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Misa en Si menor: Pichon y el nuevo paradigma bachiano

Un nuevo faro para la obra sacra de Bach

Germán Reyes Busch
Á. N.16.


 
J. S. Bach:
Mass in B Minor, BWV 232
Julie Roset (soprano), Beth Taylor (mezzo-soprano), Lucile Richardot (alto), Emiliano Gonzalez Toro (tenor), Christian Immler (bass), Raphaël Pichon, Pygmalion
2 CDs, Harmonia Mundi, 2025

 

 


 
En 1929, Albert Coates realizó el primer registro discográfico de la Misa en si menor de Bach. Tras casi un siglo de esa lectura jurásica, ruidosa, pero fascinante, la gran obra de Bach ya se encamina con paso firme a 400 registros oficiales. No es una cifra menor. En este inmenso mar sonoro existen algunas decenas de referencias indiscutibles. Los nombres son conocidos por todos los amantes del repertorio. De la época de grandes contingentes, solistas operáticos y sincero sentimiento de grandeza religiosa están los de Scherchen, Jochum, Karajan, Klemperer y, por sobre ellos, el que quizá sea el único registro que ha sobrevivido al historicismo, circunscrito en su propia leyenda: me refiero al de Karl Richter (1961). De las lecturas historicistas los nombres se multiplican y prácticamente no hay conjunto instrumental o coral barroco de cierto renombre que no lo haya grabado oficialmente. Esta es la liga de Harnoncourt, Herreweghe, Koopman, Leonhardt, Rifkin, Kuijken, McCreesh, Jacobs, Veldhoven, Rousset. De esta verdadera explosión me atrevo a destacar la brillante primera lectura de Gardiner (1985), la perfecta aproximación de Suzuki (2007) y la muy sentida y poética de Thomas Hengelbrock (2007).

Con cerca de 400 registros parece difícil sorprenderse con una nueva realización. Por eso el par de discos que acá se reseñan son tan particulares. No se trata solamente de una grabación destacada, sino de una que podría agregarse fácilmente al cuadro de referencias de la obra y para más de alguien como el nuevo paradigma. Pichon había hecho lo mismo en unas sorprendentes Vísperas de Monteverdi (reseñadas en Átomo 11). En el caso de Bach era tercera vez que se aproximaba a esta partitura en los estudios de grabación: lo había hecho parcialmente en 2012 y luego de modo completo en 2019. Esta nueva referencia, recientemente publicada, fue registrada en abril de 2024 en la catedral de Notre-Dame-du-Liban en París.

 

«Con cerca de 400 registros parece difícil sorprenderse con un nuevo registro. Por eso el par de discos que acá se reseñan son tan particulares. No se trata solamente de una grabación destacada, sino de una que podría agregarse fácilmente al cuadro de referencias de la obra…»

 

¿Qué vuelve especial la propuesta de Pichon? Diríamos que su absoluta y virtuosa naturalidad. Todo está como debe ser tocado y dicho. El coro no es de cámara; el testimonio de los videos del registro disponibles en internet muestra un conjunto generoso para los modos historicistas. Las sopranos son casi milagrosas, articulando incluso en las aterradoras tesituras altas de Bach. La dirección de Pichon es emocionante; a veces llega al arrobo más abandonado («Sanctus»), y la grandeza cósmica que despliega en el «Dona nobis pacem» final es única, la gradación es simplemente irreal. Capítulo aparte merecen sus solistas. Impresionantes todos. La contralto Lucile Richardot tiene un timbre híper expresivo con una cualidad contraatenorada; el tenor suizo-chileno Emiliano Gonzalez Toro canta uno de los Bach más puros que podamos sentir en nuestros días, y el bajo Christian Immler es tan rotundo, bien timbrado y flexible que no es necesario separar los solos con un barítono y un bajo: él lo hace perfecto.

Al escuchar esta versión se percibe un paso más allá respecto a Jacobs (2013) o McCreesh (2006): donde aquellos optan por la sofisticación del detalle o la precisión arquitectónica, Pichon consigue un flujo continuo de emoción, de respiración natural y casi teatral. La toma de sonido de Harmonia Mundi ayuda, con un balance diáfano que permite apreciar la densidad del coro sin sacrificar transparencia. No es casual que reseñas en The New Yorker y Gramophone la hayan señalado como una de las interpretaciones más trascendentes del repertorio sacro en la última década.

Pues, junto a la referencia de Hengelbrock —lectura con la cual comparte el desparpajo y el atrevimiento—, esta versión reúne los modos informados de hacer repertorio barroco, la emoción espiritual y litúrgica que exige la partitura y un atrevimiento y personalidad que la harán, para muchos, un nuevo faro en la interpretación de tan monumental obra.

Con Pichon, Bach abandona para siempre cierto frío y estilístico luteranismo para inundar de colorida emoción una de las más grandes músicas salidas del ingenio humano. Es hora, quizá, de que se atrevan otros a seguir esta senda: pienso en Vox Luminis.