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80 años

Recados completos

Felipe Joannon O.
04 de diciembre, 2025

Título libro: Recados completos
Autor: Gabriela Mistral
Año: 2023
Editorial: La Pollera
Nº páginas: 735

 

 

Pareciera que el consenso casi unánime que existe en torno a la figura de Gabriela Mistral, conviviera con un disenso igualmente extendido sobre qué simboliza su figura. Nada ilustra mejor esta situación que la decisión de levantarle un monumento conmemorativo en nuestra plaza de la discordia. Tras seis años postergando el problema sobre qué hacer con este lugar indefinido, la única solución viable consistió en acompañar la estatua ecuestre del general Baquedano con un monumento a la escritora elquina. Pero si el nombre de Mistral no generó objeción alguna —como sí hubiera ocurrido con casi cualquier otra figura de nuestro acervo cultural nacional— las diferencias comenzaron no bien hubo que imaginar la concreción de esa figura. En efecto, el proyecto que resultó finalmente escogido por licitación pública («Lucila») ha sido objeto de críticas que, en parte, se relacionan con las distintas concepciones que se tienen de la escritora. Es revelador, además, que el monumento consista en una serie de paneles que devuelven una imagen distinta de la poeta según el lugar desde donde se lo mira.

 

A pocos días de que se cumplan 80 años de la concesión del premio Nobel, el enigma de Mistral se multiplica. Todos nos acercamos a ella y cada uno lo hace a su manera. Suele pensarse que las causas del misterio que envuelve su figura proceden de un carácter brusco y reservado, pasional y discreto, que manifiesta su tensión en una serie de episodios biográficos nunca del todo esclarecidos o hechos públicos (la maternidad de su «sobrino» Yin Yin y las circunstancias de su suicidio, la relación amorosa con Doris Dana, el pertinaz autoexilio). La causalidad, sin embargo, bien podría ser inversa: es la obra de Mistral la que le da profundidad a las múltiples lecturas de su vida y tiñe su personalidad; los elípticos versos de Tala o de Lagar van complejizando los rasgos mismos de la autora. A quien crea haber dado con una imagen fija de Mistral, cabría aconsejarle la relectura de esa serie de poemas de Lagar que se titula «Locas mujeres» («Y no quiero que me hallen / donde me escondí de todos»).

 

Menos enigmática pero también menos conocida es su prosa, y acaso la efeméride brinde una ocasión para adentrarnos en ella. Buena parte de esta producción corresponde a lo que, con ese modo original que la caracterizaba al nombrar, Mistral denominó «Recados», mensajes heterogéneos que la poeta envía, a la manera de un extenso telegrama, a su gente en Chile o en América, desde alguno de los rincones afuerinos en los que se asentó. La reunión de todos estos textos dio con una publicación de más de setecientas páginas, que el compilador Diego del Pozo trabajó con la editorial La Pollera y que apareció acabado en 2023.

 

«A pocos días de que se cumplan 80 años de la concesión del premio Nobel, el enigma de Mistral se multiplica. Todos nos acercamos a ella y cada uno lo hace a su manera. Suele pensarse que las causas del misterio que envuelve su figura proceden de su carácter o de algunos episodios biográficos nunca del todo esclarecidos. La causalidad, sin embargo, bien podría ser inversa: es la elíptica obra de Mistral la que le da profundidad a las múltiples lecturas de su vida y tiñe su personalidad».

 

Tal como se afirma en el prólogo, los primeros recados son publicaciones quincenales de Mistral en El Mercurio, en el momento en que la escritora se desempeñaba como cónsul en Madrid, cuando se cumplían ya diez años de su salida de Chile. Asoma entonces la figura de la escritora corresponsal, que informa de los tiempos convulsos que atraviesan la década del 30 en Europa, o el perfil de la escritora crítica, que evalúa a distancia la cultura chilena y americana, comparándola con lo que está experimentando en el Viejo continente. La variedad de temas y la libertad de registros que contienen los recados encuentran su amarre en esa voz propia de Mistral, fraguada en la soledad de sus años de infancia y adolescencia en Elqui, con poquísimos interlocutores para su formación autodidacta.

 

Algunos recados abordan temas recurrentes de la autora: la pregunta sobre qué es lo propiamente americano, las precarias condiciones de la enseñanza en provincia, el lamento por la pérdida del elemento rural a manos de la vida metropolitana, la alfabetización, el fortalecimiento de los lazos políticos entre las naciones de América. Otros, en cambio, nos muestran la lectura de su propia contemporaneidad, surgida de intuiciones poéticas más que de especulaciones teóricas, en las que toma posiciones sobre temas aún hoy controversiales. En «La infección del aire», por ejemplo, denuncia los estragos que estaría causando la radio en tanto símbolo de una cultura democrática que ha «encenegado el conocimiento en un practicismo brutal y ciego», incapaz de ejercer algún discernimiento, orientada como está a halagar a la masa. En la dimensión cultural y artística, el comunismo le parece superior a la democracia, si se juzgan sus resultados, y algo similar afirma del fascismo de Mussolini, a quien siempre se opuso en lo político y moral, pero cuya deriva artística hacia el futurismo o el clasicismo, aunque cursi, le parece comprensible frente a la oferta amorfa del producto de la cultura de masas que promueve la democracia.

 

La cartografía literaria de la autora emerge con mayor detalle cuando se consideran todos estos recados. Sabíamos de su predilección por Alfonso Reyes, Unamuno, D’Annunzio y Amado Nervo, conocíamos sus favorables impresiones sobre Neruda y su amiga Victoria Ocampo, pero quizás estábamos menos familiarizados con otras lecturas suyas: los poetas italianos de su tiempo, por ejemplo, cuyos poemas a veces agrega al final de algún recado (los hay de Ungaretti y Saba, en traducción de Palma Guillén), un inesperado elogio a Chesterton («Guárdense los mozos de tirar cruces sobre Chesterton como sobre un diablo capitalista», 74), y atinadas críticas a sus connacionales (véanse, entre otras, las observaciones que la hace a Fernando Santiván, en defensa del pueblo mapuche). No solo una visión personal, en Mistral destaca también su autonomía de juicio y la renuencia a operar en manada, lo que le ahorró tanto episodio ridículo en la guerrilla de egos de la poesía chilena de los años 30.

 

«Menos enigmática pero también menos conocida es su prosa, y acaso la efeméride brinde una ocasión para adentrarnos en ella. Buena parte de esta producción corresponde a lo que, con ese modo original que la caracterizaba al nombrar, Mistral denominó “Recados”, mensajes heterogéneos que la poeta envía a su gente en Chile o en América, desde alguno de los rincones afuerinos en los que se asentó».

 

No faltan en los recados observaciones curiosas y muy atentas sobre el entorno, como la promoción que alienta sobre la plantación de olivos en Chile, observación que con el tiempo se volverá profecía; o los pasajes —como no— que delatan su aproximación poética a las cosas, tal el lindísimo elogio que le dedica al cielo de Castilla, entre otros. Como afirma Luis Oyarzún, «en su mundo poético no hay lejanías afectivas», todo está transido por un vínculo pasional, sea de rechazo o de identificación absoluta.

 

En medio de la cuenta regresiva —la entrega del premio Nobel tuvo lugar el 10 de diciembre de 1945— los homenajes a Mistral se suceden en distintos lugares del mundo. La semana recién pasada fue el turno de París, que dedicó dos días a la poeta de Elqui, en un coloquio organizado por la Sorbona y la Embajada de Chile en la Maison de l’Amérique Latine. Una de las ponencias recordaba la repulsión de Mistral a que le erigieran un monumento, lo que le valió un quiebre con su íntima amiga Laura Rodig, quien finalmente esculpiría su figura. No quería para ella un perfil definitivo. Los nuevos descubrimientos de su prosa, y la fuerza inagotable de sus cinco libros de poemas, seguirán otorgando esa deseable inestabilidad que caracteriza a los grandes escritores contemporáneos.