Iniciar sesión

Si ya eres usuario registrado ingresa tu e-mail y contraseña.

El arte de postergar la vida

Felipe Joannon O.
23 de abril, 2026

Título libro: Se acabó el recreo
Autor: Dario Ferrari
Año: 2025
Editorial: Libros del Asteroide
Nº páginas: 400

 
Una de las cosas que más me llamó la atención cuando me vine a vivir a Italia fue que muchas de las personas que iba conociendo habían escrito un libro de ficción, sin estar necesariamente ligadas al mundo literario. El acto de escribir un libro —ese que en Chile yo consideraba casi sagrado, reservado a unos pocos que no conocía— aquí se vivía como una posibilidad para muchos. El caso es que no llevábamos ni tres meses instalados en Roma y ya habíamos acumulado una pila de obras de personas que nos habían enviado amablemente una copia (con la puntual e infaltable dedicatoria). La ruma desbordaba a tal punto que llegamos a fantasear con la restricción de leer solo los libros de amigos. «En Italia hay más escritores que lectores» me previno un conocido palermitano, autor, él mismo, de dos buenos poemarios y una novela.

El circuito interno de los libros en Italia es increíblemente dinámico, aunque ellos suelan quejarse de que las cosas iban mejor antes. Los suplementos culturales de los principales diarios —desde la Repubblica al Corriere della Sera, del Manifesto al Fatto Quotidiano pasando por La Stampa — exhiben un grosor que no puede menos que sacarnos una amarga mueca cuando evocamos las escuálidas páginas de La Revista de Libros o el escaso espacio en general que le dedican nuestros diarios. Lo mismo sucede con los premios. El anuncio de los finalistas del premio Strega se sigue casi como un fenómeno pop.

No todo es color de rosa, sin embargo. La multiplicación de libros no ha redundado últimamente en la consagración de autores de vuelo internacional (salvo casos aislados), como sí ocurre, por ejemplo, con sus vecinos franceses, con nombres como Houellebecq, Ernaux, Carrère o Modiano. Acaso por un cierto apego al territorio, o por una manera de vincularse afectivamente a la tradición, el italiano tiene una mayor tendencia al ensimismamiento, lo que lo vuelve proclive a una forma de localismo. Afortunadamente, siempre hay excepciones. Una de ellas la constituye la novela de Dario Ferrari, Se acabó el recreo, publicada hace un par años en Italia y disponible en español desde el año pasado.

La historia narra la vida de Marcello, un treintañero de Viareggio, una pequeña ciudad balneario del norte de la Toscana, equidistante de las ciudades de Pisa y Luca. Hace un tiempo que Marcello terminó la universidad, y se encuentra, por una mezcla de elección propia y fatalidad, en esa suerte de adolescencia tardía que caracteriza a tantos jóvenes italianos de su edad. Una generación —la de hoy— más pobre que la de sus padres, más precaria en sus trabajos, falta de iniciativa y resignada a achicar sus horizontes desde pequeños. Una generación más formada también, lo que hace que el protagonista sea absolutamente consciente de su situación, que se toma con humor sarcástico. El personaje saborea su decisión de no hacer nada, se enorgullece de su redomado conformismo.

Un giro repentino en la historia lo lleva a inscribirse en un doctorado de literatura italiana en la Universidad de Pisa. Marcello no es el típico alumno que pretende dar inicio a una larga carrera académica, de modo que se acerca a ese mundo con ingenuidad, contento de asegurarse el financiamiento de los próximos tres años mediante la beca obtenida. Tal punto de vista, que viene narrado con agudeza en primera persona, le permite al autor dar rienda suelta a una sátira del mundo académico. La escritura en clave y en jerga de papers, las guerras intestinas entre investigadores del mismo autor, la tiranía que ejercen los viejos profesores sobre sus obnubilados doctorandos, todo queda expuesto de manera burlesca, sin que el lector la perciba como una pesada crítica ideológica del sistema. El pasaje en que uno de los doctorandos aplicados le explica a Marcello cómo tiene que escribir un artículo es divertido, y recuerda el célebre diálogo de Ilusiones perdidas, en que el experimentado y cínico Étienne la de una lección a Lucien de Rubempré sobre cómo redactar los textos periodísticos.

Es un defecto frecuente en la escritura de novelas forzar la trama para exponer reflexiones personales. Es el producto de la sobredimensión de la propia inteligencia. Sin embargo, una de las mayores cualidades de esta novela radica en la habilidad por dar juicios con pretensión de universalidad al tiempo que se los usa para afirmar la estructura de la narración. En muchos pasajes, por ejemplo, se nombran autores italianos contemporáneos o teóricos de la literatura de la segunda mitad del siglo XX. Es evidente que el autor quiere exponer ahí la tensión de un canon, pero, al hacerlo, también termina de dibujar el perfil de un personaje, como ocurre con Tea, la joven romana que conoce en París, y que se deshace en elegantes insultos hacia los fervientes seguidores de Carlo Emilio Gadda (1893-1973).

Otro tanto ocurre con la decisión de ir a París. Como quedará claro hacia el final de la novela, el autor mueve a su personaje a la capital francesa para entregarse a la caricaturización del estudiante italiano que peregrina entusiasta a la ciudad luz. Ferrari podría haber simplemente evocado la excusa de que ahí se encontraban los manuscritos del autor que Marcello estudiaba para su doctorado. Sin embargo, con gran habilidad narrativa, el autor presenta una motivación adicional, muy coherente con el perfil del protagonista: su pareja en Viareggio le ha propuesto irse a vivir juntos. Es un paso que Marcello, que rehúye todo tipo de compromiso formal, quiere evitar a toda costa, así que compra rápidamente los pasajes a París.

La novela, por lo demás, no solo presenta una historia contemporánea, la de Marcello, sino que la alterna con la vida del autor que éste estudia en su doctorado, el ficticio Tito Sella, escritor de culto entre especialistas, pero olvidado del público general. Al igual que el protagonista, Tito Sella es de Viareggio, por lo que el espacio no cambia entre las dos historias, aunque sí el tiempo, pues su vida transcurre durante las décadas del 60 y 70, en un período que en Italia se conoce como «los años plomo», signado por una serie de atentados terroristas perpetrados por grupos de extrema derecha y de extrema izquierda. La historia de Sella está vinculada a la de las llamadas «brigadas rojas», anárquicos terroristas de izquierda, que toman distancia del Partido Comunista Italiano (PCI) por considerarlo un partido meramente reformista. Aunque en Chile se la conozca poco, esta parte de la historia italiana tuvo muy presente lo que estaba ocurriendo aquí por esos mismos años. El Golpe de Estado del 11 de septiembre contra el gobierno de Allende fue decisivo para que el PCI, liderado entonces por Enrico Berlinguer, decidiera aliarse con los Democratacristianos, dando paso a lo que se conoce en Italia como el «Compromiso Histórico». Las brigadas rojas surgen como reacción a esta «traición» de los principios revolucionarios.

El interés de la parte de la novela dedicada a Tito Sella, como acaso pueda intuirse, radica más en la recreación histórica que en el engranaje literario, y en la necesaria confrontación que el lector realiza entre la anodina generación de Marcello y la efervescente generación del autor que estudia. Comparación, en todo caso, que el propio autor propicia: «a mi edad —dice Marcello— Tito Sella ya había publicado Hagiografías infames, su libro más importante, y cumplía en serio una condena a cadena perpetua. La comparación entre Sella y yo con el mismo número de años vividos es bastante humillante». Tal vez porque la historia de Sella ya tiene un final que el lector en parte conoce, la trama de su vida sigue un hilo progresivo que deja menos grados de libertad, por lo que la novela resulta más convencional en esta parte, más esquemática. El lector echa de menos la incertidumbre que transmite Marcello, ese dejarse llevar que lo vuelve impredecible. Habrá giros más o menos inesperados hacia el final, pero son mecanismos más bien del tipo de la novela policial, y no el fruto de la creación de un personaje complejo como el protagonista.

El humor modela la novela, ese típico humor en primera persona que se remonta al Lazarillo de Tormes y podemos rastrar hasta en El cartero de Charles Bukowski. Tal vez el único problema para nosotros, lectores chilenos, es que en ese registro coloquial las traducciones nunca son satisfactorias. El desafío era mayor en este caso, pues la prosa cuidada de Ferrari alcanza un arco amplio, que se mueve entre conversaciones de tono familiar y disquisiciones reflexivas precisas. En fin, ante los pasajes coloquiales, más vale aceptarlo desde el principio y hacer un switch mental desde la primera página (donde diga «gilipollas» reemplazar por «aweonao», y así con otras expresiones difíciles de tragar como «una chorrada», «a tomar por culo», etc.).

Por sobre la sátira académica, por sobre la novela histórica en que se convierte una parte del libro, Se acabó el recreo es una novela que sabe captar las particularidades de una época, de una generación, poniéndola en perspectiva respecto a las anteriores. Un poco como hace Alejandro Zambra en Poeta chileno, el autor emblemático de nuestra generación precisamente porque, leyendo sus páginas, podíamos confundir la ficción con nuestra realidad cotidiana. Algo similar ocurre con la novela de Ferrari, con el añadido que el ejercicio lo realiza en un país que no esconde su obsesión por el paso del tiempo y que intenta solazarse en lo que percibe como un inevitable declive. Si todo ello viene relatado con un manto de humor y un buen manejo del suspenso, el resultado es una novela que te atrapa y que apenas puedes soltar hasta llegar a la última página.