
La fractura abierta el 18 de octubre de 2019 sigue viva para muchos que fuimos testigos, por primera vez, de que la promesa del Estado de derecho en Chile fue un completo fraude. Un fraude para quienes no sabíamos cómo regresar a nuestras casas en esos días de delirio, cuando la vida cotidiana se suspendió y el miedo ocupó el lugar del orden. Las calles dejaron de ser espacio común y se convirtieron en territorio de impunidad, donde la violencia se justificaba en nombre del malestar. A más de seis años de aquel episodio, volver sobre él no es un gesto de nostalgia, sino una exigencia moral: la de reafirmar lo que entonces sabíamos, pero no pudimos hacer cumplir, que no hay civilización sin imperio de la ley, ni progreso sin respeto por los derechos de los ciudadanos, y que el malestar no se resuelve por el solo hecho de manifestarse, sino mediante el fortalecimiento de las instituciones y el ejercicio responsable de la libertad.
En este esfuerzo por comprender lo ocurrido en los meses finales de 2019, la crónica Piñera en jaque, de las periodistas Paula Catena y Gloria Faúndez, constituye un insumo valioso y necesario. A diferencia de otros relatos escritos en primera persona sobre estos hechos, este libro surge de una investigación periodística de más de cuatro años, sustentada en un centenar de entrevistas que permiten reconstruir la accidentada segunda administración del presidente Sebastián Piñera y lo lejos que estuvo esta de su diseño original. Ello no implica desconocer el aporte de obras anteriores —como La vuelta larga de Gonzalo Blumel, Tiempos mejores de Jorge Selume, G3 de Claudio Crespo, Cabo Zamora de Javiera Rodríguez o Infamia de Javier Orrego—, todas ellas testimonios valiosos del desafío titánico que significó enfrentar la crisis desde el Estado, ya fuera desde la abrumadora tarea de gobernar o desde la soledad de una policía abandonada a su suerte.
Piñera en jaque recorre el itinerario del segundo gobierno de Sebastián Piñera desde los meses previos a su retorno a La Moneta hasta el cierre de su mandato, cuando la pandemia había transformado por completo el escenario político mundial. El libro parte mostrando el diseño inicial de un Gobierno que buscaba erigir al presidente como una figura gravitante en la política internacional, propósito que pronto se empezó a frustrar tanto con los conflictos existentes en Chile —manifestados en el caso Catrillanca— como con los errores diplomáticos, siendo su visita a Cúcuta el ejemplo más revelador de una agenda voluntarista que no se adecuaba a la realidad nacional. El relato se adentra luego en las horas críticas de octubre, el colapso del orden público, las tensiones al interior del gabinete y el intento de solución que pretendió ser el Acuerdo por la Paz y la Nueva Constitución de noviembre, para continuar con el súbito giro que trajo el confinamiento: la revolución en las calles dio paso a la emergencia sanitaria y con ella reapareció un Piñera operativo, concentrado en la gestión y en la urgencia.
«Entre las principales virtudes de esta crónica destaca el exhaustivo trabajo periodístico, que permite acceder a detalles reveladores y comprender fenómenos que, aunque conocidos, adquieren aquí una nueva fuerza explicativa».
Entre las principales virtudes de esta crónica destaca el exhaustivo trabajo periodístico, que permite acceder a detalles reveladores y comprender fenómenos que, aunque conocidos, adquieren aquí una nueva fuerza explicativa. Así, emerge con nitidez la figura siempre ubicua —y muchas veces impertinente— de Benjamín Salas Kantor; el patológico sectarismo de Giorgio Jackson al recomendarle a Gabriel Boric no recibir el republicano saludo del presidente una vez elegido y la desesperación del piñerismo en los momentos más álgidos de la revolución octubrista, que lo llevó incluso a recurrir a extravagancias como tarotistas, chamanes o luces azules «para las buenas vibras», repartidas por todo el palacio con el pase regio del propio Sebastián Piñera.
Sin duda, el mayor acierto del libro de Catena y Faúndez es atreverse a formular una pregunta que recorre todo su relato: ¿por qué Sebastián Piñera reaccionó de forma tan disímil ante la crisis de octubre y la pandemia? La pregunta no busca una simple comparación, sino comprender algo más profundo sobre la naturaleza del poder, el liderazgo y la fragilidad institucional en tiempos de convulsión. ¿Fue el contexto político lo que lo paralizó en 2019, o la naturaleza técnica de la emergencia sanitaria lo que le permitió retomar el control? ¿Cambió el presidente o cambió el país? En esa tensión —entre el desconcierto del estallido y la disciplina del confinamiento— se juega buena parte del sentido de esta crónica.
La respuesta que el libro ofrece a esa pregunta, por desgracia, no está a la altura de su formulación. No por falta de rigor de las autoras, sino por la pobreza analítica de muchos de los entrevistados, quienes insisten en que la diferencia entre ambos episodios radicó en que el presidente no disponía de información clave. Tal explicación, sin embargo, se asemeja más a una excusa que a una causa. Es posible que Piñera no haya contado con antecedentes suficientes para identificar a los responsables de las quemas del Metro, pero el estrago octubrista estaba a la vista de todos los chilenos. Su error no fue de información, sino de comprensión de sus deberes: el de preservar el orden público y garantizar la seguridad interior del Estado, no el de interpretar las causas últimas del malestar. En octubre de 2019, el Estado de Chile no cumplió esa función esencial y dejó a la ciudadanía librada a su suerte.
Ha circulado también otra explicación, repetida con frecuencia en redes sociales y en la conversación pública: que la diferencia entre ambas crisis se debió, simplemente, a la cobardía del mandatario. Esa tesis tampoco me satisface. Quien conozca, aunque sea superficialmente, la biografía de Sebastián Piñera sabrá que el expresidente no era precisamente un hombre temeroso; por el contrario, su arrojo y atrevimiento solían rozar la imprudencia y, en no pocas ocasiones, la temeridad. Carlo Siri, dueño de la Antigua Fuente en Plaza Baquedano, una de las víctimas más emblemáticas del delirio octubrista y del abandono estatal, afirmó alguna vez que, si los miembros del Gobierno de Piñera hubieran estado en La Esmeralda, probablemente no habrían hecho el abordaje. Tiene un punto, pero conviene recordar que el abordaje de Prat y los suyos no fue solo un acto de heroísmo, sino también una técnica de combate, una estrategia concebida y estudiada por el propio Prat. Tal vez sea cierto que Piñera y sus grumetes no habrían abordado el Huáscar, pero no necesariamente por cobardía, sino por ignorancia ante las posibilidades. Con todo, la retórica con la que se ha pretendido justificar la pasividad del expresidente Piñera por parte de sus partidarios (i.e. «no tenía otra posibilidad») no hace más que reforzar la intuición de Carlo Siri y la incómoda idea del presidente que, más que impedido de actuar, se consideró exento del sacrificio que su cargo le imponía.
Considero que, para responder satisfactoriamente a por qué en tan poco tiempo y ante circunstancias igualmente apremiantes se reflejaron dos versiones antagónicas de Sebastián Piñera, es necesario preguntarse primero qué hizo el mandatario en cada escenario. La diferencia, a mi juicio, no radicó en las herramientas disponibles, sino en las lógicas aplicadas. Frente a la revolución de octubre, Piñera operó bajo una lógica de la culpa: buscó culpables, causas últimas, explicaciones morales o políticas que le permitieran comprender el desborde. Esa misma lógica explica tanto su parálisis inicial como su fascinación posterior con la idea —tan funcional como errada— de que la crisis se debía a «los treinta años». En cambio, ante la pandemia, el presidente actuó desde la lógica de la responsabilidad: sin importar quién hubiese originado el desastre biológico ni los intereses geopolíticos en juego, se asumió responsable de la salud de los chilenos, decidido a que a ninguno le faltara un ventilador mecánico y a que el país estuviera a la vanguardia en inmunización.
La razón última de por qué Sebastián Piñera operó con lógicas tan distintas en ambas crisis se encuentra, a mi juicio, en su mayor debilidad como político. No cabe duda de que fue un hombre de excepción, dotado de una capacidad de trabajo extraordinaria y de una notable libertad gracias a su gran patrimonio. Pero todos somos esclavos de algo, y Piñera lo fue del estado de opinión y de los consensos establecidos. Su fortuna le dio libertad económica, pero no autonomía política. Gracias al consenso progresista que se consolidó en los años noventa, Piñera logró dominar a la derecha y convertirse en su figura más competitiva; sin embargo, fue ese mismo consenso el que lo inmovilizó cuando la historia le exigió ejercer la autoridad. En la revolución octubrista no fracasó el gestor ni el administrador, sino el político incapaz de contradecir el clima de opinión que lo consolidó en el poder.
«La razón última de por qué Sebastián Piñera operó con lógicas tan distintas en ambas crisis se encuentra, a mi juicio, en su mayor debilidad como político. No cabe duda de que fue un hombre de excepción, dotado de una capacidad de trabajo extraordinaria y de una notable libertad gracias a su gran patrimonio. Pero todos somos esclavos de algo, y Piñera lo fue del estado de opinión y de los consensos establecidos».
Ese estado de opinión explica también por qué Piñera se permitió restringir libertades durante la pandemia y no durante la revuelta, aunque las medidas sanitarias fueran por lejos más draconianas. El cambiante clima político y cultural define buena parte de sus contradicciones: el mismo hombre que en 2019 pretendió erigirse como contracara internacional de Nicolás Maduro había sido, años antes, uno de los primeros mandatarios en rendir honores al féretro de Hugo Chávez, acompañado de Raúl Castro, Daniel Ortega, Evo Morales y Rafael Correa. Piñera comprendía como pocos que «los consensos crean poder», pero ignoraba —o se negaba a aceptar— que «el poder también crea consensos». En esa tensión residía su fragilidad política: la de un líder capaz de conquistar el poder, pero incapaz de ejercerlo más allá de la aprobación momentánea del ambiente que lo moldeó.
Volviendo al libro que nos convoca en esta reseña, existen dos silencios que las autoras harían bien en explorar en las más que seguras próximas ediciones. El primero se refiere al verdadero contenido de la conversación entre el entonces presidente Sebastián Piñera y el comandante en jefe del Ejército, Ricardo Martínez. Los testimonios disponibles —particularmente los consignados por Jorge Selume y Gonzalo Blumel— resultan incompatibles entre sí. Otras versiones permitirían arrojar luz sobre uno de los momentos más decisivos y enigmáticos de la crisis. El segundo silencio corresponde al período posterior al acuerdo de noviembre, como si el tema de la seguridad hubiese dejado de existir cuando, en realidad, siguió siendo central. Los últimos días de noviembre y las primeras semanas de diciembre fueron de gran tensión, al igual que los inicios de marzo, lo que prueba que el acuerdo no fue la solución a los problemas de orden público. El aparente apaciguamiento respondió, más bien, a un descanso estacional: los «jóvenes que no tenían nada que perder», como advirtió la diputada Ximena Ossandón, comenzaron sus vacaciones; y a comienzos de marzo apareció la pandemia, bautizada dentro del propio gobierno, con un cinismo tan humano como revelador, como «San Pandemia».
A lo largo del libro se hace evidente un sesgo de izquierda progresista que condiciona la mirada de las autoras e impide comprender en toda su complejidad la diversidad interna de la derecha chilena. En lugar de adentrarse en sus tensiones ideológicas reales, optan por una lectura simplificadora que la reduce a una dicotomía entre «liberales» y «conservadores», «modernos» y «cavernarios», «democráticos» y «autoritarios». Ello deja en evidencia un trato más favorable hacia ciertos personeros del segundo gobierno de Sebastián Piñera que comparten con las autoras un ideario afín al progresismo, mientras se caricaturiza o subestima a quienes representan otras corrientes dentro de la misma coalición. En algunos pasajes, el sesgo llega incluso al extremo de presentar como hito revelador el supuesto anuncio de Ricardo Lagos Escobar de que no votaría por el Apruebo —afirmación nunca realizada—, ignorando ejemplos de mayor claridad y honestidad cívica, como las declaraciones del expresidente Eduardo Frei Ruiz-Tagle. Con todo, esta parcialidad no desmerece el valor de la obra y, más bien, invita a que otros investigadores, desde distintas sensibilidades, se atrevan a examinar con igual rigor y profundidad lo sucedido en estos tiempos tan convulsos.