Las pinturas de Gonzalo Lamarca son matéricas y constructivas. Sus obras no enarbolan un discurso, no cuentan una historia, no simbolizan ni interpretan una realidad externa a sí mismas. Llegan al observador simples y rotundas, presencias llanas, ante las cuales se suspende el juicio y se activan los sentidos.
Con la pintura Gonzalo Lamarca compone situaciones espaciales, arquitecturas utópicas que se montan sobre soportes y bastidores construidos por su propia mano. Una mano entrenada también en el diseño y fabricación de muebles muy austeros pero de agudo ingenio funcional. El artista defiende el valor de la artesanía, la nobleza de las imperfecciones propias de un proceso que involucra al cuerpo y su biografía.

A Lamarca le gustan las cosas y las imágenes preñadas de su propia historia, esas que sostienen estoicamente sus huellas, accidentes y cicatrices, que sobrellevan con elegancia su decadencia, que se resisten a la actual seducción instantánea, al consumo inmediato y a la aprobación fácil del «like». Contrariando la estética dominante de lo «brillante, pulido e impecable» (Byung-Chul Han) su obra es un llamado a apreciar la belleza de una diferencia rara e incómoda, que aguijonea a la imaginación y nos empuja a la profundidad de la experiencia.

Sus pinturas podrían pensarse como «muebles inútiles», juguetes que emanan una presencia distintiva pero carecen de utilidad. Aquí asoma, de soslayo, una actitud frente al ejercicio artístico. Lamarca no se hace arte para lograr un propósito, ni conseguir un aplauso, menos aún para ascender en una carrera. Pintar es, ante todo, un ejercicio de resistencia.
Su proceso creativo implica el uso de materiales encontrados, telas usadas que rescata de por ahí, maderas que recicla o salva de la basura. Sus pinturas, de potente carga matérica, tienen una pretensión modesta pero, al mismo tiempo, radical: no pretenden ser otra cosa que pinturas. O, dicho de otro modo: sus pinturas se tratan de la pintura. No hay representación, sino pura presentación.

Lamarca divide el espacio del cuadro utilizando líneas precisas para generar composiciones de geometrismo abstracto. Austeras y silenciosas en su visualidad, sus obras requieren la detención de la mirada para descubrir la materialidad que las sustenta. Lejos del impacto retiniano, se ofrecen como presencias pictóricas que operan en el borde la imagen. En un gesto de autopoiesis, la pintura va creando su organización desde adentro, sin remitir a nada externo a sí misma. Lamarca también se defiende de los mandatos discursivos que predominan en la práctica del arte contemporáneo, donde muchas veces las ideas y artilugios intelectuales empañan la experiencia directa de contacto con la obra. Sus pinturas, por ello, renuncian al «mensaje». Enfrentado a la abstracción de su propuesta, el observador activa una lectura personal del cuadro, recomponiendo la imagen según los códigos que su cuerpo y su memoria acarrean. La belleza no está en la obra, sino en la relación que establece con quien la percibe, una relación que opera en la silenciosa penumbra de lo no dicho.
