
Poetas como Nicanor Parra y eruditos como Dámaso Alonso han observado que la célebre frase inicial del Quijote está compuesta por un octosílabo y un endecasílabo, el verso emblemático del habla popular española y el verso culto importado desde Italia, respectivamente. Que cualquier hispanohablante pueda recitar de memoria este comienzo («En un lugar de la Mancha / de cuyo nombre no quiero acordarme»), incluso sin haber leído un solo capítulo de la novela de Cervantes, es revelador del dominio subterráneo que ejerce el ritmo en la literatura. Una atención excesiva a la forma, sin embargo, conlleva el riesgo de la atrofia mental: acunados por métricas, imágenes y fonemas tradicionales, recorremos las frases y los versos como quien anda por un camino sin baches, y la plácida lectura de lugares comunes apenas ha removido algo en nuestro espíritu.
Entre nuestros escritores contemporáneos, Álvaro Bisama es quizá quien revela de manera más explícita la tensión entre la opción por formas nuevas y la adhesión a las formas de la tradición. Para indicar esta oscilación, podríamos contrastar algunas obras suyas: El brujo (2016), por una parte, como novela bien articulada y circunscrita a las normas clásicas de la narración, y Laguna (2020), por otra, con sus frases cortas flanqueadas por puntos seguidos, que disparan imágenes en direcciones imprevisibles; de un lado las notables biografías de Pablo de Rokha y Carlos Droguett, cuyo registro acota las posibilidades de innovación, y del otro los relatos en los que indaga en fenómenos sobrenaturales y su expresión en la cultura pop, voluntariamente ásperos en su fraseo. Podríamos, en efecto, prolongar este ejercicio de cotejo intertextual para dibujar las dos caras de Bisama; pero ya no es necesario: con Oráculo, su más reciente publicación, el autor lo confunde todo, volcando en una sola obra todas las fuerzas contradictorias que guían su escritura.
«Las cinco partes que componen este libro dan como resultado una obra heterogénea, en la que se alternan temporalidades, espacios, tradiciones y estilos de escritura que no remitiríamos a una sola mano. Con Oráculo, su más reciente publicación, Bisama lo confunde todo, volcando en una única obra todas las fuerzas contradictorias que guían su escritura».
Las cinco partes que componen este libro dan como resultado una obra heterogénea, en la que se alternan temporalidades, espacios, tradiciones y estilos de escritura que no remitiríamos a una sola mano. «En el eriazo», por ejemplo, reúne cuatro relatos narrados expresamente en contra de cualquier musicalidad o lugar común, tensando las normas de la sintaxis para dar cuenta de esa realidad inarmónica que ha sido la ciudad de Santiago. La segunda parte, en cambio, «Un escalofrío de pájaros me sacude los hombros», es una brillante novela breve, en la que, siguiendo una obsesión que caracteriza nuestra literatura más reciente (cfr. Cristóbal Marín, Manuel Vicuña, Ignacio Álvarez, Benjamín Labatut, etc.), se cuenta de manera mucho menos fragmentaria la vida de un personaje singular de la segunda mitad del siglo XIX, enlazando los hechos de su historia personal con los acontecimientos o personajes que marcaron la historia con mayúscula.
¿Qué le otorga cohesión a una obra que, desde su desgarbado índice, anuncia su disparidad? ¿Qué podría unir historias en las que se asoman personajes como Rubén Darío, Alberto Blest Gana, una pandilla de ladrones, tribus góticas santiaguinas, un náufrago del siglo XVIII y cosmonautas soviéticos de los 50’? Una respuesta superficial apuntaría a lo genérico-temático, es decir, a la irrupción en cada trama de un elemento que etiquetaríamos como fantástico o de terror. Pero Bisama es tan Bisama cuando aborda temas paranormales (Ruido, 2012) como cuando escribe sus biografías histórico-literarias, y en Oráculo seguimos advirtiendo esa misma continuidad. Si algo emparenta estos relatos que se multiplican de manera frenética a lo largo de más de 300 páginas, es el sentido de urgencia que el autor le imprime a su escritura, lo que se traduce en el privilegio de la frase corta, la prescindencia de los conectores entre párrafos y el uso del pretérito perfecto simple como tiempo verbal determinante.
La posición adoptada por el autor chileno no es, por cierto, novedosa, aunque el resultado en su obra sí se concretice de un modo singular. Invocar el sentido de urgencia es una de las maneras de conjurar el culto del estilo. Es lo que hizo Stendhal frente a las críticas de La cartuja de Parma, obra que el autor francés habría dictado en pocas semanas, dándole ese ritmo vertiginoso que le conocemos. Célebre es la reseña que le dedica Balzac en la Revue parisienne, en la que le reprocha a Stendhal la falta de revisiones, la ausencia de pulimiento de las frases y su débil arquitectura global, lo que no impide que la califique como la obra maestra de un genio. La misma posición de Stendhal adoptará Borges, cuando en su conocido ensayo «La supersticiosa ética del lector», ataque a los preciosistas del estilo. La impaciencia que transmite la prosa de Bisama, ese tener algo valioso que decir que no debe detenerse en miramientos estéticos, procede de este tipo de filiaciones literarias.
«¿Qué podría unir historias en las que se asoman personajes como Rubén Darío, Alberto Blest Gana, una pandilla de ladrones, tribus góticas santiaguinas, un náufrago del siglo XVIII y cosmonautas soviéticos de los 50’? No tanto el acecho de un elemento fantástico o de terror, sino el sentido de urgencia que el autor le imprime a su escritura».
Lo curioso es que, en muchas ocasiones, el mejor Bisama es el Bisama más convencional, aquel que alcanza un tipo de escritura que (casi) podría confundirse con la de cualquier otro gran escritor. Las más de cien páginas que componen la vida de Lorenzo Rojas —esa segunda parte a la que me referí más arriba— alcanzan una cima que rara vez logran las del resto de la novela. Y ello ocurre porque, de alguna manera, el autor renuncia momentáneamente a su convicción de que la realidad es fragmentaria, y que tal fragmentación debe ser representada atendiendo al capricho que conlleva unir puntos arbitrarios. Con la narración de la biografía de Lorenzo Rojas volvemos a la concepción tradicional del paso del tiempo, un tiempo lineal, y que además tiene un punto firme, que es la vida del propio protagonista. Esta acumulación de sentido en torno a un solo personaje ciertamente convencionaliza el relato, pero le permite al autor volver más agudos y personales sus comentarios.
Por lo demás, esta ambiciosa novela ofrece una infinidad de imágenes arquetípicas, algunas de las cuales quedarán en la memoria del lector. La visión de las ballenas varadas en una playa desconocida hará del relato «Zañartu» un hito inolvidable del mundo bisamiano; el joven que alza el vuelo con alas de pájaro artificiales en las costas peruanas, en la novelita sobre Lorenzo Rojas, es de una belleza que recuerda al melancólico Alsino. Todo convive o se alterna en esta escritura proteica, que tiene como modelo los «Gabinetes de curiosidades»: al modo de estos protomuseos, cuya única lógica organizativa es precisamente la curiosidad por un mundo que espera su lógica, Bisama ofrece con Oráculo una colección de relatos e imágenes que, a fin de cuentas, deja al lector la labor de descifrar.