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El francotirador reflexivo

Reseña de La historia en disputa, de Alfredo Jocelyn – Holt

Patricio Domínguez Valdés
Profesor de filosofía y traductor Á. N.16.

Título libro: La historia en disputa. Reflexiones y debates (1991-2024).
Autor: Alfredo Jocelyn-Holt Letelier
Año: 2025
Editorial: Tácitas/FCE
Nº páginas: 453

 
Gracias al trabajo de compilación de Santiago Aránguiz, este libro reúne una selección cuidadosa de ensayos de Alfredo Jocelyn-Holt escritos entre el retorno a la democracia y la actualidad. A través de textos breves, conferencias y artículos, el autor despliega una forma de pensar la historia que combina erudición, intuición y opinión. El volumen recorre temas clave —memoria, élites, historiografía y devenir chileno— desde una mirada amplia y ensayística, que concibe la historia como reflexión viva y no como mero archivo del pasado.

 
Le debemos al notable esfuerzo del historiador Santiago Aránguiz (quien además hace poco ha sacado del polvo a Teófilo Cid) el haber compilado, en un solo volumen, bajo el trabajo conjunto del Fondo de Cultura Económico y Ediciones Tácitas, una serie de escritos del historiador Alfredo Jocelyn-Holt Letelier, que van desde el retorno de la democracia (1991) hasta el día de hoy (2024). Se trata de textos de origen, factura y contextos diversos (desde conferencias académicas hasta artículos breves de prensa) que giran en torno a cinco grandes temas: en primer lugar, la reflexión sobre la disciplina histórica; en segundo lugar, la relación entre historia y «memoria»; en tercer lugar, las élites chilenas; en cuarto lugar, la historia de Chile; y, en quinto y último lugar, la historiografía chilena.

Son aproximadamente cuatrocientas cincuenta páginas en donde Alfredo Jocelyn-Holt despliega, en un formato conciso y breve (un impromptu o un preludio, diríamos en música), aquellos rasgos que caracterizan su obra mayor (la sinfonía, para seguir con la metáfora): la síntesis entre observación e imaginación, entre historia en sentido antiguo (investigación empírica) y retórica, entre erudición y opinión. Si tuviéramos que clasificar a Jocelyn-Holt dentro de alguna familia intelectual, tendríamos que decir que pertenece a la familia de los historiadores reflexivos del XIX, uno de cuyos rasgos fundamentales es la amplitud de mirada, una suerte de magnitudo animi intelectual, la renuencia a «pensar en pequeño» incluso lo pequeño (Chile), la porfía de conectar el pasado con el presente a través de grandes preguntas que atañen al hombre inteligente, pero no necesariamente al «especialista».
A Jocelyn-Holt le interesa, por ejemplo, si acaso podemos descubrir un patrón que haga comprensible a Pinochet desde J. J. Prieto (pp. 48–49) o a la Revolución Socialista de la UP desde los movimientos liberales-revolucionarios de comienzos del XIX (p. 194). La petite histoire en sí misma aparece como irrelevante; su posible valor radica en ser subsumible por un ejercicio intelectual que busca identificar los goznes que articulan épocas de la historia. Para Jocelyn-Holt, el historiador serio tiene que erigirse como sujeto que discierne las figuras que descuellan y articulan visiones panorámicas: tiene que ser capaz de explicar, por ejemplo, por qué un Portales o un Bello —y no un J. J. Prieto— explican el siglo XIX (p. 60).

Desde el punto de vista estilístico, Jocelyn-Holt pertenece a esa rara clase de escritores dotados no solo de franqueza —a ratos incómoda, a ratos maliciosa, casi siempre lúcida—, sino de una libertad de pluma envidiable en lo que respecta al «formato», lo cual le permite ser un cultivador obstinado del género más híbrido de todos y el que tiene menos credenciales dentro de la burocracia científica: el ensayo. Jocelyn-Holt literalmente «ensaya» en un mismo texto con diversas perspectivas y estilos. La historiografía, la intuición estética y la teoría política se entremezclan a fin de deslizar una sugerencia, establecer una tesis o jugar con invectivas; para comunicar una idea, refutar alguna tesis o lisa y llanamente provocar y sacudir. En este sentido, el estilo de Jocelyn-Holt refleja a cabalidad lo que él considera que debe ser el ejercicio intelectual del historiador: una «reflexión histórica, desaprensiva, libre y filosófica» (p. 44, énfasis mío).

¿«Filosófica» en qué sentido? Me arriesgo a pensar que lo filosófico de la historia hay que buscarlo en las fuentes clásicas y renacentistas que nutren directa o indirectamente a Jocelyn-Holt (¿la paternidad de Burckhardt?). Antes de que se expandiera la idea, para nada obvia, de que la historia es principalmente el esfuerzo arqueológico de conocer lo que «realmente sucedió» (wie es eigentlich gewesen ist), el cultivo de la historia formaba parte del entramado formativo de las llamadas disciplinas liberales, esto es, de los saberes que posee el ciudadano pensante destinado al gobierno de la república de los hombres o a participar en la sublime «república de las letras». Esta es la herencia que se hace sentir cuando Jocelyn-Holt sugiere, borgianamente, que la historia es una rama de la literatura (p. 61).

En algunos de los antiguos esquemas de artes liberales, la historia (como estudio de las res gestae, las hazañas o acontecimientos) aparece vinculada a la retórica y a la sabiduría política. No se estudia el pasado solo para satisfacer la curiosidad —legítima, por lo demás— sobre lo que realmente sucedió, sino, sobre todo, para comprender la condición humana en todo tiempo y lugar y así ser capaz de producir argumentos persuasivos en la vida cívica. La manida frase de Cicerón de que la historia es «maestra de la vida» esconde un sentido filosófico que no siempre somos capaces de dimensionar. Quizás un buen ejercicio para comprender esta manera humanista de concebir la historia es vincularla a la idea de filosofía como terapia del alma (de Cicerón hasta Nietzsche). De acuerdo con el abogado romano, la meditación frecuente acerca de las vicisitudes humanas (la tragedia de la libertad, podríamos decir en otras palabras) redunda en una «sabiduría superior y divina», que consiste en no ser tomado por sorpresa por los acontecimientos: dicho de otra manera, expulsar de nosotros la estupefacción y la perplejidad que suelen ser producto de la ignorancia de las res humanae. La historia es «maestra de vida» porque nos enseña a levantar la mirada y comprender las constantes, los patrones y los factores determinantes que se repiten o se suceden —no sin variaciones y sorpresas— en el devenir de los pueblos y naciones.

«Son aproximadamente cuatrocientas cincuenta páginas en donde Alfredo Jocelyn-Holt despliega, en un formato conciso y breve (un impromptu o un preludio, diríamos en música), aquellos rasgos que caracterizan su obra mayor (la sinfonía, para seguir con la metáfora): la síntesis entre observación e imaginación, entre historia en sentido antiguo (investigación empírica) y retórica, entre erudición y opinión»

Justamente uno de estos factores determinantes que ha obsesionado a Jocelyn-Holt en la historia de Chile es el comportamiento de la élite, la clase dirigente que funge como coincidentia oppositorum y por ello logra sobrevivir como la familia noble de la gran novela de Lampedusa. A ello está dedicada la tercera parte de este tomo. Allí el autor expone, en forma resumida, una de las tesis centrales de sus tomos sobre Historia de Chile: la élite que gobernó el país desde la independencia (e incluso desde más atrás, desde el siglo XVII) hasta los años sesenta es, pese a todos sus cambios, una y la misma, y es moderadamente liberal, oligárquica pero no sectaria, antiestatal pero profundamente volcada a la vida pública, rural y urbana a la vez, y quizás lo más llamativo: es una clase que, aunque como modo de escapatoria de su propio aire enrarecido, ofrece intelectuales y artistas de fuste.

La pregunta que acosa al autor y al lector es: ¿Y qué se fizo en las últimas décadas esta élite? No es un misterio para nadie que Jocelyn-Holt se comprende a sí mismo, biográfica e historiográficamente, como un exponente de esta élite, un intérprete interno de ella, y por eso es fácil comprender su malestar (quizás sería mejor hablar de una cáustica acidez) a la hora de auscultar el corazón de la élite de las últimas décadas, alejada de lo público, enajenada en el consumismo, autoritaria en términos políticos y parapetada física y mentalmente en sus barrios tipo Miami. Para Jocelyn-Holt, la nueva élite formada a partir de los años setenta del siglo pasado (con la reforma agraria como parto doloroso) sigue siendo un fenómeno en ciernes, todavía impenetrable conceptualmente. Con todo, cabe preguntarse si la extrañeza del autor ante los desvaríos de la nueva élite no es causada, al menos en parte, por una admiración demasiado pródiga con la antigua. Si buena parte de la identidad cultural de la élite chilena del XIX consistía en bailar a ciertos ritmos de un compás ajeno (el laicismo francés, la industrialización inglesa, por ejemplo), ¿no se explica la vulgaridad política y cultural de la nueva élite por bailar al compás de la versión más básica de un capitalismo yanqui? Dicho de otro modo: si la élite, después de la independencia, decidió llenar su orfandad cultural mediante un movimiento dialéctico (no-España) hacia potencias alternativas, ¿no es la nueva élite —la de los MBA, canchas de golf, tenida sport, resorts, viajes a Disney y un deprimente etcétera— la nueva cara de la vieja élite copiona, pero esta vez con menos gusto para elegir de dónde copiar? Sea como fuere, Jocelyn-Holt tendrá que responder estas preguntas cuando nos obsequie su prometido sexto y último volumen de la Historia General de Chile (p. 206), a juicio del autor, «el periodo más crítico de nuestra historia republicana» (p. 277).

«Desde el punto de vista estilístico, Jocelyn-Holt pertenece a esa rara clase de escritores dotados no solo de franqueza —a ratos incómoda, a ratos maliciosa, casi siempre lúcida—, sino de una libertad de pluma envidiable en lo que respecta al “formato”, lo cual le permite ser un cultivador obstinado del género más híbrido de todos y el que tiene menos credenciales dentro de la burocracia científica: el ensayo»

Se podría pensar que este último tomo del opus magnum de Jocelyn-Holt será el más vívido y realista, pues se trata del periodo que el autor ha vivido y observado con ojo de lince y con total libertad para liberarse de esquemas fáciles del tipo «derecha/izquierda» o «conservador/progresista», como lo demostró su monumental y corrosiva La Escuela Tomada (2015). Sin embargo, esto no tiene que ser necesariamente así, pues estamos en presencia de un autor imaginativo, capaz de representar un problema epocal, una escena, una atmósfera, con pinceladas fuertes y decididas. No es accidental que Jocelyn-Holt provenga de la historia del arte. Su modo de ejercer el oficio del historiador es al modo de un pintor, que imagina escenarios pasados y futuros (así como la portada del libro nos sugiere que Magritte «previó» el hongo nuclear), atento a encontrar patrones y pautas allí donde el resto de los mortales solo ve modificaciones arbitrarias de color o textura. El estupendo ensayo sobre la crisis de 1891 (p. 264 ss.) es una muestra de su arte pictórico: la destrucción del Puente de Cal y Canto, la muerte de un abrumado Amunátegui y del jovencito Balmaceda nos transportan al aire denso de una época crítica; en definitiva, al ocaso del interesantísimo siglo XIX chileno —reivindicado una y otra vez por Jocelyn-Holt en contra de quienes tienen alergia a «las historias de élite»— y al origen de otro ciclo de crisis que recorrerá nuestro turbulento siglo XX.

La publicación de los tomos faltantes de la Historia General de Chile también, espero, tendrá algo de «profético». Esto no lo digo en un tono beato ni religioso —sin duda eso sacaría una sonrisa sardónica a nuestro autor—, sino en el sentido filosófico que los antiguos atribuían a la historia como meditación sobre las vicisitudes de la fortuna. Cicerón no solo creía que la contemplación de los exempla de la historia nos sacaba de la perplejidad constante del presente, sino que proveía de una capacidad anticipatoria que hoy envidiaría cualquier tecnócrata que vende humo con los «congresos del futuro» o la innovación como religión secular. Si algún acceso al futuro tenemos, este es el ámbito del historiador. Por lo demás, el historiador incapaz de proyectar su conocimiento del pasado con un cierto arte divinatorio se parece más a un coleccionista de antiguallas que a un pensador serio. Dedicarse a pelear sobre interpretaciones del pasado —y peor aún, mediante el oficio de pirquinero intelectual que llena publicaciones— sin conectarlas con el presente es la mejor manera de demostrar que «se es conocedor de lo grande sin aptitud para lo grande» (Nietzsche). Después de todo, la historia «sirve»: nos hace lidiar con la extrañeza de los acontecimientos de un modo más inteligente y fructífero.

Creo que Jocelyn-Holt lo ha demostrado con esta colección. Tras una carrera universitaria de lobo estepario, de franqueza (que podría haber sido más morigerada en algunos casos) y de hidalguía intelectual (ahí está el reconocimiento explícito y constante a historiadores de corrientes rivales, desde Góngora hasta Salazar), nuestro autor se las ha arreglado para meter a la historia, desde la academia y fuera de ella —sin asco a la prensa y la televisión—, en el centro de las preocupaciones de cualquier chileno empeñado en «dejar de ser siempre un niño», como decía Cicerón de quienes se rehúsan a pensar históricamente. Las polémicas, invectivas y exabruptos de Jocelyn-Holt pasarán. Las lúcidas intuiciones, tesis y sugerencias permanecerán como saetas de un reflexivo francotirador, listas para ser recogidas o lanzadas de nuevo.

«Justamente uno de estos factores determinantes que ha obsesionado a Jocelyn-Holt en la historia de Chile es el comportamiento de la élite, la clase dirigente que funge como coincidentia oppositorum y por ello logra sobrevivir como la familia noble de la gran novela de Lampedusa»