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Nostalgia de la singularidad

A la sombra

Felipe Joannon O.
25 de septiembre, 2025

Título libro: A la sombra
Autor: Manuel Vicuña
Año: 2025
Editorial: Seix Barral
Nº páginas: 216

 

 

 

Habitan preferentemente el siglo XIX o los inicios del XX, los anima una brújula interna a prueba de las distracciones de su tiempo y apuestan por desviar el curso de la historia. En el ámbito literario, son el exacto opuesto de ese personaje paradójicamente entrañable que es el pusilánime burgués, el flemático de pipa en mano de las novelas inglesas; o acaso la antítesis —ya adentrándonos en el siglo XX— del hombre masa, el funcionario gris a lo Gregorio Samsa, cuyo terno raído halaga nuestra pasión por la derrota y el anonimato.

 

Las vidas mínimas, los hombres y mujeres sin atributos, que en ciertas épocas son el foco de una literatura que se pretende realista, están cediendo el lugar a protagonistas singulares, rabiosamente disconformes o tranquilamente encaminados a cambiarlo todo. Vicuña Mackenna, Darwin, Heisenberg, Robert FitzRoy, Rudolfo Philippi, Rosa Luxemburgo, Piotr Kropotkin o Carlos Droguett ya no son sujetos que despiertan únicamente la devoción del estudioso de sus respectivos ámbitos o del amateur dominical de biblioteca; han pasado a ocupar la primera línea en las vitrinas de nuestras librerías, alentados por una serie de escritores que han querido novelar sus biografías.

 

«Las vidas mínimas, que en ciertas épocas son el foco de una literatura que se pretende realista, están cediendo el lugar a protagonistas singulares, rabiosamente disconformes o tranquilamente encaminados a cambiarlo todo. El último libro del historiador Manuel Vicuña, compuesto por ocho ensayos sobre las experiencias carcelarias de autores singulares, se inscribe en este renovado interés por el genio».

 

El último libro del historiador Manuel Vicuña, compuesto por ocho ensayos sobre las experiencias carcelarias de autores singulares, se inscribe en este renovado interés por el genio, en una línea que podríamos emparentar con la explorada por Benjamín Labatut (Un verdor terrible [2020], Maniac [2024]) o Cristóbal Marín (Huesos sin descanso [2019] y Atacama fantasma [2023]), cuyos científicos cuánticos o naturalistas viajeros están poseídos por la misma llama interior que los escritores que recrea Vicuña. Escritores, en realidad, tan geniales como visionarios, románticos en su obsesión por dar salida a sus convicciones, en un movimiento que siempre va desde su propio centro hacia afuera, aunque previamente se hayan nutrido de la tradición o de la realidad exterior.

 

No deja de haber osadía en la elección de los personajes. Al contrario de Labatut o Marín, Vicuña ha escogido para sus primeros capítulos a figuras archiconocidas, mil veces mitologizadas, como lo son Dostoyevski, Oscar Wilde y Diego Portales. El autor no solo toma el riesgo de competir con la infinidad de juicios y retratos que se le ha dedicado a estas celebridades, sino que debe renunciar a la novedad como recurso para captar la atención del lector. El desafío es superado con creces. Valiéndose como punto de partida de las estadías en prisión, Vicuña restituye hombres y mujeres muy vivos, animados por una urgencia que el lector traduce en entusiasmo. La velocidad de los textos, el modo en que la escritura imita el ímpetu que arrastra estas vidas combativas, converge en una prosa que no titubea, de trazo firme, que deja constancia de las contradicciones exponiéndolas.

 

«Nostalgia de la singularidad, melancolía de una épica para períodos convulsos y desorientados, ahí reside el hechizo de los personajes aquí retratados. Siluetas barrocas que nos retraen a un tiempo en que todavía cundía el anhelo por descubrir algo, o de imaginar mundos nuevos, así fuere a la sombra de las cuatro paredes de una prisión».

 

La exploración de las derivas del pensamiento ante la situación límite del encierro es, por supuesto, uno de los objetivos declarados de este libro. Pero existen otras recurrencias a las que el autor vuelve con insistencia, y que permiten unir a personajes tan distintos como Portales y Rosa Luxemburgo, a Gramsci con Óscar Wilde. Una de ellas es la ponderación del pensamiento que deviene en acto, que Vicuña eleva frente a la metafísica de papel: «Sensible al detalle y, aún más, a la minucia, [Gramsci] evitó levantar arquitecturas conceptuales» (p. 114); «[Kropotkin] repudia los discursos intercalados con palabras extranjeras y el cúmulo de abstracciones sin el aterrizaje de los ejemplos concretos» (p. 141); «los escritos de Luxemburgo no incurren en esas abstracciones que nublan la vista, ni en el embrujo de la teoría». Inteligencia inmediata y acción resolutiva: he aquí una convergencia que le interesa destacar al autor mediante la vida de estos personajes.

 

Los breves ensayos consiguen, además, inducir algunas reflexiones (potenciadas, a su vez, por las dinámicas contemporáneas). Uno se pregunta, por ejemplo, cómo es posible equilibrar la férrea fidelidad a una conciencia íntima —virtud que acomuna a estos personajes— con el escepticismo que evita caer en fanatismos, esos que nacen, precisamente, de un convencimiento obsesivo interior. ¿Cuánto abrirse y absorber del entorno para configurar la propia personalidad y cuánto resguardar una ética que surge desde dentro? ¿A qué habría que temerle más? ¿Al aburguesamiento de la élite intelectual con la consecuente caída en la irrelevancia, como alguna vez anunció Nietzsche en sus Consideraciones intempestivas? ¿O a la persecución activa de mundos ideales que arriesgan imponer modelos exclusivos que pueden volverse totalitarios? Esbozo algunas preguntas que plantean tangencialmente estos estos ensayos, entre muchas otras que sugieren estas biografías en miniatura.

 

Nostalgia de la singularidad, melancolía de una épica para períodos convulsos y desorientados, ahí reside el hechizo de los personajes aquí retratados. Figuras apostadas a la distancia justa de nuestra contemporaneidad: ni tan lejos que fueran ajenos a los problemas de la sociedad moderna, ni tan cerca como para haber sido ganados por la certeza del derrumbe de la cultura occidental. Siluetas barrocas, en fin, que nos retraen a un tiempo en que todavía cundía el anhelo por descubrir algo, o de imaginar mundos nuevos, así fuere a la sombra de las cuatro paredes de una prisión.