
En un debate climático cada vez más polarizado, Steven E. Koonin cuestiona el uso político de la ciencia y el argumento de certezas absolutas. Sin negar el cambio climático ni su origen humano, su libro examina las incertidumbres de los modelos y advierte sobre los riesgos de la comunición cientifica como herramienta persuasiva. Una invitación incómoda a distinguir entre evidencia, política pública y responsabilidad moral.
El debate público se ha tornado cada vez más hostil. Alejándose de la búsqueda de la verdad, los argumentos científicos son utilizados como munición para el debate político. En un ambiente donde plantear dudas sobre el discurso dominante invita a la cancelación y al descrédito, el libro El Clima. No toda la culpa es nuestra, de Steven E. Koonin, se presenta como una obra valiente, que incomoda, y nos invita a reflexionar sobre las limitaciones de la ciencia, las exigencias éticas para comunicar la incertidumbre de resultados científicos y los intereses en juego.
La esencia del mensaje de Koonin es que el objetivo de la información sobre el cambio climático es comunicar la exposición a riesgos y permitir a la comunidad adaptarse. Aunque a veces de lectura árida, de manera eficaz el autor expone cómo a través de herramientas de comunicación visual, textual y gráfica se han exacerbado algunos riesgos climáticos. El libro permite instruirse sobre limitaciones no evidentes de datos y modelos climáticos, facilitando la lectura de materias complejas mediante ejemplos simples y clarificadores. La premisa del autor radica en la máxima de que la información ambiental debe ser presentada de manera no persuasiva a los responsables de la toma de decisiones.
Los receptores de la información, incluidas autoridades, pueden elegir diferentes formas de respuesta libremente según sus preferencias de riesgo y pueden estar dispuestos a asumir una mayor exposición a riesgos climáticos. Una comunicación responsable permite la consideración de riesgos, beneficios e incertidumbres de manera que se facilite elegir entre opciones según preferencias individuales. Koonin acusa la práctica usual donde se acentúan las opciones preferidas por el editor en documentos gubernamentales o colegiados, en detrimento de otras alternativas, con una visión paternalista que fuerza sólo una respuesta posible.
El título original del libro es más poderoso que su deficiente traducción al español. Su provocativo título en inglés pone énfasis en lo inestable del conocimiento sobre el cambio climático, partiendo por la palabra unsettled, que tiene varias traducciones posibles, ninguna exacta y puede entenderse como no resuelto, inconcluso o no definido, como una situación que no ha alcanzado un cierre definitivo, ya sea porque la evidencia disponible es incompleta, porque existen márgenes de incertidumbre razonables o porque el conocimiento aún está en proceso de elaboración.
En este sentido, cuando Koonin califica la ciencia del clima como inconclusa, no afirma que sea falsa ni inexistente, sino que señala que no está completamente resuelta ni fijada en todos sus detalles relevantes, especialmente aquellos que supuestamente importan para la toma de decisiones públicas, atacando frontalmente el argumento de que existe consenso científico total sobre el cambio climático y sus impactos, que recurrentemente se utiliza como base para anular planteamientos contrarios a la conveniencia de la urgente acción climática.
En cambio, el título en español, apunta a exculparnos en parte de ser los responsables del cambio climático, reforzando que la influencia humana, si bien indesmentible, sólo aporta con una fracción del problema descontando causas naturales. Koonin va más allá y resalta que incluso reconociendo la evidencia incontrarrestable de que el aumento de las emisiones de gases de efecto invernadero en la era industrial, principalmente asociado al consumo energético, ha desestabilizado el clima, la evidencia sobre sus consecuencias es en parte incierta y sus impactos esperados podrían ser menores a lo que el público general comprende, intentando alivianar nuestra carga moral.
El libro se separa en dos partes, la primera describe limitaciones de la ciencia del cambio climático y la segunda debate sobre posibles respuestas de la sociedad. Koonin revisa la evidencia sobre aumento de la temperatura, el funcionamiento y limitaciones de los modelos climáticos, y los datos disponibles sobre eventos climáticos extremos, mostrando que persisten incertidumbres relevantes. La segunda parte se centra en la respuesta pública al cambio climático, analizando el desafío de avanzar hacia una economía baja en carbono y cuestionando su viabilidad técnica, económica y social. El libro cierra con una reflexión sobre la necesidad de mejorar la ciencia y su comunicación, promoviendo que se destaquen las brechas en el conocimiento existente.
«El debate público se ha tornado cada vez más hostil. Alejándose de la búsqueda de la verdad, los argumentos científicos son utilizados como munición para el debate político»
Falacias lógicas
Lo que más incomoda de su libro es que Koonin sea una voz autorizada. Koonin es profesor de prestigiosas universidades, Doctor en Física y miembro de la Academia Nacional de Ciencias, y ex Subsecretario de Ciencias del Ministerio de Energía de Estados Unidos durante el mandato de Obama con una amplia experiencia en la temática. Aunque reconoce que el cambio climático está ocurriendo y que la actividad humana es responsable, discrepa sobre el alcance de sus consecuencias y la efectividad de las soluciones. Sin embargo, es precisamente en cuanto a posibles respuestas, donde Koonin peca de lo mismo que reclama y abusa de opiniones personales, en decisiones que son inherentemente políticas.
Cabe destacar que se identifican varias falacias lógicas en su argumento que no se desprenden las premisas que plantea, posiblemente utilizadas como recurso literario. La primera, muy evidente, es la falacia del hombre de paja o espantapájaros, donde Koonin selecciona las diferencias más gruesas entre evidencia científica y discurso político para atacar la necesidad de acción climática. Exagerando el activismo de algunos científicos como algo generalizado y la timidez para ilustrar errores evidentes en informes de organismos colegiados.
La segunda es la apelación a la ignorancia sobre las verdaderas consecuencias del cambio climático para desincentivar una respuesta decidida. Algo no se prueba como falso cuando aún no ha sido demostrado como verdadero, más aún cuando la evidencia muestra que la incertidumbre es más bien en la magnitud de los impactos, no en su ocurrencia. Reclamar la falta de conocimiento para inhibir la acción, busca invertir la carga de la prueba. Koonin propone que lo prudente es resolver las limitaciones de la ciencia antes de avanzar en soluciones.
Este acercamiento busca enmarcarse de manera estricta en lo que se conoce como el principio preventivo, que propone adoptar medidas para evitar que se concreten riesgos sólo cuando estos sean previsibles, inhibiendo la acción cuando la evidencia científica sea calificada como insuficiente. En este caso, sin embargo, el argumento no se sostiene. Riesgo es la combinación de la probabilidad de un evento y su consecuencia. La ciencia ya ha confirmado que la probabilidad de un aumento en la temperatura significativo es alta. Lo que está en disputa es su magnitud, sin descartar escenarios catastróficos.
Si consideramos los peores escenarios plausibles, lo prudente sería ahorrarse aflicciones y no esperar que la ciencia del clima se desarrolle como propone Koonin. Esto se conoce como principio precautorio, donde se propone implementar acciones para impedir materialización de un riesgo de daño grave e irreparable, incluso cuando sus causas, consecuencias y/o intensidad sean científicamente inciertas e imprevisibles. Algo que aprendimos en Chile con la exposición a riesgos de terremotos, es que su gestión está plenamente justificada aun cuando exista una posibilidad remota e incierta de una catástrofe.
Koonin busca absolvernos de responsabilidad sobre el cambio climático, al describir el limitado impacto de la influencia humana actual. Al respecto, Hans Jonas en su ética de la responsabilidad, nos recuerda que, ante la capacidad sin precedentes de modificar el entorno natural por la acción humana, ya no es suficiente preocuparnos sólo de nuestras acciones inmediatas. Decisiones tecnológicas o económicas actuales pueden alterar las condiciones de vida de futura. Actuar de modo tal que los efectos de nuestras acciones actuales sean compatibles con una vida plena para futuras generaciones, exige prudencia.
Asumir culpas, según Jonas, no se limita a responder por acciones pasadas, sino por su proyección. La pequeña fracción de gases de efecto invernadero en la atmósfera, no permite concluir que el impacto sea menor. Cabe recordar que una pequeña dosis de un veneno puede tener efectos fatales. También, la acotada responsabilidad de cada país a nivel individual en las emisiones agregadas no exime de la acción. ¿Qué sería de la sociedad si cada cual descansara en esa premisa para eximirse de contribuir al bien común?
No obstante, cómo nos recuerda magistralmente Aldous Huxley en El Mundo Feliz, «revolcarse en el fango no es la mejor manera de limpiarse». La culpa no tiene utilidad en sí, lo razonable es reconocer cuando se actúa incorrectamente y esforzarse por hacerlo mejor. Aquí hay dos vías de acción, la mitigación (o reducción) de emisiones y la adaptación. Koonin aduciendo una tercera falacia lógica las expone como antagonistas. Imponiendo una falsa dicotomía, presenta estas dos opciones como excluyentes cuando en realidad existen términos medios.
Invocando los costos de la mitigación de gases de efecto invernadero y dudas sobre su efectividad, Koonin propone descartar estos esfuerzos en favor de acciones de adaptación. Creer que avanzar en descarbonización significa descartar reducir el riesgo de sus impactos es una conclusión espuria. Una gran verdad que si plantea Koonin es que dada la acumulación prolongada de gases de efecto invernadero en la atmósfera, reducir nuestras emisiones netas a cero a mediados de siglo solo limita los impactos del cambio climático no los elimina, lo que nos obliga a reducir emisiones y adaptarnos simultáneamente.
«El libro permite instruirse sobre limitaciones no evidentes de datos y modelos climáticos, facilitando la lectura de materias complejas mediante ejemplos simples y clarificadores. La poderosa premisa del autor radica en la máxima que la información ambiental debe ser presentada de manera no persuasiva a los responsables de la toma de decisiones»
Lo posible y lo que se decidirá sobre el cambio climático
Finalmente, el autor detalla de manera nítida su opinión sobre lo que cree es factible de lograr. Koonin rebate la factibilidad técnica de alcanzar las ambiciosas metas del Acuerdo de París. Alcanzar la carbono neutralidad al 2050 requiere una transformación disruptiva de la economía, que según el autor sería imposible de lograr. Si bien, su conclusión sobre la magnitud del desafío es consistente con la evidencia, su visión sobre su factibilidad puede estar un tanto desactualizada, al no considerar el explosivo desarrollo a costos competitivos de energías renovables, sistemas de almacenamiento de electricidad, bombas de calor y vehículos eléctricos en los últimos cinco años.
A su vez, entrega su predicción sobre lo que se decidirá, asumiendo que se optará meramente por la adaptación al clima. Esto ignora el atractivo económico de una agenda de descarbonización que podría atraer un volumen significativo de nuevas inversiones. En el caso de Chile, la conveniencia de reducir gases de efecto invernadero y a adaptarse a riesgos climáticos puede ser muy distinta a otros países. Tenemos enormes oportunidades de crecimiento económico y mayores riesgos climáticos. Esto incluye riesgos regulatorios que otros países penalicen la huella de carbono de nuestros productos de exportación, afectando nuestra competitividad.
La descarbonización profunda demanda minerales críticos como cobre, litio, tierras raras e hidrógeno verde, mercados donde tenemos condiciones excepcionales, que podrían impulsar el crecimiento económico. A su vez, cumplir con nuestras metas climáticas gatilla inversiones masivas en energías renovables y electrificación de la industria, transporte y calefacción, que podrían alcanzar 50.000 millones de dólares. Por otra parte, la captura de carbono requerida obliga a regenerar bosques, lo que potenciaría nuestro atractivo turístico.
Con todo, una gran proporción de las acciones consideradas para alcanzar la carbono neutralidad generarían ahorros económicos de hasta 45 mil millones de dólares en los próximos 30 años, por lo que su implementación fortalece la productividad del país. Esto no contabiliza que medidas de mitigación reducen otros contaminantes como el material particulado, responsable de 5.750 muertes anuales en Chile. Asumir que medidas de mitigación se implementarán de todas formas, no es una apuesta arriesgada. Al menos dos tercios de la reducción de emisiones de gases de efecto invernadero comprometida por Chile es socialmente conveniente en cualquier escenario. En tanto, en adaptación, al menos se implementarán acciones para reducir riesgos que ya nos afectan.
Koonin se abstiene de analizar lo que debería hacerse. En mi opinión, debemos sostener la acción climática, ya que traerá mayores beneficios que costos. Las acciones dirigidas a reducir emisiones deben considerar impactos económicos y sociales. Esto debe tomar en cuenta el efecto sobre el aumento de temperatura del metano y de componentes elementales del material particulado, como el carbono negro, forzantes climáticos con potencial de calentamiento muy superior al del dióxido de carbono. Chile debe optar por impulsar medidas costo eficientes en base a mercados de carbono. Avanzar es lo responsable y un desafío formidable. Citando a Kennedy, «elegimos hacer estas cosas, no porque sean fáciles, sino porque son difíciles; porque esa meta servirá para organizar y medir lo mejor de nuestras energías y habilidades, porque ese desafío es uno que estamos dispuestos a aceptar, uno que no estamos dispuestos a posponer y uno que pretendemos ganar».