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Tiempo y movimiento en Proust

Lectura de una obra maestra

Luis Larraín
Ecoomista UC, Presidente Consejo Asesor LyD. Á. N.16.

 
Desde casi unos cien años que la crítica, la teoría literaria y hasta la filosofía han encontrado en la extensa obra de Proust motivos para especulaciones sin término, y aun así cada nuevo lector puede sentir que naufraga en las oscilantes páginas de En busca del tiempo perdido.
El autor de este texto ensaya aquí una lectura sincera de Proust, personal, en parte autobiográfica. Sin aspavientos intelectuales, trata de ir directo a «la cosa», intentando orientarse por caminos análogos a los que Proust utilizó para dar cuenta de la realidad.

 
Marcel Proust y En busca del tiempo perdido eran una asignatura pendiente en mi larga relación con la literatura. Los siete tomos situados en un lugar destacado en la biblioteca de mi padre me inquietaron desde los dieciséis años. ¿Después de leer a Shakespeare y disfrutar a Dostoievski y Tolstoi, por qué no podía yo leer a Proust, desoyendo el consejo de mi padre que me sugería retrasar su lectura?

 

Un verano, con las vacaciones por delante, abrí el primer tomo, Por el camino de Swann, y empecé mi inmersión en el mundo de Proust, ese mundo lejano de la burguesía francesa del anterior cambio de siglo. Mi intento llegó a las cien páginas. Las frases largas, construidas con bello lenguaje, con reflexiones del narrador interesantes pero extensas, el ambiente bucólico de la campiña francesa y personajes de alcurnia que no me provocaban emociones cercanas —ni siquiera a las del joven protagonista— terminaron por derrotarme. Al dejarlo me hice una promesa: algún día leería En busca del tiempo perdido.

 

Y el tiempo jugó su rol, siguiendo la indisoluble relación entre literatura y tiempo que nos revela Proust. Siendo ya un lector cuarentón me inscribí en un taller dirigido por Gonzalo Contreras. Lo disfruté mucho y desde entonces asisto a su taller literario, donde a menudo hay referencias a este autor.

 

Llegaron la pandemia y un cambio en mi trabajo que me dejaron más tiempo; mi esposa me regaló la edición completa de la afamada novela. Avanzada su lectura, me enteré de que Contreras dictaría un Taller de Bolsillo sobre Proust. Su mirada me agregó material valioso para emprender la tarea de escribir unas líneas sobre la maravilla que iba descubriendo.

 

Para elaborar este texto, más que por el intelecto me he dejado llevar por las sensaciones que la novela me ha causado, siguiendo así el pensamiento de Proust acerca del rol de la literatura en la vida. En beneficio de la brevedad, he elegido solamente dos cuestiones a desarrollar: una, lo que he llamado «pasajes sublimes», páginas de una belleza tal que me han conmovido por las alturas que alcanzan y donde destaca el movimiento como elemento central. Aquí hay más texto de Proust citado literalmente que palabras e ideas mías. Para el propósito de este ensayo, no podía ser de otra manera.

 

La segunda cuestión es la reflexión del autor acerca del tiempo y el papel que juega en la literatura y la vida, contenidas principalmente en el último tomo, El tiempo recobrado. Se trata de una suerte de manifiesto de Proust sobre la misión del artista, la literatura y la vida, una verdadera joya que quiero contribuir a señalar a los lectores.

 

«Para elaborar este texto, más que por el intelecto me he dejado llevar por las sensaciones que la novela me ha causado, siguiendo así el pensamiento de Proust acerca del rol de la literatura en la vida»

 
Pasajes sublimes
 
La escritura de Marcel Proust es una de las más bellas que se han conocido. Según Harold Bloom, en El canon occidental, no hay autores de poesía que lleguen al vuelo poético de En busca del tiempo perdido. Cada palabra está allí porque es la que debe estar en ese lugar del texto y en ese momento de la acción. Proust es capaz de mantener en las alturas este tono en una obra de varios miles de páginas. Aun así, en mi lectura de la novela hubo algunas partes que me cautivaron de manera especial. Es tal la belleza del lenguaje en ellas que el lector entra en una suerte de éxtasis y no puede dejar de seguir cada una de las largas frases que describen una acción que alterna con reflexiones profundas, todo lo cual nos deja en la boca el sabor del mejor vino que hayamos podido tomar.

 
Paseo de las muchachas en Balbec

 
En el tomo A la sombra de las muchachas en flor hay un pasaje delicioso que destaca por el movimiento que es capaz de transmitir la escena que narra, por la gracia de las muchachas que pasean frente al mar y por la manera en que se nos revela la conciencia del observador de la acción, en este caso el protagonista de la novela. El adolescente Marcel va con su abuela a veranear a Balbec, balneario en la Normandía donde acuden personas distinguidas. Se aloja en el Grand Hotel, con vista al mar. En la escena que nos ocupa está parado frente a la playa:

 

«Allá, por la otra punta del paseo del dique, destacándose como una mancha singular y movible, vi avanzar a cinco o seis muchachas tan distintas por su aspecto y modales de todas las personas que solían verse por Balbec como hubiera podido serlo una bandada de gaviotas venidas de Dios sabe dónde y que efectuara con ponderado paso —las que se quedaban atrás alcanzaban a las otras de un vuelo— un paseo por la playa, paseo cuya finalidad escapaba a los bañistas, de los que no hacían ellas ningún caso, pero estaba perfectamente determinada en su alma de pájaros (…).

Era aquella la hora en que damas y caballeros veraneantes solían dar su paseo (…). Toda esa gente que andaba por el paseo balanceándose como si estuviera en el puente de un barco (porque no sabían mover una pierna sin hacer al propio tiempo una serie de cosas: menear los brazos, torcer la vista, echar atrás los hombros, compensar el movimiento que acababan de hacer con otro equivalente en el lado contrario y congestionarse el rostro) hacían como que no veían a los demás para fingir que no se ocupaban de ellos, pero los miraban a hurtadillas para no tropezarse (…) y precisamente por eso se tropezaban (…).

En medio de todas aquellas gentes, (…) las muchachas que digo, con ese dominio de movimientos que proviene de la extrema flexibilidad corporal y de un sincero desprecio por el resto de la humanidad, andaban derechamente, sin titubeos ni tiesura, ejecutando exactamente los movimientos que querían, con perfecta independencia de cada parte de su persona con respecto a las demás, de suerte que la mayor parte de su cuerpo conservaba esa inmovilidad tan curiosa propia de las buenas bailarinas de vals (…). Cada una era de un tipo enteramente distinto de las demás, pero todas guapas; aunque, a decir verdad, hacía tan poco tiempo que las estaba viendo, y eso sin atreverme a mirarlas fijamente, que todavía no había individualizado a ninguna de ellas (…); las reconocía por un solo rasgo físico: a esta por sus ojos duros, resueltos y burlones; a aquella, por los carrillos de color rosa tirando a cobrizo (…) y ni siquiera esos rasgos los había yo atribuido indisolublemente a una muchacha determinada y distinta; (…) y cuando veía surgir un óvalo blanco, unos ojos azules o verdes, no sabía bien si esa cara y esa mirada eran las mismas que me sedujeron el momento antes, y me era imposible referirlas a una sola muchacha separada y distinta de las demás. Y precisamente el hecho de que en esta mi visión faltaran las demarcaciones que luego habría yo de fijar entre ellas propagaba en el grupo algo como una fluctuación armoniosa, la constante traslación de una belleza fluida, colectiva y móvil».

 

Es un relato de una sensibilidad exquisita. El autor logra transmitir la gracia inherente a las muchachas de esa edad, contrastando la cadencia del movimiento de sus cuerpos con la torpeza con que se desplazan otros veraneantes de Balbec. Es notable también cómo, pese a que hace descripciones individuales de las muchachas y sus rasgos, mantiene una visión de conjunto de ellas y su desplazamiento por el paseo junto al mar, una suerte de mancha que se desliza desde lo lejos y se acerca al protagonista.

 

«El protagonista de En busca del tiempo perdido, que quiere ser escritor, está buscando un gran tema filosófico para su novela. Pero con el tiempo descubre que las cosas le dicen algo, sin mediación del intelecto, sin afectación alguna. La cosa poética es la aprehensión de la esencia de la cosa. Es en ese momento cuando se ha producido el hecho artístico»

 
Los campanarios de Martinville
 
Otro bello pasaje es aquel de los campanarios de Martinville en el primer tomo de la novela, Por el camino de Swann, que narra la infancia del protagonista en la casa de su familia en Combray. Allí tenemos una descripción de gran belleza de los campanarios de una capilla rural, con un manejo magistral del movimiento en la observación de ellos desde un coche en marcha. De acuerdo con lectores avezados de Proust, como Gonzalo Contreras, se nos revela aquí, además, el ars poética del autor:

 

«A la vuelta de un camino sentí de pronto ese placer especial, y que no tenía parecido con ningún otro, al ver los dos campanarios de Martinville iluminados por el sol poniente y que con el movimiento de nuestro coche y los zigzags del camino cambiaban de sitio (…).

Al fijarme en la forma de sus agujas, en lo movedizo de sus líneas, en lo soleado de su superficie, me di cuenta de que no llegaba hasta lo hondo de mi impresión, y que detrás de aquel movimiento, de aquella claridad, había algo que estaba en ellos y que ellos negaban a la vez.

Parecía que los campanarios estaban muy lejos, y que nosotros nos acercábamos muy despacio, de modo que cuando unos instantes después paramos delante de la iglesia de Martinville, me quedé sorprendido. Ignoraba yo el porqué del placer que sentí al verlos en el horizonte, y se me hacía muy cansada la obligación de tener que descubrir dicho porqué; ganas me estaban dando de guardarme en reserva en la cabeza aquellas líneas que se movían al sol, y no pensar más en ellas por el momento. Y es muy posible que de haberlo hecho, ambos campanarios se hubieran ido para siempre a parar al mismo sitio donde fueron tantos árboles, tejados, perfumes y sonidos, que distinguí de los demás por el placer que me procuraron y que luego no supe profundizar (…).

Pronto (…) algo de lo que en ellas se me ocultaba surgió; tuve una idea que no existía para mí el momento antes, que se formulaba en palabras dentro de mi cabeza, y el placer que me ocasionó la vista de los campanarios creció tan desmesuradamente que, dominado por una especie de borrachera, ya no pude pensar en otra cosa (…).

Cuando ya nos habíamos alejado de Martinville, volví la cabeza y otra vez los vi, negros ya, porque el sol se había puesto. Los recodos del camino me los fueron ocultando por momentos, hasta que se mostraron por última vez y desaparecieron».

 

Destaca aquí otra vez el movimiento: un coche tirado por caballos marchando a gran velocidad le permite a Proust jugar con las vistas que perciben quienes participan en esta alocada carrera y se ven sorprendidos por nuevas perspectivas de los campanarios».

 

La reflexión que hace Gonzalo Contreras para concluir que en la narración del paseo a los campanarios de Martinville está el ars poética de Marcel Proust, discurre por el siguiente camino: no es el discernimiento intelectual de una situación o cosa por un personaje lo que le da valor literario a una obra, sino la aprehensión de la esencia de esa situación o cosa. El protagonista de En busca del tiempo perdido, que quiere ser escritor, está buscando un gran tema filosófico para su novela. Pero con el tiempo descubre que las cosas le dicen algo, sin mediación del intelecto, sin afectación alguna. La cosa poética es la aprehensión de la esencia de la cosa. Es en ese momento cuando se ha producido el hecho artístico. Este concepto surge en este y otros pasajes de la novela y se ratifica en lo que escribe el narrador en El tiempo recobrado, el último tomo de la novela, en el cual hay una suerte de manifiesto sobre el artista y su obra.

 

Proust deja ver aquí, además, al tiempo como un elemento clave de la literatura: la observación en un momento preciso del tiempo, en determinadas circunstancias, revela respecto a una cosa o a un lugar una esencia que antes, mirando la misma cosa, no habíamos sido capaces de aprehender. Este concepto está desarrollado con mayor profundidad en el celebrado pasaje conocido como «la magdalena de Proust» y vuelve, hacia el final de la novela, en El tiempo recobrado.

 
El tiempo y la magdalena
 
El pasaje al que me refiero a continuación es uno de los más citados de En busca del tiempo perdido. Está en Por el camino de Swann, donde se narra la infancia del protagonista en la localidad rural de Combray:

 

«Hacía ya muchos años que no existía para mí de Combray más que el escenario y el drama del momento de acostarme, cuando un día de invierno, al volver a casa, mi madre, viendo que yo tenía frío, me propuso que tomara, en contra de mi costumbre, una taza de té. Primero dije que no, pero luego, sin saber por qué, volví de mi acuerdo. Mandó mi madre por uno de esos bollos, cortos y abultados, que llaman magdalenas, que parece que tienen por molde una valva de concha de peregrino… abrumado por el triste día que había pasado y por la perspectiva de otro tan melancólico por venir, me llevé a los labios una cucharada de té en el que había echado un trozo de magdalena. Pero en el mismo instante en que aquel trago, con las migas del bollo, tocó mi paladar, me estremecí, fija mi atención en algo extraordinario que ocurría en mi interior. Un placer delicioso me invadió, me aisló, sin noción de lo que le causaba. Y él me convirtió las vicisitudes de la vida en indiferentes, sus desastres en inofensivos, y su brevedad en ilusoria, todo del mismo modo que opera el amor, llenándome de una esencia preciosa; pero, mejor dicho, esa esencia no es que estuviera en mí, es que era yo mismo.

Dejé de sentirme mediocre, contingente y mortal. ¿De dónde podría venirme aquella alegría tan fuerte? Me daba cuenta de que iba unida al sabor del té y del bollo, pero le excedía en mucho, y no debía de ser de la misma naturaleza.

Dejo la taza y me vuelvo hacia mi alma. Ella es la que tiene que dar con la verdad (…). Y de pronto el recuerdo surge. Ese sabor es el que tenía el pedazo de magdalena que mi tía Leoncia me ofrecía, después de mojado en su infusión de té o de tila, los domingos por la mañana en Combray (…).

En cuanto reconocí el sabor del pedazo de magdalena mojado en tila que mi tía me daba (aunque todavía no había descubierto y tardaría mucho en averiguar el por qué ese recuerdo me daba tanta dicha), la vieja casa gris con fachada a la calle, donde estaba su cuarto, vino como una decoración de teatro a ajustarse al pabelloncito del jardín que detrás de la fábrica principal se había construido para mis padres (…) y vino el pueblo, desde la hora matinal hasta la vespertina y en todo tiempo, la plaza (…) y las calles por donde iba a hacer recados, y los caminos que seguíamos cuando hacía buen tiempo, (…) así ahora todas las flores de nuestro jardín (…) y las buenas gentes del pueblo y sus viviendas chiquitas y la iglesia y Combray entero y sus alrededores, todo eso, pueblo y jardines, que va tomando forma y consistencia, sale de mi taza de té».

 

El momento epifánico de la magdalena de Proust es un recurso que el autor vuelve a utilizar en otras ocasiones en el transcurso de su relato. Es hacia el final de la novela, en El tiempo recobrado, cuando podemos leer otros momentos similares, que revelan la apreciación que el personaje protagonista hace acerca del arte, la belleza y el paso del tiempo. En lo que sigue nos proponemos profundizar en los conceptos del tiempo, el arte y la literatura presentes en la novela.

 

El texto que viene, de El tiempo recobrado, muestra la centralidad del tiempo en la obra de Proust:

 

«Ahora tenía tal apetito de vivir que acababa de hacer renacer en mí, por tres veces, un verdadero momento del pasado.

¿Nada más que un momento del pasado? Acaso mucho más; algo que, común a la vez al pasado y al presente, es mucho más esencial que los dos. En el transcurso de mi vida, la realidad me decepcionó muchas veces porque, en el momento de percibirla, mi imaginación, que era mi único órgano para gozar de la belleza, no podía aplicarse a ella, en virtud de la ley inevitable que dispone que sólo se puede imaginar lo que está ausente. Y he aquí que, de pronto, el efecto de esta dura ley quedaba neutralizado, suspendido, por un expediente maravilloso de la naturaleza, que hizo espejear una sensación (…) añadió a los sueños de mi imaginación aquello de que habitualmente carecen: la idea de existencia, y, en virtud de este subterfugio, permitió a mi ser lograr, aislar, inmovilizar –el instante de un relámpago– lo que no se apresa jamás: un poco de tiempo en estado puro. (…) si un ruido, un olor, ya oído o respirado antes, se oye o se respira de nuevo, a la vez en el presente y en el pasado reales sin ser actuales, ideales sin ser abstractos, en seguida se encuentra liberada la esencia permanente y habitualmente oculta de las cosas, y nuestro verdadero yo, que, a veces, desde mucho tiempo atrás, parecía muerto pero no lo estaba del todo, se despierta, se anima al recibir el celestial alimento que le aportan. Un minuto liberado del orden del tiempo ha recreado en nosotros, para sentirlo, al hombre, liberado del orden del tiempo».

Lograr aislar lo que no se apresa jamás: un poco de tiempo en estado puro. Vencer de esa manera la implacable ley que nos impide imaginar una cosa o situación y a la vez conferirle la idea de existencia. Todo ello por el subterfugio que permite que la evocación de un momento pasado, al experimentar una sensación similar hoy día, actúe como una verdadera resurrección que nos brinda inmensa alegría y nos hace perder los temores que experimentamos ante las circunstancia de nuestra vida y aún las de enfrentar a la muerte. Alcanzar todos estos logros permite encontrar un sentido a la vida, tal es la importancia del tiempo en la obra de Proust.

 

¿Dónde, si no en En busca del tiempo perdido, es capaz uno de encontrar esta combinación de profundidad y belleza?  Recurro a una reflexión de Gonzalo Contreras, él mismo un gran creador de caracteres en su narrativa, para relevar cómo la construcción de personajes de Marcel Proust tiene implícita también una concepción del tiempo. Contreras hace ver que los personajes de Marcel Proust «están siendo», se padecen en tanto seres y por lo tanto no tienen en ese sentido una esencia. Y claro, necesitamos una obra que siga a estos personajes durante cuarenta años, como es En busca del tiempo perdido, para captar esa evolución en su ser.

 

Recordemos, para terminar, que el ars poética de Proust se funda en que no es el discernimiento intelectual de una situación o cosa lo que le da valor literario a una obra, sino la aprehensión de la esencia de esa situación o cosa a través de los sentidos. Desde las «resurrecciones» o «momentos espejeados» que describe el narrador con tanta pasión, podemos a mi juicio transitar hacia la posición del artista frente a su obra, en la concepción de Proust. Cito, siempre El tiempo recobrado:

 

«Yo había llegado, pues, a la conclusión de que no somos en modo alguno libres ante la obra de arte, de que no la hacemos a nuestra guisa, sino que, preexistente en nosotros, tenemos que descubrirla, a la vez porque es necesaria y oculta, y como lo haríamos tratándose de una ley de la naturaleza».

 

Más adelante, Proust nos lega esta suerte de testamento literario que el narrador de En busca del tiempo perdido se atreve a llamar el arte verdadero en el tomo final de la novela:

 

«La grandeza del arte verdadero (…) estaba en volver a encontrar, en captar de nuevo, en hacernos conocer esa realidad lejos de la cual vivimos, de la que nos apartamos cada vez más a medida que va tomando más espesor y más impermeabilidad el conocimiento convencional con el que sustituimos esa realidad que es muy posible que muramos sin haberla conocido, y que es ni más ni menos que nuestra vida. La verdadera vida, la vida al fin descubierta y dilucidada, la única vida, por lo tanto, realmente vivida es la literatura; esa vida que, en cierto sentido, habita en cada instante en todos los hombres tanto como en el artista. Pero no la ven, porque no intentan esclarecerla. (…) Nuestra vida es también la vida de los demás; pues, para el escritor, el estilo es como el color para el pintor, una cuestión no de técnica sino de visión. (…) Sólo mediante el arte podemos salir de nosotros mismos, saber lo que ve otro de ese universo que no es el mismo que el nuestro».

 

Qué confirmación más bella y profunda de la intuición que siempre hemos tenido quienes hemos situado a la buena literatura en el centro de nuestras vidas. Dejo hasta aquí este escrito, pues me quedo con la grata sensación de las últimas palabras citadas y un profundo agradecimiento a Marcel Proust por revelarlo con todo su genio y talento.