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«Sinfonista supremo del espíritu»

Marcel Proust

Felipe Joannon O.
29 de enero, 2026

Título libro: Marcel Proust
Autor: Edmund White
Año: 2025
Editorial: UDP
Nº páginas: 200

 

 

Habría que recordar el hechizo que ejercía en nosotros el nombre de esta obra cuando todavía no la habíamos leído. El joven o adolescente apenas marcado por la experiencia literaria —dado a leer con desparpajo extático los clásicos universales— podía cifrar en la lectura de En busca del tiempo perdido el punto cúlmine de sus desafíos literarios. Se decía que tenía miles de páginas, que requería una atención total. Con diecisiete o dieciocho años, recuerdo haberle preguntado al crítico Ignacio Valente qué pensaba de la novela de Proust, a lo que me respondió que «ante la obra suprema del escritor francés, había que elegir entre ella y el resto de la literatura. Y yo me quedo con el resto de la literatura». Preso entonces de la candidez, interpreté en esta sentencia oracular que la intensidad de la novela le permitía rivalizar con todo el resto de lo que se había escrito. La ambigua respuesta —lo deduje muchos años después— tenía menos que ver con esto que con el simple volumen del texto, el mero hecho de que acometerlo por completo le privaría de leer a otros.

 

Mi ingenua interpretación, no obstante, no andaba tan descaminada, si la interrogo a la luz de mi primera lectura de En busca del tiempo perdido y, sobre todo, cuando leo experiencias similares de lectores avezados. Muchas de ellas han sido recogidas con oficio por Edmund White, para abrir la biografía que le dedica a Marcel Proust, publicada en inglés en 1999 y ahora disponible en español en Chile, a modo de homenaje del recientemente difunto autor norteamericano. Escribe White que Walter Benjamin se habría apresurado a terminar su traducción al alemán para detener la influencia que la prosa de Proust estaba ejerciendo en él, que Graham Green lo definiría como el digno sucesor de Tolstoi y que André Gide, en una anécdota más conocida, se arrepentiría toda su vida de haber rechazado el manuscrito del primer volumen (Por el camino de Swan). Con una profusa documentación de la recepción de la obra, White no esconde ni cuestiona su convicción de que En busca del tiempo perdido es la novela más importante del siglo pasado.

 

«Edmund White está tan convencido de la primacía de Proust sobre un Joyce, una Woolf o un Thomas Mann, que en su biografía no nos aburre con una defensa fanática de sus preferencias, sino que, incluso, se permite tratar el tema con humor, y al autor, con desarmada objetividad».

 

Lo interesante es que ello no obsta a que el escritor norteamericano nos entregue una biografía que sabe tomar distancia del objeto admirado. Tan convencido está de la primacía de Proust sobre un Joyce, una Woolf o un Thomas Mann, que no nos aburre con una defensa fanática de sus preferencias, sino que, incluso, se permite tratar el tema con humor, y al autor, con desarmada objetividad. El resultado es una biografía entretenida y ágil, por momentos demasiado centrada en la sexualidad de Proust, pero que permite a los antaño lectores de En busca del tiempo perdido, revivir los pasajes y personajes más importantes de la novela, y a los aún no iniciados, avivar todavía más el misterio y la curiosidad por este portento literario.

 

Cabe reconocerle a White la virtud de captar las preguntas esenciales sobre la vida y obra del autor, en una biografía que no llega a las doscientas páginas. Es una empresa complejísima identificar lo que vale la pena cuando se ha estudiado tanto una obra, cuando se dispone de tal cantidad de material sobre ella y ya no contamos con esos ojos frescos que saben separar de inmediato el trigo de la cizaña. Uno de esos nudos fundamentales en Proust —que White sintetiza con claridad— consiste en la subordinación de la inteligencia a la sensibilidad, en la medida en que esta última permite un acceso a una suerte de revelación que le está vedada al pensamiento voluntario. El propio Proust lo expresa en las primeras palabras de Contre Sainte-Beuve, el ensayo que le dedica el célebre crítico decimonónico y que constituye la génesis de En busca del tiempo perdido: «Cada día le asigno menos valor a la inteligencia. Cada día me doy cuenta que solo fuera de ella el escritor puede captar algo de nuestras impresiones». A corroborar tal afirmación acude el famoso episodio de la madeleine, que demuestra que una imagen (el biscocho mojado en la tasa de té) es más eficaz para transmitir una experiencia de epifanía que las mismas ideas expresadas en abstracto.

 

«Marcel Proust —como sus contemporáneos Claude Debussy y Henri Matisse— es la expresión de cierto genio francés, que se expresa en una libertad que no renta de la transgresión, como lo hará la parte más áspera de la vanguardia, sino en la profundización de una belleza inexplorada».

 

El resultado de la postura de Proust es una suerte de fatalismo sensual: no podemos acercarnos a una determinada verdad sobre nuestra vida por la vía del mero ejercicio de la inteligencia, sino trabajando en aras de potenciar nuestros sentidos y nuestra sensibilidad. Una suerte de paradoja, si consideramos el enorme desafío a la inteligencia que significa leer esta obra, y que sin embargo White expresa de manera concisa hacia el final de la biografía: «Leemos a Proust porque, a pesar de su inteligencia, desprecia las valoraciones razonadas y sabe que solo el tortuoso conocimiento que el sufrimiento nos reporta es realmente útil» (186).

 

En busca del tiempo perdido es una obra singular, que bien pudo no haber sido escrita, pero que, como desliza White, fue ayudada por unas circunstancias que supo propiciar una cultura determinada: la francesa de fines del siglo XIX y principios del XX. Marcel Proust —como sus contemporáneos Claude Debussy y Henri Matisse— es la expresión de cierto genio francés, que se expresa en una libertad que no renta de la transgresión, como lo hará la parte más áspera de la vanguardia, sino en la profundización de una belleza inexplorada. Su obra es perfectamente legible y adecuada a los parámetros de lectura que ya existían —al contrario del Ulyses, por ejemplo. Y sin embargo, a partir de una conocida experiencia de lectura, Proust nos impulsa a horizontes que no sabíamos que podíamos franquear.