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En voz baja

En el café de la juventud perdida

Felipe Joannon O.
12 de marzo, 2026

Título libro: En el café de la juventud perdida
Autor: Patrick Modiano
Año: 2026 [2007]
Editorial: Anagrama
Nº páginas: 127

 

 

«Para que te lleves la nostalgia de París», me dijo Fabrice, el profesor de literatura francesa en el colegio donde fugazmente enseñé español, mientras me pasaba un ejemplar barato de Dans le café de la jeunesse perdue (2007), de Patrick Modiano, que apenas pude metí en la maleta con el resto de los libros que me llevé de ahí.

 

Me gustaba Modiano (me gusta todavía). Había leído dos o tres veces Calle de las tiendas oscuras, el libro que le valió el prestigioso Premio Goncourt en 1978. Y con esta obrita de algo más de cien páginas, publicada treinta años después, me volvía a pasar lo mismo: las tímidas frases de los narradores se escurrían sin que lograra asirlas, dejándome una sensación de fascinación por lo intacto. Entonces volvía a empezar, pasaba los ojos por encima de las palabras para intentar retener algo, sin conseguirlo. No es que fuera particularmente elíptico, voluntariamente enigmático. No es esa la impresión que deja su prosa. Las frases estaban ahí, despojadas de segundas intenciones o de cualquier artificio que pudiera facilitarnos alguna interpretación.

 

¿Cómo llega a la cima literaria en vida un escritor que hace tan poco ruido? Parece uno de esos misterios que sus breves novelas buscan resolver. Temprano en su carrera, Modiano dio con una fórmula que procede de una extraña alianza: por una parte, sus historias siguen el mecanismo de la novela detectivesca, anticipando al lector un recorrido que se ajusta al modelo de la investigación; por otra, sus novelas son indagaciones en la memoria personal, con todo lo que tiene de difuso e impredecible la exploración de la nostalgia. Novelas policíacas que, en lugar de suscitar la tensión, nos van apagando agradablemente.

 

«¿Cómo llega a la cima literaria en vida un escritor que hace tan poco ruido? Parece uno de esos misterios que sus breves novelas buscan resolver».

 

La historia de Louki ocurre en el París de los 60, pero bien podría describir el París de hace algunos años. O la ciudad actual incluso, la cual —diga lo que se diga— todavía alberga circuitos inmunes al saco del turismo. No lejos del bar Le Condé, el lugar donde se reúnen los personajes de esta historia, todavía se forman filas para entrar en esos tres pequeños cines en el corazón del barrio latino, entre Rue des Écoles y Rue Champollion. Estudiantes provincianos, profesores jubilados, latinos varados por sus sueños, inmigrantes tunecinos, argelinos, ucranianos, cruzarán después la calle para comentar la retrospectiva de una película de Bergman o Fellini, en grupos similares al que conforman los parroquianos de la novela de Modiano.

 

El ambiente no puede ser más distinto, pero de alguna manera su prosa recuerda la de El gran Meaulnes, la novela hecha de ensueños por el eternamente joven Alain Fournier. Tal vez los acerque la discreción con que se ofrece lo escrito, y, desde luego, el centrar sus novelas en la memoria. Si para nosotros El gran Meaulnes está ligado indeleblemente al sur lárico de Jorge Teillier, habría que leer a Modiano con un libro de Roberto Merino bajo el brazo: escritores urbanos inmunes a las tomas de posiciones más reconocibles, exploradores de realidades cotidianas fuera de las categorías en las que nos perdemos. Una escritura que parece ensimismada —como sus autores cuando los entrevistan— pero que, en realidad, está justamente atenta a captar ritmos ciudadanos carentes de juicios previsibles. «Había en París zonas intermedias —escribe el último de los narradores de esta novela multifocal— tierras de nadie en donde estaba uno en las lindes de todo, en tránsito, o incluso en suspenso. Podía disfrutarse allí de cierta inmunidad. Habría podido llamarlas zonas francas, pero zonas neutras era más exacto». Remplácese París por Santiago y este fragmento cabe perfectamente en alguna de las crónicas de Merino.

 

«La representación del deseo está aquí casi completamente ausente. No hay huellas del deseo sexual, que el autor sustituye con la nostalgia o el ejercicio de la memoria. De alguna manera es un alivio».

 

Como en otras de sus novelas —e intuyo que esta es una de sus marcas más personales— la representación del deseo está aquí casi completamente ausente. No hay huellas del deseo sexual, por ejemplo, que el autor sustituye con la nostalgia o el ejercicio de la memoria. De alguna manera es un alivio. Cuánto escritor menor —y lo mismo podría decirse de tanto cineasta— fue víctima de la obligación de describir pormenorizadamente cada acto sexual. Si no se es Donoso o Lemebel, si no se articula el deseo como la hace Bombal o Nabokov, mejor abstenerse de tales escenas. El influjo que ejerce Louki en todos los personajes, en cambio, procede de su ingravidez, del misterio de su origen, la ausencia de contornos de su vida, tal como sugiere la portada de Anagrama en esta nueva edición (2026), que esboza un rostro desdibujado.

 

Las entrevistas que se pueden ver en Youtube muestran a un hombre que no logra nunca dar una respuesta clara. No confundido, sino seguro de que nada de lo que diga esclarecerá ni sus novelas ni lo que piensa. El entrevistador tiene que ser particularmente hábil para conducir la conversación, que Modiano llena de matices y frases subordinadas que no termina. Su actitud es asombrosamente invariable en el tiempo, como comprobamos cuando comparamos las entrevistas de finales de los sesenta y las más recientes. Ahí entendemos, entonces, lo que la escritura podría significar para él. Con su pluma estilográfica —el francés escribe a mano— Modiano se va dando coordenadas que le evitan la disolución, el irse por las ramas, sin por ello renunciar a endosarle a las palabras un aura de misterio. La profusión de nombres propios reales (calles, estaciones de metro, plazas, bares) convive paradójicamente con una atmósfera algo irreal de París… Como Louki, la joven protagonista de esta historia, musa amable o metáfora de su misteriosa idea de literatura.