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Gonzalo Rubalcaba: First Meeting

Diálogo, riesgo y creación en tiempo real

Roberto Barahona
Á. N.16.

 

 
Gonzalo Rubalcaba
First Meeting: Live at Dizzy’s Club
5 Passion Records.
2025

 
En el panorama del jazz contemporáneo, Gonzalo Rubalcaba es uno de los pocos pianistas que han logrado tender un puente tan sólido entre la tradición afrocubana y el lenguaje moderno del jazz estadounidense. Nació en La Habana el 27 de mayo de 1963, en el seno de una familia de músicos, y comenzó a estudiar piano clásico a los ocho años, desarrollando una técnica depurada a lo largo de más de una década de formación académica.

 

Su trayectoria profesional despegó en 1983, cuando se unió a la célebre Orquesta Aragón para una gira por Francia y África. Dos años después formó su propio grupo, «Proyecto», y ese mismo año fue descubierto por Dizzy Gillespie, una de las figuras que más marcarían su carrera. En 1986, Rubalcaba compartió escenario en el Festival de Jazz de La Habana con el contrabajista Charlie Haden y el baterista Paul Motian, un encuentro decisivo que le abriría las puertas de festivales internacionales como Montreal y Montreux.

 

«La contrabajista y compositora Linda May Han Oh, reconocida como una de las voces más influyentes del jazz actual, presenta Strange Heavens, su nuevo trabajo discográfico»

 

Su llegada discográfica a Estados Unidos se produjo con dos títulos que hoy son considerados clásicos modernos: Discovery: Live at Montreux (1990) y The Blessing (1991), ambos para Blue Note, donde su virtuosismo técnico y sus densas improvisaciones llamaron poderosamente la atención. A partir de 1993 pudo presentarse finalmente ante audiencias estadounidenses, incluyendo una actuación consagratoria en el Lincoln Center. En 1996 se estableció en el sur del estado de Florida y, desde entonces, su catálogo ha alternado introspección (Inner Voyage, 1999), experimentación sonora (Supernova, ganador del Grammy en 2001), revisiones de repertorio (Paseo, 2004) y exploraciones solitarias (Solo, 2005).

 

A lo largo de su carrera, Rubalcaba ha cultivado dos vertientes paralelas: proyectos con músicos cubanos de alto calibre y colaboraciones con figuras estadounidenses de primera línea. Entre estas últimas, su vínculo con Charlie Haden produjo una serie de grabaciones memorables. Esta capacidad para adaptarse a distintos formatos y contextos, manteniendo siempre una voz pianística reconocible, se reafirma de manera ejemplar en First Meeting: Live at Dizzy’s Club, su decimoséptimo lanzamiento como líder.

 

El álbum First Meeting documenta la última noche de una serie de presentaciones en el Dizzy’s Club de Nueva York, del 25 al 28 de agosto de 2022. Más que un simple concierto grabado, es el testimonio de un cuarteto en estado de gracia: Gonzalo Rubalcaba en piano, Chris Potter en saxofón, Larry Grenadier en contrabajo y Eric Harland en batería.

 

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La génesis del proyecto se remonta a la larga relación profesional entre Rubalcaba y Jason Olaine, vicepresidente de programación en Jazz at Lincoln Center. Olaine lo ha presentado en múltiples configuraciones desde mediados de los noventa, entre ellas, la formación del Monterey Quartet en 2007 (Rubalcaba, Potter, Harland y Dave Holland). Esta nueva reunión puede entenderse como una suerte de continuación espiritual de aquel grupo, pero con la frescura de una primera cita.

 

El cuarteto llegó al escenario con una única sesión de ensayo y un repertorio acordado a grandes rasgos: composiciones originales de cada integrante, más dos homenajes cargados de historia: «500 Miles High», de Chick Corea, y «Con Alma», de Dizzy Gillespie. En ambos casos, la elección tiene resonancias biográficas: Corea fue una referencia temprana para Rubalcaba, y Gillespie no solo lo descubrió en 1985, sino que grabó con él una versión a dúo de «Con Alma» en La Habana.

 

En First Meeting, ninguno de los músicos es el líder absoluto. Más bien, cada uno tiene una voz igual en un diálogo que se construye en tiempo real. Rubalcaba lo resume así: «Nunca he sentido que acompañar me relegue a un segundo plano; acompañar e improvisar son dos expresiones creativas. Es componer detrás de otros, añadiendo colores y matices para que su historia se despliegue».

 

Esa filosofía se percibe desde la pieza inaugural. El álbum abre con una introducción solitaria de Rubalcaba a «500 Miles High», espaciosa y de un lirismo que alterna la delicadeza baladística con insinuaciones de clave latina. Durante noventa segundos, desarma la melodía original y la reconstruye con tensión creciente, jugando con movimientos contrarios en ambas manos, hasta que Grenadier, Harland y Potter se suman para establecer un pulso que coquetea con ritmos cubanos, brasileños e incluso guiños flamencos. La improvisación se desarrolla como una narrativa: cada episodio tiene lógica interna, cada solo fluye con propósito, y la interacción recuerda que estamos ante cuatro improvisadores con un instinto colectivo poco común.

 

El segundo tema, «State of the Union», de Grenadier, presenta un samba flexible donde el contrabajo lleva la voz melódica inicial y el piano responde con líneas que se disuelven y reaparecen tras cada frase. Cuando Rubalcaba toma el solo, parece destilar y expandir el material melódico propuesto por sus compañeros, articulando un discurso contrapuntístico en el que ambas manos dialogan como entidades independientes.

 

La intensidad sube con «Eminence», aportación de Harland, que arranca con un estallido percusivo antes de abrir paso a un crescendo colectivo. Aquí, Potter despliega frases largas y melancólicas con ecos de Dexter Gordon, mientras Rubalcaba alterna ráfagas abstractas con bloques armónicos incisivos. El cierre es un post-bop elevado por la energía del momento.

 

«La ausencia de un instrumento armónico tradicional no es carencia, sino espacio abierto: obliga a los tres intérpretes a sostener y renovar constantemente la arquitectura de cada pieza»

 

La única pieza ajena al grupo, además de la apertura, es «Con Alma», himno afrolatino de Gillespie. Interpretada con una mezcla de reverencia y juego, se enriquece con las invenciones rítmicas de Harland, la elasticidad de Grenadier y la capacidad de Potter para explorar cada pliegue armónico. Rubalcaba incluso desliza guiños del estilo stride del jazz clásico en la introducción, enlazando tradición y modernidad.

 

En «Oba», Potter ofrece una estructura que alterna compases y sugiere aires de jazz sudafricano, generando un espacio donde el cuarteto se transforma en una percusión extendida, cada instrumento sumando capas rítmicas. Finalmente, «Santo Canto», de Rubalcaba, cierra el álbum con un vamp descendente filtrado por ritmos batá, evocando la pulsación ceremonial de la santería. El tema fluctúa en oleadas: de la sencillez melódica al estallido percutivo, para desvanecerse lentamente en un clima hipnótico.

 

Lo que distingue a First Meeting de otros encuentros de «supergrupos» de jazz es la combinación de generosidad musical y dominio técnico. Chris Potter lo define con precisión: «Cada uno aquí puede provocar fuegos artificiales en cualquier momento… pero el objetivo era hacer música seria juntos, desde donde está ahora el lenguaje del jazz». El resultado son solos extensos —«500 Miles High» supera los dieciséis minutos— que nunca se diluyen en exhibicionismo, sino que mantienen una musculatura ágil, sin grasa sonora.

 

La capacidad del cuarteto para equilibrar luz y sombra, tensión y reposo, se percibe incluso en los pasajes más libres. Harland utiliza la batería como un instrumento melódico, respondiendo a frases y empujando a sus compañeros hacia terrenos inesperados. Grenadier, con su sonido cálido y definido, es tanto ancla como catalizador, uniendo las conversaciones paralelas del piano y la batería. Potter, ya sea en tenor o soprano, despliega un fraseo que combina la lógica melódica con el riesgo calculado. Y Rubalcaba, lejos de ocupar siempre el centro, se revela como un maestro de la orquestación instantánea, capaz de trazar contracantos, insinuar cambios de dirección o lanzar acordes suspendidos que alteran el clima del momento.

 

First Meeting no es solo el registro de un concierto particularmente inspirado: es la constatación de lo que puede lograrse cuando cuatro músicos con bagajes y geografías distintas comparten un compromiso absoluto con la creación en el instante. Para Rubalcaba, que ha transitado desde las orquestas cubanas de los años ochenta hasta las salas de concierto más prestigiosas del mundo, este proyecto es también una reafirmación de su capacidad para dialogar en el más alto nivel con cualquier tradición del jazz contemporáneo.

 

El disco, publicado tres años después de su grabación, se ha ganado un lugar en las listas de lo mejor del año, no solo por la calidad de sus intérpretes, sino por la forma en que captura la esencia del jazz como arte vivo: una conversación sin guion, impulsada por la escucha atenta, el riesgo compartido y el respeto mutuo.

 

Si este fue realmente su «primer encuentro», todo apunta a que no debería ser el último. La electricidad, la generosidad y la compenetración que recorre cada pista hacen pensar en un grupo con mucho más que decir. Y en el centro de esa alquimia, como siempre, está Gonzalo Rubalcaba: un pianista capaz de transformar cada interacción en un acto de invención, y cada concierto en un viaje irrepetible.