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Por qué hacen tanto ruido

Felipe Joannon O.
06 de noviembre, 2025

Título libro: Por qué hacen tanto ruido
Autor: Carmen Ollé
Año: 2019 [1992]
Editorial: Overol
Nº páginas: 100

 

 

No lo dice en ninguna parte de la novela, pero el título recuerda inevitablemente el famoso verso inicial de Trilce (1922), el poemario de César Vallejo, que comienza interrogándose precisamente: «quién hace tanta bulla», en una de las obras más insólitas de nuestra poesía latinoamericana. La última ganadora del Premio Iberoamericano de literatura José Donoso, la poeta peruana Carmen Ollé (1947), no menciona a Vallejo en estas cien páginas de su bizarra novela, en la que, en cambio, sí aparecen autores bastante conocidos (Katherine Mansfield, Virginia Woolf, Cesare Pavese, Luis Cernuda, Kerouac, Baudelaire, Balzac, Góngora, etc.). Ollé no nombra a su paisano y antecesor en el oficio, pero es indudable que le rinde un homenaje al situarse en su mismo punto de partida: la reflexión y la representación literaria de la opacidad del lenguaje («Quiero escribir, pero me sale espuma», había dicho Vallejo después de Trilce).

 

En efecto, la protagonista de la historia es una autora, Sarah, que enfrenta una crisis de escritura que se alimenta de su crisis matrimonial con Ignacio, su marido poeta, el personaje dionisíaco de la relación. La falta de naturalidad con la que quisiera entregarse o simplemente vivir su propia vida, se refleja en una parálisis sobre cómo volver a escribir, tras su decisión de abandonar el verso y cambiarlo por esta prosa que simula improvisación. El pánico de la página en blanco coincide con la inminente partida de la pareja. Cierta angustia, a ratos la desesperación, dominan el ánimo de un personaje incapaz de salir de su laberinto mental para intentar fusionarse con el entorno. «Mi estilo es mi bloqueo», anotará Sarah en esta narración en primera persona, que va desplegándose por tanteo, en medio de un presente que la tiene empantanada.

 

«La última ganadora del Premio Iberoamericano de literatura José Donoso, la poeta peruana Carmen Ollé (1947), no menciona a Vallejo en estas cien páginas de su bizarra novela, pero es indudable que le rinde un homenaje desde el título, al situarse en su mismo punto de partida: la reflexión y la representación literaria de la opacidad del lenguaje».

 

La extrañeza que transmite este relato radica justamente en el predominio del uso del tiempo verbal presente. ¿Cómo es posible contar una historia minimizando la importancia de los pasados gramaticales? Y sin embargo es interesante esta elección de la autora: si de lo que se trata es de insistir en la propia incertidumbre, de auscultar sin tregua la propia mente, entonces resulta eficaz darle espacio al presente. Como en el siguiente pasaje: «Me sofoca que nada suceda hoy y luego escribir esa experiencia de que nada sucede hoy, ver cómo algo existe en ese pedazo de tiempo en el que nada sucede, solo porque lo observo por un retrovisor. Estoy viviendo a través de lo que leo» (42). Los límites entre la protagonista de la historia y la propia autora se borran, y nos preguntamos si el relato no es acaso la reunión de las notas de escritura que colecciona Carmen Ollé mientras idea la trama (una breve indagación en su biografía corrobora que la familia de la historia es un calco de la situación personal de la escritora. Pero, ¿tiene esto importancia?).

 

Los personajes lúcidos y neuróticos como Sarah suelen vivir una incertidumbre omnipresente que, en realidad, necesita paradójicamente de la certeza absoluta en al menos un ámbito de su existencia. Su sentimiento de estar a la deriva proviene de una convicción arraigada que a menudo quiere olvidar. «La vacilación es perenne» en la protagonista —se nos dice—  pero esta hesitación viene reforzada por una seguridad: el hecho de haber deseado y amado a Ignacio, diez años atrás, con una desenvoltura que hoy buscará en vano. La aparición en escena de la joven Helena, con quien Ignacio comienza una relación que no oculta a Sarah, le recuerda esta certidumbre por la tradicional vía de los celos.

 

«Desde su primer éxito literario —Noches de adrenalina (1982)— Carmen Ollé dio muestras de ser muy hábil en la identificación de la contradicción, permutando las causas y los efectos. Lo suyo no es el recurso a la paradoja fácil, esa que por la mera vía de plantear una oposición cree haber dado por cerrado un argumento. Sus paradojas son abiertas y tienen el tono de una pregunta».

 

Pero la escritora se autoindaga sin ninguna concesión y, en realidad, no cede nunca al papel de la víctima. Sabe que las relaciones son una negociación, y en esa negociación ella también ha ejercido su dominio. Actuar como la presa de caza es una manera refinada de manipulación. En esa década de vida juntos ha interpretado el papel de la adoradora, y a cambio ha cobrado caro: «Había poseído a Ignacio durante esos diez años de matrimonio a través de su megalomanía, de sus celos, de su miedo a ser desplazado» (20). Desde su primer éxito literario —Noches de adrenalina (1982), que, dicho sea de paso, acaba de ser reeditado por la editorial de la Usach—, Ollé dio muestras de ser muy hábil en la identificación de la contradicción, permutando las causas y los efectos. Lo suyo no es el recurso a la paradoja fácil, esa que por la mera vía de plantear una oposición cree haber dado por cerrado un argumento. Sus paradojas son abiertas y tienen el tono de una pregunta.

 

Al contrario de sus predecesoras en este premio —los cuatro anteriores han ido a parar a manos de escritoras de amplio éxito editorial: Mariana Enriquez (2024); Lina Meruane (2023); Samanta Schweblin (2022) y Cristina Rivera Garza (2021)— la literatura de Ollé apunta a un lector más reducido, curioso por explorar el mecanismo de la propia escritura. Su poética concuerda con las reflexiones metaliterarias de los poemas de Enrique Lihn pero, al menos en esta novela, la autora rechaza la adopción de un tono escéptico-burlesco para conjurar la angustia. Casi no hay humor en estas páginas, que, sin embargo, no dan la impresión de un existencialismo insoportable. La compensación y el consuelo están en otro lado, en los ecos de platonismo que sobreviven en la protagonista, y que la impelen a sostener la escritura, para ir en busca de la belleza.