![]()
En esa continua mediación que ejercen los autores de una tradición entre lenguaje hablado y lenguaje escrito, el aporte de Alejandra Costamagna y de otros miembros de su generación a nuestra literatura ocupa un lugar relevante. La libertad de escribir con nuestras propias palabras, las del español chileno, sin tener que recurrir a algún énfasis coloquial o paródico —tara típica de algunas novelas criollistas, pero también de ciertos textos contemporáneos— es una conquista bastante reciente. Basta ojear escritos chilenos de la década de 1950 para advertir que el uso de la segunda persona plural al modo peninsular («vosotros»), era bastante común, aun cuando sabemos que oralmente se había abandonado hace siglos. En textos periodísticos sin pretensión de solemnidad, la última Mistral nos interpelaba en ese registro. Luis Oyarzún, dueño de una escritura respetuosa de la tradición, puede ser uno de los ejemplos más tardíos al respecto. ¿Resabios coloniales? En parte sí. Los procesos de independencia son lentos, como lo son también las mutaciones del lenguaje.
Parto por una cuestión aparentemente lateral para abordar la última novela de Alejandra Costamagna. Lo que es cierto a nivel de nación también se comprueba a nivel personal. Donde puedo dejarlo, en efecto, es una novela que traba una relación estrecha entre el motivo de la indagación de la propia identidad —el eje principal de la historia— y el uso del lenguaje necesario para abordarla. La trama se articula en torno a un momento preciso, que la protagonista del relato percibe como una revelación que trastocará sus puntos de apoyo más firmes. El proceso de búsqueda de sí misma, detonado por una pérdida a la que nos referiremos más adelante, trae aparejado una meditación sobre las palabras. La reflexión sobre el lenguaje no solo se advierte de manera manifiesta en las entradas a modo de diccionario que separan los capítulos de esta obra, sino en las mismas divagaciones de Manuela, el personaje principal de esta obra.
Pero vamos a la trama: la novela narra la historia de tres amigas de infancia, Isa, Mara y Manuela, a partir del último momento en que se encuentran todas juntas: el 29 de diciembre de 1989. Ni Isa ni Manuela saben que se trata de una despedida. Por razones que nadie conoce del todo, pero que el momento histórico deja intuir, Mara abandonará repentinamente el país para vivir una vida clandestina. Desde ese lugar que no cabe sino imaginar, Mara se comunicará intermitentemente y con extrema cautela con Manuela. Algunas cartas y promesas de llamadas telefónicas tendrán a la protagonista en vilo, quien dedicará todas sus energías a descifrar la vida de su amiga. Solo entonces intuye que se había enamorado de ella, y que no supo leer a tiempo los gestos que le dedicara Mara.
Dónde puedo dejarlo es una novela elíptica desde su título interrogativo, tomado de un verso de la elíptica Anne Carson, poeta de voz oracular. El texto reforzará esta apuesta desde el principio y exigirá la máxima atención del lector hasta la última página. Acaso para evocar la fragmentariedad de los recuerdos, su carácter inefable y caprichoso, Costamagna invita al lector a recrear una historia con el mínimo de materiales posibles. Puesto en los términos de la Estética de la Recepción (Wolfgang Iser, Hans Robert Jauss), la de Costamagna es una novela que promueve los vacíos y las indeterminaciones para que el lector tenga que operar activamente, actualizando sus expectativas sobre la marcha: ¿quién habla? ¿en qué año ocurre esto? ¿dónde fue a parar Mara?
Como es costumbre en la obra de Costamagna —heredera en este ámbito de Manuel Rojas— no falta la alusión al cruce de los Andes. Nunca queda del todo claro dónde está Mara, pero ciertas alusiones a un río de aguas café “con ínfulas de mar” sugieren que podría estar cerca del Río de la Plata. En cualquier caso, Manuela, que es periodista, sí toma un avión que cruza la cordillera para cubrir una noticia cultural, y ahí están palabras como «laburo» y los alfajores para sugerir el lugar. El mapa latinoamericano, su identidad continental, le interesan a Costamagna, contraviniendo la inclinación del chileno al aislamiento. Y es un mapa cuyas fronteras están hechas de palabras que cambian.
Si se la compara con en sus primeras obras, llenas de una intensidad entonces prometedora (recuérdese la voz de esa niña inolvidable en Cansado ya del sol), esta última publicación de la autora acentúa una tendencia a la discreción, que ya se advertía en El sistema del tacto (2018). Una discreción que alcanza a ratos una belleza poética que conmueve por su bajo perfil, como la metáfora final de este pasaje: «Mara te agarró de la mano. Sus dedos delgados, su muñeca que podías atrapar entre el pulgar y el índice. Te gustaba enlazarte con ella. Habías leído que la mano era el órgano de la escucha. O a lo mejor eso lo leerías muchos años después, con la memoria del tacto como un hechizo: una flor abierta y vuelta a cerrar» (15). La opción por una prosa más discreta, sin embargo, a veces paga su precio en personajes menos densos (como Rolo, la pareja de Mara), con los que cuesta identificarse. El uso de la segunda persona y el pasado simple tienen la virtud de darle suspenso a la historia, pero dificulta la confección de los personajes secundarios.
Dónde puedo dejarlo es también una invitación a vivir como presente el pasado alucinado de los años 90, en los inicios de la Transición: las marchas, los teléfonos públicos, el cobro revertido, la revelación de fotografías en cámaras oscuras, la posibilidad de partir y quedar incomunicados por semanas, Aylwin aludido en un grafiti. Y, sobre todo, palabras que van quedando en desuso, que ya va siendo el tiempo de reemplazar por otras. O como afirma la propia autora cuando por fin se nos cuenta algo de la amiga perdida: los 90 como «El fin de algo. El cambio de algo. El principio de algo».