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César Aira: el acelerador

Actos de presencia

Felipe Joannon O.
9 de octubre, 2025

Título libro: Actos de presencia
Autor: César Aira
Año: 2025
Editorial: Penguin Random House
Nº páginas: 192

 

 

 

A propósito de la muerte de Beatriz Sarlo, a finales de 2024, Matías Rivas recordaba que la pensadora argentina había hecho alguna vez un elogio de la dificultad. Esa ambición de alcanzar un pensamiento de cierta complejidad creativa, aspirando al goce que proviene de ello, ha sido una característica de los grandes escritores trasandinos. Borges, Piglia, Saer, Pauls, Sarlo y, por supuesto, César Aira, han trazado una senda de casi un siglo de reflexiones literarias que hacen gala de una inteligencia que podríamos llamar «vertical», no meramente esquemática u organizativa. Eso explica la maestría que los argentinos exhiben en el texto breve, tanto teórico como de ficción. Exigen la máxima concentración del lector, que a menudo arriba a la última línea con una mezcla de placer acechado por la duda sobre la cabal comprensión de lo leído.

 

Esta sensación acompaña buena parte de la lectura de los once ensayos que han sido reunidos bajo el título de Actos de presencia. Transcritos a partir de conferencias en universidades o de discursos de agradecimiento, los textos exponen las principales ideas de Aira en torno a la literatura, el arte y su noción de realidad. Vuelven aquí argumentos que habíamos leído en otras obras suyas. Hay ecos, desde luego, de Sobre el arte contemporáneo (2016), una de las reflexiones más lúcidas de nuestro tiempo en torno a ese tema: el artista como un creador de valores nuevos más que como un artesano de objetos bellos; la reivindicación del sujeto por sobre la obra; el establecimiento de una fuga hacia delante, que pide al artista contemporáneo adentrarse en lo desconocido. Las reflexiones de Aira son expansivas, se ramifican, como él mismo ha explicado a propósito de la escritura de sus novelitas. De modo que, a pesar de existir una continuidad temática con sus obras anteriores, el resultado de una nueva exposición es casi siempre original. Es lo que ocurre con estos ensayos.

 

«El acierto de Aira tiene menos que ver con el tratamiento de ciertas temáticas que con la posición en la que se sitúa como escritor. Su literatura se niega a describir la parábola del derrumbe, y opta, en cambio, por ubicarse después de ella. Simula que la crisis ya ocurrió y que ha llegado el tiempo de una nueva sociedad, construida en base a valores nuevos. Juega a imaginar esos valores, aunque sabe que no le alcanzarán los años para ver el surgimiento de un nuevo orden social».

 

Por lo demás, el acierto de Aira, más allá del aporte de tres o cuatro nociones novedosas, tiene menos que ver con el tratamiento de ciertas temáticas que con la posición en la que se sitúa como artista-escritor. Filósofos, intelectuales y artistas llevan cerca de un siglo anunciando la crisis de la cultura occidental, la crisis que hemos llamado de la modernidad. Aira se niega a unirse a este coro trágico, a describir la parábola del derrumbe, y opta, en cambio, por ubicarse después de ella. Simula que la crisis ya ocurrió y que ha llegado el tiempo de una nueva sociedad, construida en base a valores nuevos. Juega a imaginar esos valores, aunque secretamente sabe que no le alcanzarán los años para ver el surgimiento de un nuevo orden social. No siempre es el caso, pero el efecto a menudo es el de una prosa de una alegre monstruosidad, como esa escena que da comienzo a «La escritura manuscrita», el sexto texto, en la que cuatro niñas risueñas hacen una ronda alrededor de un anciano desfigurado.

 

Si de lo que se trata es de imaginar un nuevo mundo, entonces no sorprende que una de las nociones más recurrentes en estos textos sea la de tiempo. ¿Cuál es ese tiempo que ya no funciona? ¿El tiempo que habría signado nuestra modernidad y que sabemos tiene fecha de vencimiento? Para Aira, ese tiempo muerto, que pervive apenas como un fantasma rezagado, es el tiempo como acumulación de sentido, como una concatenación de causas y efectos que nos permitían explicar nuestro mundo. Salir de ese esquema mental es fundamental para el autor, porque le permite leer el pasado y la tradición de una manera nueva. Es evidente la deuda con Borges a este respecto, como reconoce el propia Aira en el primero de los textos («Una educación defectuosa»). Basta recordar el brevísimo ensayo «Kafka y sus precursores», en el que Borges advierte el modo en que un escritor posterior puede teñir con su obra la percepción que tenemos de un autor anterior a aquel, invirtiendo el sentido en que el tiempo ejerce su influencia.

 

El cuestionamiento airiano de la noción de tiempo moderno invade otras dimensiones. Repárese, a modo de ejemplo, en esta reflexión sobre la literatura argentina: «Se considera natural que, en un país periférico, una excolonia que no termina de organizar su vida independiente, la literatura deba pasar por etapas formativas, hacer su aprendizaje, ir paso a paso de lo malo a lo bueno. Pero que a este proceso se lo considere natural no garantiza nada. Porque se trata de una metáfora, la metáfora biológica tan común y tan arraigada que nos hace ver todo o casi todo bajo la figura del desarrollo de un hombre o un animal, desde su nacimiento a su muerte. Una literatura nacional no tiene por qué “nacer”, como no tiene por qué “morir”, ni “crecer” ni “aprender” ni “dar sus primeros pasos”» («Amalia», 94). Aquí, como en otros ámbitos, la permanencia en el tiempo no asegura una acumulación de sentido que necesariamente nos lleve hacia la plenitud.

 

«Aira apuesta con su escritura por la aceleración. En reconocida deuda con las vanguardias, a las que reivindica con frecuencia, su literatura plantea una fórmula para salir del empantanamiento en que nos tiene la obsesiva visión de la catástrofe».

 

Si la noción de tiempo moderno se ha vuelto caduca según Aira, la de dinero, en cambio, sigue plenamente vigente. Un tema recurrente en estos ensayos es el de la convergencia entre lenguaje y dinero: ambos carecen de valor intrínseco, operan en base a un consenso general y ponen en una misma dimensión a objetos heterogéneos. Relacionan las cosas por contigüidad. «Dinero y lenguaje son instituciones gemelas, unidas por el método y el origen», afirmará el escritor en la única conferencia dictada en Chile («Sobre el realismo», 78). Se trata de una correspondencia bien estudiada, es cierto. Pero Aira la lleva tan lejos como le permite su imaginación, que ha demostrado ser impredecible. Así ocurre en el texto que le dedica a Rubén Darío, quien de algún modo habría intuido que, tal como el lenguaje, el «dinero puede ser el puente entre imaginación y realidad, entre forma y contenido» (127).

 

En tanto artista, en tanto autor, Aira apuesta con su escritura por la aceleración. En reconocida deuda con las vanguardias, a las que reivindica con frecuencia, su literatura plantea una fórmula para salir del empantanamiento en que nos tiene la obsesiva visión de la catástrofe. Los once escritos teóricos publicados ahora en Actos de presencia, prolongan una trayectoria que ya va acumulando décadas: son una buena sacudida para el lector ensimismado en la contemplación de una crisis que está durando demasiado.