
La fortuna póstuma que está viviendo la literatura de Marta Brunet es la que uno quisiera para todos los grandes escritores. No solo su obra ha conocido, en las últimas décadas, una serie de reediciones inusual en nuestra narrativa chilena (acaso comparable a lo que está ocurriendo con Carlos Droguett), sino que, además, tal fenómeno de revitalización devuelve una figura que refleja con fidelidad la versatilidad de su escritura. En efecto, a la valiosa publicación en dos tomos de su Obra narrativa por parte de Natalia Cisterna —el primero de los cuales apareció en 2014— le han seguido las Crónicas, columnas y entrevistas (La Pollera, 2019), los Cuentos escogidos (Alfaguara, 2020), una nueva edición de La mampara (UDP, 2023) y otra de una de sus novelas más celebradas, María Nadie (UNAM, 2024), sin que ello impida que sigamos valorando su producción de corte criollista o su habilidad para componer relatos infantiles. Su obra no está asociada a un solo valor que la sintetice; de ahí que no sea sencillo hablar de su literatura.
La misma Brunet es la principal causa de que no se la pueda estereotipar fácilmente. La incursión en temas, ambientes y públicos tan distintos, la independencia que logran sus narradores respecto de sus propias criaturas, le ahorran el destino anquilosado que espera al escritor canónico. No estatua sobre un plinto, sino materia en elaboración: Amasijo, como el título de la última de sus novelas publicadas en vida, y que ahora se vuelve a editar, seis décadas más tarde, gracias a la Editorial de la Usach.
«La fortuna póstuma que está viviendo la literatura de Marta Brunet es la que uno quisiera para todos los grandes escritores. No solo su obra ha conocido una serie de reediciones inusual en nuestra narrativa, sino que, además, tal fenómeno de revitalización devuelve una figura que refleja con fidelidad la versatilidad de su escritura».
Dieciséis breves capítulos componen esta novela desigual de la escritora chillaneja, en la que seguimos la vida atormentada de Julián García, dramaturgo cuyo reciente éxito no alivia en lo más mínimo su obstinada infelicidad. Las claves de la desdicha están en su pasado, incluso en su prehistoria, cuando el rico emprendedor vasco que fue su padre, en plena crisis de cincuentón, decide casarse con una joven adolescente para darle un destino a su fortuna. Obra desigual, en efecto, pues la factura de los capítulos —que al principio pueden leerse casi de manera autónoma— exhibe una variación no menor en la calidad de la prosa. A una introducción que planta demasiado bruscamente el misterioso personaje femenino, le sigue un segundo capítulo que es una joya de la escritura, una especie de Lolita en miniatura, y que extirpado de la novela cabría en cualquier antología del cuento chileno.
Cuando aparece Amasijo, ya han pasado casi cuarenta años desde que Brunet publicara Montaña adentro (1923), su novela debut. Y el cambio del entorno de la historia no puede ser más radical. La soledad campesina ante la naturaleza salvaje ha sido sustituida por la soledad del joven huérfano aristocrático, que vive sin embargo en plena ciudad. Apenas la conservación de algunas palabras coloquiales —acaso desafiando una crítica que tempranamente le dirigieron— la emparentan con la narradora promisoria de las provincias del sur. De las afinidades con un Mariano Latorre, pasamos a la convergencia con la literatura de José Donoso y Adolfo Couve. La situación en que se encuentra Julián, rodeado de una servidumbre que heredó junto con la casa, recuerda la de Andrés, el protagonista de Coronación (1957), novela publicada pocos años antes por Donoso.
«Marta Brunet es la principal causa de que no se la pueda estereotipar fácilmente. La incursión en temas, ambientes y públicos tan distintos, la independencia que logran sus narradores respecto de sus propias criaturas, le ahorran el destino anquilosado que espera al escritor canónico».
Más clara aún es la semejanza con estos dos autores en lo que atañe la descripción de la infancia, tema privilegiado en Couve y Donoso (y tal vez podríamos agregar a Wacquez). El trágico accidente que vive la madre del protagonista de Amasijo, lleva a tratar a su pequeño hijo como una muñeca, obligándolo a permanecer inmóvil junto a su lecho de enferma. Cuando el cura la conmina a mandar a Julián a la escuela, la madre responde: «Es una criatura como un ángel. No sabe ni una sola mala palabra… Es como una niñita, como una princesita… Se lo juro… Es un tesoro…» (47-48). Cómo no recordar a Wenceslao Ventura, la poupée diabolique, cuya madre lo viste de niña en Casa de campo. O los «niños reyes» de Adolfo Couve (la expresión es de Felipe Toro), hijos únicos sin figura paterna, que van creciendo al alero de misteriosas madres (El picadero, El pasaje, La lección de pintura). El complejo de Edipo está tratado explícitamente en la novela de Brunet, quien se detiene a narrar el morbo de la relación, pero sin llegar a exprimirla, como Donoso, recurriendo a cierta distancia no exenta de ironía.
En su brevedad, Amasijo es muchas novelas en una. Además de los temas ya mencionados, podríamos añadir las reflexiones en torno al oficio del teatro (una afición temprana de la misma escritora); deberíamos indagar en la exótica mujer que aparece de la nada en la vida del protagonista; detenernos en la frecuentación del arrabal en busca de alcohol y sexo, que detalladamente se nos describe en el penúltimo capítulo; o en el terror que siente el protagonista frente al deseo homosexual. Solo por momentos esta novela alcanza las cimas que le conocemos en relatos sublimes, como «Soledad de la sangre», pero a cambio nos entrega perspectivas menos frecuentes de su literatura. La elección de narrar desde un enfoque predominantemente masculino es uno de ellos, si consideramos el peso que suele entregarle a la mirada desde la mujer; la ubicación de la historia en un suburbio rico de una gran ciudad es otra rareza en su escritura. Una escritura que, en todo caso, Marta Brunet va concibiendo hacia el final de su vida como un amasijo, una masa en potencia de convertirse en cualquier cosa, con tal de espantar por momentos el horror de la soledad.