
De pronto aparece en librerías un libro de Vicente Huidobro. La fotografía en blanco y negro surcada por una franja a color nos confirma que se trata de una nueva publicación de «Vidas ajenas», la colección de la editorial UDP dedicada a escritos de no ficción. Habrán reunido algunas cartas o manuscritos perdidos y les habrán dado un título para justificar la impresión; algo de escaso valor intrínseco —pensamos— si se lo toma con independencia del prestigio del vate. Las citas de Pizarnik y Parra en la contraportada —persistimos en el error— están ahí para sacarle brillo a páginas secundarias…
Nada más descaminado. Publicada hace 99 años, esta obrita olvidada de Huidobro justificaría, por sí sola, la elevación del poeta a la primera línea de nuestro canon. Retratos sintéticos de personajes históricos, insolentes juicios a coetáneos famosos y, sobre todo, una serie de aforismos como flechas eléctricas dirigidas contra la norma, van componiendo las cuatro partes de un evangelio que no ha perdido un ápice de su vigor, especialmente en un país enamorado del orden y la seriedad.
Como en otras obras suyas, el ritmo de Vientos contrarios lo dicta la urgencia. Huidobro no quiere perder un segundo en ese destino que se tiene reservado: ni más ni menos que ser el artista más intenso de la historia. Ninguna reverencia a nadie (menos aún a dios). Intentar ser el poeta más importante de la cultura occidental es la consecuencia necesaria del examen de su propio corazón. Lo ve como un deber moral. En un pasaje se queja de que Stendhal haya escrito páginas sobre el amor que él hubiese querido fueran de su autoría. Expresar su admiración sería claudicar. Por eso, tras confesar la envidia que le tiene, agrega: «yo soy más eléctrico que Stendhal, soy más súbito, porque soy más poeta. Soy más eléctrico y a veces veo más estrellas nuevas» (114). Su megalomanía seduce —si no se la lee en clave maniquea— porque revela una ambición que todos alguna vez compartimos.
«¿Páginas secundarias de un autor fundamental? Nada más descaminado. Publicada hace 99 años, esta obrita olvidada de Huidobro justificaría, por sí sola, la elevación del poeta a la primera línea de nuestro canon».
El catolicismo gregario de principios del siglo XX es el principal blanco de las invectivas de este joven de 33 años. Buena parte los mejores aforismos son inversiones del Nuevo Testamento. Como esta distorsión del encuentro con el joven rico, en que el poeta reivindica el valor absoluto de la individualidad: «Abandona tu familia, tu hogar, tu patria, y no me sigas» (57). O la serie de sentencias apologéticas del escándalo, término que según Huidobro da la sociedad a los actos del hombre libre: «No recuerdo nunca haberme escandalizado de nada. Considero mayor la falta de los que escandalizan que la de aquellos que dan el escándalo. Estos obedecen a una razón afirmativa, imperiosa» (46).
Razón afirmativa. He aquí un sintagma que define bien una poética que no se constituye como mera trasgresión. Otras vanguardias apenas sobreviven como testimonios históricos de rebeldía contingente. El creacionismo, como su nombre lo indica, estaba orientado a la afirmación, y legó algo más que sus divertidos manifiestos. Ese algo más está vinculado a una intuición que Huidobro supo desarrollar antes que cualquier otro poeta de habla hispana contemporáneo: acentuar la preeminencia de la imagen en el poema, desplazando la tradicional primacía del ritmo y la musicalidad. Como en el célebre «espejo de agua», del libro homónimo de 1916, que «se hace arroyo y se aleja de [su] cuarto», y que en este libro más conceptual está presente en destellos, cuando, por ejemplo, describe su primer amor: «todas las avenidas de mi corazón se engalanaron para el paso de la reina» (23).
El sentido de urgencia y afirmación al que aludimos, nutrido de las lecturas de Nietzsche, no se traduce en fanatismo poético o político, porque no pretende revelar una verdad oculta sino crear una «ley» propia (que puede tomar la forma que al artista se le antoje). En Huidobro hay plena consciencia del carácter arbitrario de la convención y de la ley. Son muy divertidos, de hecho, los aforismos contra los jueces (y recuerdan, de paso, esa tradición satírica contra los oficios tan extendida en el siglo de oro). «Un juez que en el momento de dar sentencia no se está riendo interiormente de sí mismo y de la sociedad, es un perfecto imbécil», afirma en uno de ellos (110). No son escasos, en este libro, los episodios en que el poeta manifiesta su admiración por el condenado, como sucede en sus comentarios a los escritos de la Marquise de Brinvilliers (93-103), sofisticada envenenadora de sus rivales en el amor.
«Retratos sintéticos de personajes históricos, insolentes juicios a coetáneos famosos y, sobre todo, una serie de aforismos como flechas eléctricas dirigidas contra la norma, van componiendo las cuatro partes de un evangelio que no ha perdido un ápice de su vigor».
Vientos contrarios se cierra con una colección de comentarios sobre Vicente Huidobro y su obra poética expresados por coetáneos renombrados, como Juan Larrea, Gerardo Diego y Rafael Cancinos Assens. Apreciaciones que ya estaban en la primera edición, a modo de prólogo, y que el editor, Sebastián Astorga, tuvo el buen juicio de desplazar hacia el final, a manera de epílogo. Como afirma Astorga, Huidobro ya no necesita estas cartas de presentación, pero sobre todo, los escritos que reúne este libro atrapan desde sus primeras páginas y merecen contar con nuestra mejor atención, de inmediato.
Menos de un par de meses nos separan de la conmemoración de los 80 años de la concesión del Premio Nobel a Gabriela Mistral, en 1945, y la recurrencia puede servir para no perder el pasmo que sentimos cuando nos paramos a ver las obras publicadas en brevísimo arco de tiempo: Desolación, 1922; Veinte poemas de amor, 1924; Vientos contrarios, 1926. La fuerza de estas breves obras escritas hace cien años «sigue en crecimiento», para robar la expresión de la contraportada del libro de Huidobro. Acercarnos a ellas gracias a la labor estampada en nuevas ediciones es siempre un placer nuevo.