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Ecos de una breve visita

Josef y Anni Albers en Chile

Cristóbal Molina Baeza
Arquitecto, máster y doctor en arquitectura Á. N.16.

 
La visita de Josef y Anni Albers a Chile en 1953 fue breve, pero su impacto resultó profundo y persistente. Este ensayo reconstruye ese episodio y analiza cómo su enfoque pedagógico —basado en la percepción, el rigor visual y el trabajo con lo elemental— ayudó a transformar la enseñanza de la arquitectura, el arte y el diseño en Chile, conectando a una escuela periférica con el pensamiento moderno internacional.

 
El 14 de junio de 1953, el profesor alemán Josef Albers aterrizó en Santiago acompañado de su esposa, la artista textil Anni Albers. Su llegada pasó prácticamente desapercibida para la prensa local. No así para un pequeño grupo de profesores de la Facultad de Arquitectura y Bellas Artes de la Universidad Católica de Chile que, movidos por un fuerte impulso reformista y asimilación de la modernidad, habían gestionado y promovido su viaje como una de las primeras medidas estratégicas del decanato de Sergio Larrain.

 

Josef y Anni Albers se habían conocido en la Bauhaus, donde ambos fueron estudiantes y donde Josef llegaría a convertirse en un reconocido profesor. Aunque hoy son valorados como figuras centrales del arte moderno y de la pedagogía visual del siglo XX, en ese momento pocos en Chile podían dimensionar el impacto que tendría su breve estadía en el país.

 

Josef Albers llegó a la Escuela de Arquitectura de la Universidad Católica para enseñar durante poco más de dos meses, con el objetivo de reforzar el entrenamiento visual de los estudiantes de los dos primeros años. Sin embargo, lo ocurrido en ese breve lapso tuvo un impacto profundo en la enseñanza de la arquitectura y, con el tiempo, también en la del diseño y el arte en Chile, marcando a generaciones de estudiantes y profesores. Su visita no solo introdujo nuevas formas de enseñanza, sino que contribuyó además a vincular un momento especialmente vibrante de la escuela de arquitectura, situada en un país periférico al sur del mundo, con las ideas del pensamiento moderno internacional de esos años.

 

Una escuela en transformación

 

La llegada de los Albers coincidió con un momento de cambios decisivos en la Escuela de Arquitectura de la Universidad Católica de Chile. Hacia finales de la década de 1940, un grupo de jóvenes profesores —entre ellos Emilio Duhart, Alberto Cruz, Sergio Larrain, Mario Pérez de Arce, Héctor Valdés, Fernando Castillo, Alberto Piwonka, Jorge Elton y Jorge Costabal— impulsaba una reforma pedagógica orientada a renovar de manera radical la formación en arquitectura y a situarla en una posición de avanzada frente a las claves de la modernidad. En un contexto de relativo aislamiento geográfico y cultural, estas transformaciones se desarrollaban en Chile más por intuición y convicción que por un contacto directo y sistemático con experiencias internacionales.

Aun así, algunos vínculos ya existían. Emilio Duhart había estudiado en la Harvard Graduate School of Design directamente con Walter Gropius y, por esos años, venía de trabajar con Le Corbusier en París, dos referentes principales de la arquitectura moderna internacional.

 

Piwonka, por su parte, era un estudioso de la tradición pedagógica de la Bauhaus, de las vanguardias artísticas europeas y de los modos en que esas pedagogías habían sido reinterpretadas y asimiladas en Estados Unidos. Sergio Larrain mantenía asimismo conexiones internacionales activas, y varios integrantes del grupo viajaban regularmente a Europa, América Latina o a Estados Unidos para conocer de primera mano la recepción y adaptación de esas experiencias.

 

En ese contexto, la llegada de Josef y Anni Albers vino no solo a reforzar esas exploraciones pedagógicas, sino también a integrar a esa Escuela de Arquitectura en un circuito académico internacional y a consolidar un sentido de pertenencia a un vigoroso y creativo ambiente cultural propio de los años de posguerra.

 

 

Un encuentro decisivo

 

El contacto con Josef Albers comenzó a gestarse en Europa en 1952. Ese año, Emilio Duhart se trasladó a vivir a París tras recibir una beca del gobierno francés para profundizar sus estudios de urbanismo en La Sorbonne. Sin embargo, poco atraído por el programa académico, optó por integrarse al taller de Le Corbusier. Para entonces, Duhart ya había construido una red de contactos significativa y había conocido a figuras centrales de la arquitectura internacional de la época: además de sus vínculos con Walter Gropius y Le Corbusier, mantenía cercanía con Konrad Wachsmann, Marcel Breuer y Ernest J. Kump Jr., así como con numerosos estudiantes y jóvenes profesores que había conocido en Estados Unidos.

 

 

Fue en ese contexto —durante una estadía en Venecia, en la que participó en los talleres de verano de los Congrès Internationaux d’Architecture Moderne (CIAM) y asistió a la Conferencia Internacional de las Artes de la UNESCO— cuando sus amistades le sugirieron el nombre de Josef Albers como el profesor ideal para fortalecer la formación inicial de los estudiantes de arquitectura. No parecía una proposición casual: los Albers habían demostrado un interés sostenido por la cultura y el arte precolombino y viajaban con regularidad a México, lo que los hacía especialmente receptivos a desplazarse a Sudamérica. Es más, como parte de este viaje a Chile, Josef Albers y Anni Albers, de regreso a Estados Unidos, pasarían algunos días en Lima y sus alrededores, donde entrarían en contacto directo con culturas precolombinas a través de museos, colecciones y sitios arqueológicos.

 

Al momento de su llegada a Chile, los Albers ya contaban con una trayectoria extensa y ampliamente reconocida en el ámbito académico y artístico internacional. Josef Albers había desarrollado una versión propia del Vorkurs de la Bauhaus, orientada al entrenamiento riguroso de la percepción visual, y tras el cierre de la escuela en 1933 se había integrado, junto a Anni Albers, a la experiencia pedagógica del Black Mountain College en Estados Unidos. Posteriormente, Josef consolidó su carrera académica en la Yale University, donde dirigió el recién creado Departamento de Diseño, y ya había iniciado su influyente serie Homenaje al cuadrado. Anni Albers, por su parte, era ya una figura central del arte textil, reconocida por sus composiciones abstractas, muchas de ellas profundamente vinculadas a su estudio y a su interés por el arte y las culturas precolombinas.

 

Aprender a ver

 

En sus clases en la Escuela de Arquitectura de la Universidad Católica, Josef Albers dejó en claro que su interés no era enseñar en un sentido profesional o técnico, sino desde una dimensión más intuitiva, centrada en la percepción. Su objetivo era enseñar a los estudiantes a abrir los ojos y aprender a ver. Para él, la formación visual constituía la base de toda disciplina creativa, incluida la arquitectura. Se trataba de entrenar la mirada y forjar un sólido sentido de la composición espacial y material, como condición previa para adentrarse plenamente en la enseñanza de la arquitectura.

 

Su incorporación como profesor responsable en los talleres de Composición Pura que ese año dictaba Alberto Piwonka —curso central en los primeros años de la carrera de arquitectura— fue crucial, así como su articulación con otros cursos impartidos en la etapa inicial de la formación, en particular con el curso paralelo de Materiales de Construcción, a cargo de Jorge Elton. En sus clases, Josef Albers propuso ejercicios simples, directos y exigentes, centrados tanto en el dibujo como en la construcción de composiciones plásticas realizadas con materiales elementales —papel, cartón y alambre—. La observación, la economía de medios y la experimentación constituían algunas de sus reglas básicas. La forma, insistía, no debía imponerse, sino surgir naturalmente del conocimiento profundo del material.

Alberto Piwonka, quien codictó los talleres junto a Josef Albers, recordaría más tarde esa experiencia como un punto de inflexión en la reforma de la enseñanza de la escuela. Reconocía en la contribución de Albers la consolidación de una metodología que, hasta ese momento, se nutría de la tradición de la Bauhaus y el viaje de esas ideas a Estados Unidos, pero que por primera vez podía experimentarse de manera directa en la Universidad Católica.

 

«Las clases de Josef Albers estaban llenas de situaciones desconcertantes. En su primera sesión, pidió a los estudiantes que escribieran su nombre y, a continuación, que lo copiaran al revés. Nadie supo hacerlo correctamente. El ejercicio era simple, pero revelador: los estudiantes escribían de manera automática, sin observar realmente la forma de las letras. “Ustedes no dibujan”, les decía. “No han aprendido a ver”»

 

Ejercicios y escenas cotidianas

 

Las clases de Josef Albers estaban llenas de situaciones desconcertantes. En su primera sesión, pidió a los estudiantes que escribieran su nombre y, a continuación, que lo copiaran al revés. Nadie supo hacerlo correctamente. El ejercicio era simple, pero revelador: los estudiantes escribían de manera automática, sin observar realmente la forma de las letras. «Ustedes no dibujan», les decía. «No han aprendido a ver».

En otra ocasión, les pidió dibujar una chaqueta colgada de manera descuidada. Al revisar los trabajos, señalaba pliegues, sombras y detalles que nadie había advertido. También los hacía reproducir, mediante el dibujo, una página cualquiera de un diario nacional, buscando fijar la atención sobre un objeto cotidiano. Para Albers, estos ejercicios mínimos, junto con construcciones materiales con cartones y alambres, eran fundamentales para despertar la percepción y comprender las bases del entrenamiento visual.

 

Fuera del aula, su mirada seguía activa. Durante sus caminatas por el centro de Santiago tomaba notas en una pequeña libreta. Le interesaban escenas aparentemente banales: un barrendero en la Plaza de Armas moviendo una rama de palmera, los cercos formados por anillos metálicos que protegían el césped, o un albañil instalando con precisión una caja de vidrio contra un muro de piedra sin labrar. De estas observaciones surgían nuevos ejercicios y problemas que luego trasladaba al trabajo con los estudiantes.

 

«La llegada de los Albers coincidió con un momento de cambios decisivos en la Escuela de Arquitectura de la Universidad Católica de Chile. Hacia finales de la década de 1940, un grupo de jóvenes profesores —entre ellos Emilio Duhart, Alberto Cruz, Sergio Larrain, Mario Pérez de Arce, Héctor Valdés, Fernando Castillo, Alberto Piwonka, Jorge Elton y Jorge Costabal— impulsaba una reforma pedagógica»

 

Un legado duradero

 

Aunque su estadía en Chile fue breve, la influencia que esa visita tendría con el paso del tiempo en la Facultad de Arquitectura y Bellas Artes de la Universidad Católica de Chile fue profunda y duradera. Su presencia en ese círculo de profesores reformistas contribuyó no solo a consolidar la enseñanza inicial en la Escuela de Arquitectura y a vincularla más estrechamente con las ideas pedagógicas surgidas en la Bauhaus, sino que resultó decisiva tanto en la creación de la Escuela de Arte en 1958 como en la apertura de la línea de Diseño en 1965, ámbitos en los que la formación inicial tuvo como eje el entrenamiento visual derivado de esta experiencia.

 

Durante años, Josef Albers mantuvo contacto epistolar con Alberto Piwonka y Sergio Larrain, actuando como una suerte de consejero informal de estos procesos. El interés de los Albers por esta transformación pedagógica se proyectó, además, a través de los viajes y estadías que con el tiempo realizaron Sheila Hicks, Sewell Sillman, Norman Carlberg y Wilson Wright, quienes viajaron a Chile por recomendación de los Albers y participaron activamente en este proceso de renovación académica.

 

Es más, fueron varias generaciones de arquitectos, diseñadores y artistas las que incorporaron en el centro de su trabajo creativo la observación, la percepción visual, el entendimiento del material y la composición plástica de sus realizaciones, consolidando la incorporación central de esos valores en su práctica creativa. Esta influencia se extendió también al ámbito del coleccionismo y a la valoración del arte precolombino como fuente de inspiración. No es casual, por ejemplo, que Sergio Larrain, tras su encuentro con los Albers, iniciara un interés sostenido por estas culturas, que con el tiempo derivaría en que a partir de su colección se creara el Museo Chileno de Arte Precolombino.

 

Cuesta dimensionar cómo una visita tan breve como la de los Albers a Chile pudo generar impactos tan profundos en la enseñanza, en la manera de entender la práctica profesional y en otras expresiones culturales. Gran parte de ese efecto se explica por la forma en que un grupo de profesores supo comprender, asimilar, mantener vivo y proyectar en el tiempo ese potente legado artístico y cultural.