
Steve Reich:
Collected Works
26 CDS, 1 DVD, 2025
Las críticas al minimalismo suelen repetir las mismas burlas que en su tiempo se dirigieron contra Vivaldi: la repetición, la insistencia, la sospecha de Stravinsky que «siempre es lo mismo». Pero como en el veneciano, lo iterativo en Reich es vehículo de un progreso interno: cada obra asimila la anterior y la supera. Menos es más, pero cada paso suma, y lo que parecía pura fórmula o geometría descarnada se convierte en emoción cartesiana. En esto el minimalismo de Reich tiene algo de la bella proporción de Bach.
«Menos es más, pero cada paso suma, y lo que parecía pura fórmula o geometría descarnada se convierte en emoción cartesiana»
Este monumental estuche de 26 CDs y un DVD permite ver ese progreso de modo casi gráfico: desde It’s Gonna Rain (1965) hasta Jacob’s Ladder (2023), el oyente asiste a seis décadas de creación continua. Están los experimentos de fase, el pulso tribal de Drumming, la apoteosis de Music for 18 Musicians y el giro hacia un lirismo inesperado en las últimas obras, como Traveler’s Prayer.
El sello Nonesuch fue la casa de Reich desde 1985, y aquí despliega su archivo entero: Kronos Quartet en Different Trains y WTC 9/11, Pat Metheny en Electric Counterpoint, Michael Tilson Thomas en Three Movements, la Sinfónica de San Francisco en Variations for Winds, Strings and Keyboards, Colin Currie en Quartet y Traveler’s Prayer. También figuran joyas rescatadas de otros catálogos: el Piano Phase de Mahan Esfahani (DG), el Pendulum Music de Wergo, el impresionante Four Organs en colaboración con Glass (Shandar).
Podemos extendernos por muchas páginas con esta música fascinante. Pero nos vemos en la obligación de señalar algunos hitos. En The Cave (1993), con Beryl Korot, Reich revive la ópera en un formato audiovisual que reabrió la senda —aún no agotada— del género mediante la electrónica y lo devolvió a la época en que incomodaba mediante la alusión política, religiosa y antropológica. Acá no hay evasión burguesa, sino incomodidad y revelación. Por su parte, en Three Tales (2002) Reich incorpora un intertexto minimalista: los yunques wagnerianos de Das Rheingold aparecen en Hindenburg, en un fresco sobre tecnología, catástrofe y memoria. La obra es impresionante, divertida y dramática por partes iguales…
En fin, si nos centramos en su brillante aporte a la música vocal, pocos compositores han logrado trasladar a sonido una metafísica de la palabra. Monteverdi lo hizo en su colección de madrigales, donde las palabras expresaban toda la gama de los afectos. Reich va más allá de los afectos, o si se quiere, al afecto tras los afectos: hace que las palabras se descompongan en su propia articulación sonora. Las viste con ecos y repeticiones, las desnuda hasta dejarlas en fonemas mínimos, como si el lenguaje mismo respirara. Lo único que importa, según nuestro poeta Jorge Teillier, es «que respiramos y dejamos de respirar». Esa frontera entre voz y silencio es donde Reich instala su verdadero teatro, su guiño monteverdiano.
Los modos de Reich y del minimalismo en general tienen su propia arqueología. Aparte de los yunques wagnerianos, la podemos rastrear en el Bolero de Ravel, en las aritméticas bachianas, en Satie, en los ostinati de Stravinsky… y en el fulgor visionario de Messiaen, donde la reiteración rítmica y la expansión del tiempo litúrgico parecen anticipar a Reich. No menos importante es la música concreta: ese milagro de transformar la mera enunciación en música, de hacer que lo que suena resuene. La electrónica le permitió a Reich vestir y desnudar la palabra, y con ello convirtió la cinta magnetofónica en un espejo de la voz humana, elevando lo cotidiano a categoría de arte.
Quizá por esto, hacia el final de su trayectoria, Reich se vuelve más lírico. Obras como Jacob’s Ladder o Traveler’s Prayer son plegarias musicales donde la matemática se abre al canto y la emoción se impone sobre el cálculo. Si Music for 18 Musicians fue arquitectura en trance, estas páginas finales son neumas trascendentes.
«Estamos ante una colección histórica, candidata a la mejor edición de 2025, como lo fue la integral Allan Pettersson de BIS en 2024»
Estamos de acuerdo en que a la mayoría del público le parezca excesivo «todo» Reich. Es comprensible. En este sentido, para quienes busquen acudir a registros referenciales de las obras canónicas, probablemente la caja de cuatro discos de ECM siga siendo la más indicada: impecable sonido y lecturas esenciales. Pero este estuche de Nonesuch ofrece otra cosa: la visión panorámica, la autobiografía sonora de Reich y, para los auditores más jóvenes, un punto de conexión muy atractivo con el propio universo sonoro. Si en Mahler los sonidos se nutrían de los bosques y cantones que cercaban los poblados, Reich se nutre de la televisión encendida, de los ruidos industriales, del éxtasis comunicativo. En esto, Reich es uno de los compositores que mejor capta el paisaje sonoro de lo cotidiano.
Estamos ante una colección histórica, candidata a la mejor edición de 2025, como lo fue la integral Allan Pettersson de BIS en 2024. Una summa definitiva que instala a Reich en el panteón de los grandes compositores de nuestro tiempo y que obliga a repensar qué entendemos hoy por música contemporánea, quizá simplemente por música.