sin embargo, que no corresponde incluir en este grupo a la Argentina de Milei, que Granés incluye, ya que éste no busca refundar ni colectivizar ese país, lo que hacen todos los otros: limitar nuestros derechos humanos individuales. Milei no crea, no busca refundar, lo que él hace es simplemente buscar restaurar la libertad y el Estado de Derecho —igualdad ante la ley—, que, además, sí existió en el pasado. Ese pasado fue la Argentina liberal pre-Perón, uno de los países más ricos del mundo. No es, por lo tanto, una búsqueda de un ideal utópico ni demagógico, como sí lo son las sociedades ideales a las que apelan los otros populistas que Granés describe. Milei es desmesurado en sus formas, sí, y mucho, pero no es un creacionista político. No es un demagogo —no promete reformas que son populares, intuitivas, pero se sabe que no funcionan—.
«Milei es desmesurado en sus formas, sí, y mucho, pero no es un creacionista político, por lo que no lo habría incluido entre estos demagogos como Granés lo hace.»
En fin, Granés describe cómo estos líderes latinoamericanos, fundados además en ese constante victimismo irracional, culpan de nuestros males a terceros inasibles, inexistentes, como «el neoliberalismo» o algunos más reales, pero falsos culpables de nuestros pesares —como Estados Unidos o los empresarios—. En esto también se diferencia Milei, quien también apunta a unos «culpables» algo ambiguos: «la casta». Si bien se excede con la prensa, a quien incluye en algún grado en «la casta», ¿alguien puede dudar que los políticos argentinos, esa «casta» real, efectivamente destruyó ese país en concomitancia con miles de intereses empresariales, sindicatos y burócratas que se veían beneficiados del trabajo de millones de argentinos honrados que pagaban impuestos?
En fin, estos políticos, continúa Granés, modernos son provocadores, cuestionan al status quo y hacen performances delirantes y no reciben cuestionamientos, sino que por el contrario, ganan popularidad, lo que antes estaba reservado para los artistas —da excelentes ejemplos de Trump, que actúa como un surrealista de principios del siglo XX—. Con una vanidad excesiva y un hambre constante de quedar en la historia, Granés describe muy bien también las patéticas performances de Petro discurseando en la ONU, que se podrían extrapolar perfectamente a los discursos y ambiciones retóricas de Boric en la misma ONU —no mencionadas—, especialmente por sus burdas copias a Allende —Granés sí dedica palabras a cómo sí admira su figura—.
Los artistas, relata Granés, dejaron de mostrarse como individuos creadores y libres. Dejaron de creer en su fuerza creadora individual para entregarse al status quo, a las modas, al poder, y empezaron a ser prácticamente dirigidos por lo que había que hacer y transmitir. Lo que el poder, la corrección, decía. «El individualismo —dice Granés—, perdió terreno frente a las identidades grupales, la ironía sucumbió a la literalidad, el humor mudó en consternación y la libertad y el hedonismo se transformaron en vigilancia y puritanismo (p.43)». El arte, así, se alejó de la belleza y se enfocó en lo que había que decir. Se volvió completamente predecible. Si no sigue este patrón, no existe, o incluso peor, es cancelado y censurado. Tomaron las banderas de la peor versión del conservadurismo.
«Granés nos ilustra cómo el arte se alejó de la belleza y se enfocó en lo que había que decir. Se volvió completamente predecible.»
Este victimismo histórico sostiene el discurso político, pero también el artístico y en eso es iluminador cómo Granés compara a Bukele con la artista chilena Cecilia Vicuña, los dos apelando a organicismos de la sociedad que deben expulsar todos los elementos individualistas que vienen desde afuera (los derechos humanos individuales, por ejemplo, diría uno). Así, ese victimismo sostiene que Latinoamérica ha vivido en constante opresión, tal como dijo Jaime Bassa, quien mientras era constituyente en Chile «estaba diciendo exactamente lo mismo que Petro, que Chile nunca había sido libre, que a lo largo de toda su historia había estado oprimida por las oligarquías, que la soberanía nunca había residido en el pueblo (p.93)». Todos nuestros males en Latinoamérica, así, vendrían del «imperialismo» instaurado principalmente por Estados Unidos, pero también Occidente completo que trajo el «individualismo» —de ahí la moda del «decolonialismo» que tiene la paradoja, resaltada por Granés, que se funda en ideas ilustradas, coloniales y escritas en cualquier idioma menos castellano y que incluso traducidas nadie entiende—.
Toda esta crítica a la Ilustración, a la ciencia y a Occidente secular, tuvo especial acogida en Latinoamérica, entre otras razones, señala Granés, porque conversa muy bien con su raigambre católica e hispanista que culpa a la modernidad, es decir a la Ilustración y a la cultura anglosajona, como fuente cultural libertina e individualista, pecaminosa. Esto le dio cabida y popularidad a los socialismos del Siglo XXI, jesuíticos, pero también a Perón —más hispanista-integrista-facista—, a quien Granés califica como uno de los fundadores de estas formas de hacer política.
En este libro se pueden leer las tensiones o ataques del socialismo, del posmodernismo woke e incluso del conservadurismo católico contra la Ilustración, la modernidad y los derechos individuales, contra las ideas que han traído el progreso, paz y libertad a los humanos: la democracia liberal y la consagración y respeto de los derechos individuales. Este es un gran y lúcido libro, que ilumina nuestros últimos treinta años latinoamericanos y mundiales, pero que también los enlaza con nuestros problemas y caótica historia e identidad latinoamericana cristiana, enemiga de la modernidad secular.
Quizás porque soy liberal y conozco mejor los casos de Chile y Argentina es que me sesgo en criticar el haber integrado a Milei entre los políticos creacionistas y en ciertos aspectos resaltados sobre Chile y su presidente Boric. Sobre Milei ya me explayé, pero sobre Chile, cabría decir que la violencia política revolucionaria que se inicia el 18 de octubre de 2019 no se calmó gracias al proceso constitucional que abrió Sebastián Piñera en noviembre, sino que simplemente debido, en una primera instancia, a las vacaciones de verano —sí, así de ridículo— y, luego, gracias al COVID, ya que la violencia estaba volviendo con fuerza en marzo y se frenó con la llegada de la pandemia y el encierro que impidió que siguiera la destrucción y el delirio total que vivíamos, que siguió sin embargo retóricamente en la Convención Constitucional y el ambiente en general.
Además, y esto está relacionado con lo anterior, si bien Boric frenó sus intenciones refundacionales, como bien dice Granés, esto no fue porque lo haya creído o querido. De hecho, no sabemos si todavía cree en ellas y lo más probable es que sí. Lo que realmente frenó la refundación bolivariana que llevaba adelante Boric fueron en cierta medida nuestras instituciones —porque ya las estaba sobrepasando— pero, principalmente, el pueblo chileno, quien ese histórico 4 de septiembre de 2022, soberano, votó en un 62% en contra sus ideas chavistas consagradas en la Convención Constitucional que Boric apoyó sin matices —haciendo un obsceno uso del poder del Estado, con un «intervencionismo electoral sin precedentes», como dijo el histórico izquierdista Belisario Velasco—.
Una interrogante que creo difícil sino imposible de responder que deja este libro es por qué ocurre esta inversión de roles, por qué es que los artistas se han vuelto tan correctos y predecibles y por qué los políticos tomaron algunos de sus roles. ¿Será también un efecto de las redes sociales? Granés no dedica mucha reflexión a ellas y por el contrario, apunta a la Crisis Subprime del 2008 como uno de los culpables del inicio de esta inversión de roles. Además, ¿será un fenómeno tan nuevo o ha variado en intensidad? Granés deja claro que no es nuevo, pero por qué cambió la intensidad. ¿Será, además, consciente?