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Una historia del paisaje santiaguino

El alma del verdor de Santiago

Felipe Joannon O.
11 de septiembre, 2025

Título libro: El alma del verdor de Santiago
Autor: Romy Hecht Marchant
Año: 2025
Editorial: Orjikh
Nº páginas: 480

 

 

 

Acostumbrados a vivir en una metrópolis extensa y segregada, habituados al desinterés y la ignorancia de sus autoridades por las formas de vida pasadas, olvidamos que, en lo medular, Santiago sostiene su esquiva identidad en un puñado de elementos que se mantienen inalterados: una cordillera monumental, la amplia cuenca del Mapocho, algunos cerros isla como el Santa Lucía y el trazado colonial que le impuso Valdivia en el momento de su fundación. Los cimientos están dados para corregir la improvisación y la falta de visión común que nos ha caracterizado. Ahí están para recordárnoslo algunos ciudadanos históricos sobresalientes, como Vicuña Mackenna o el mismo Bernardo O’Higgins (impulsor de la Alameda), pero también otra docena de nombres olvidados, que sin embargo contribuyeron a dejar una huella perdurable en este espacio en que vivimos.

 

Es la lección optimista que puede extraerse del interesante libro de la arquitecta Romy Hecht Marchant, que narra la historia del paisaje santiaguino a partir de cuatro proyectos emblemáticos de la ciudad: la Alameda de las Delicias, la Quinta Normal, el Parque Forestal y el Parque Metropolitano. Apoyada en un riguroso trabajo de archivo, la autora ofrece un recorrido pormenorizado de estos paisajes procurando sacar a la luz a sus protagonistas, en su mayoría poco conocidos para nosotros, como el milanés Luigi Sada di Carlo, de formación incierta, pero de firme vocación hortícola, quien fuera el primer director en ejercicio de la Quinta Normal, cuyos planos había bosquejado en sus inicios el mucho más célebre Claude Gay. O el francés Édouard dé Beaumont, el primer Jardinero Municipal de Santiago, quien se desempeñaría como tal durante la prolífica intendencia de Vicuña Mackenna (1872-1875), al alero financiero de la familia Cousiño.

 

«¿En qué momento la Alameda contó realmente con álamos? ¿Qué valor cultural tuvo para nuestros antepasados la distinción entre la flora endémica y la foránea? ¿Qué papel jugó la difícil domesticación del Mapocho en la construcción de nuestro paisaje? La selección y el rescate de ciertos testimonios por parte de la autora va anudando un relato que aborda preguntas de este tipo y que en su conjunto resulta informativo y apasionante».

 

La historia de la Alameda, a la que se dedica el primero de los cuatro capítulos, es quizá la más conocida. Pero es también la más fascinante, acaso porque sus raíces —valga la metáfora arbórea— remontan al Santiago primitivo. Por lo demás, la aproximación de la investigadora proporciona una perspectiva novedosa, que conlleva una relectura de las principales fuentes desde la óptica de la arquitectura del paisaje, esto es, prestando especial atención al modo en que se interviene el espacio natural con objetivos sociales. ¿En qué momento la Alameda contó realmente con álamos? ¿Qué valor cultural tuvo para nuestros antepasados la distinción entre la flora endémica y la foránea? ¿Qué papel jugó la difícil domesticación del Mapocho en la construcción de nuestro paisaje? La selección y el rescate de ciertos testimonios —tanto de textos escritos como de imágenes, dibujos y mapas— va anudando un relato que aborda preguntas de este tipo y que en su conjunto resulta informativo y apasionante. Así, nos enteramos, por ejemplo, que ya en 1606 el Cabildo de Santiago prescribía la plantación de una alameda para el «ornato» de la principal vía de la ciudad, La Cañada, que inicialmente estaría compuesta de sauces chilenos. La lectura de las diversas descripciones que se nos ofrecen de la Alameda, desde la de Alonso de Ovalle hasta la de Thomas Sutcliffe, terminan de convencernos de que el peor momento de la calle más importante de Santiago —descontados los trágicos períodos en que se desbordaba el Mapocho y se anegaba La Cañada— lo estamos viviendo los actuales ciudadanos.

 

La mutación vertiginosa de Santiago y la consiguiente aceleración de sus dinámicas sociales ocultan hoy su origen campesino. En una de sus frecuentes rabietas contra su amada capital, Joaquín Edwards Bello la calificó alguna vez de «agrícola y conventual», para diferenciarla de la banquera y cosmopolita Valparaíso. El capítulo dedicado a la Quinta Normal viene a recordarnos este pasado y da pistas para reconocer en la actual urbe sus inicios rurales. Y la autora lo hace ya desde la etimología de su nombre: «quinta», nos explica, pues la renta agrícola de la chacra equivalía a un quinto de su rendimiento; «normal», porque entre los diversos objetivos que le fueron asignando al actual parque se contaba la formación, ahí mismo, de jóvenes agricultores (una suerte de École Normale para agrónomos). Impresiona, en este sentido, el poder que concentraba la Sociedad Nacional de Agricultura, y su antecesora, la SNAB, propulsora esta última de la creación de la Quinta (inaugurada en 1841), y de no pocos proyectos urbanísticos que sellaron la actual fisonomía de Santiago.

 

«Luego de leer las propuestas de Vicuña Mackenna que la autora comenta, puede concluirse con toda tranquilidad que nadie ha tenido una visión global de Santiago más clara que la del Intendente. Solo dos veces en cinco siglos se ha pensado realmente la ciudad como un todo: cuando en 1542 el alarife Gamboa trazó el actual casco histórico y cuando Vicuña Mackenna asumió la intendencia en 1872. La maldición de Santiago ha sido carecer de una visión de conjunto. Uno se pregunta por qué no contamos con un alcalde mayor, como Roma, París, Madrid o Buenos Aires».

 

Luego de leer las propuestas y las ideas de Vicuña Mackenna que la autora comenta en el capítulo siguiente, puede concluirse con toda tranquilidad que nadie ha tenido una visión global de Santiago más acertada y clara que la del Intendente. A riesgo de exagerar, es posible afirmar que solo dos veces en cinco siglos se ha pensado realmente la ciudad como un todo: cuando en 1542 el alarife Gamboa trazó a cordel el actual casco histórico y en el momento en que Vicuña Mackenna asumió la intendencia en 1872. La maldición de Santiago ha sido carecer de una visión de conjunto, y este es uno de los importantes corolarios que se desprenden de este libro. Uno se pregunta por qué no contamos con un alcalde mayor, como Roma, París, Madrid o Buenos Aires. Mientras tengamos más de treinta ediles preocupados de sus propios lindes nunca avanzaremos en proyectos fundamentales. Son ilustrativas, al respecto, las palabras conclusivas de esta investigación («Al cierre»), en las que se aborda, entre otros problemas, la eterna postergación de la transformación del eje intercomunal de la Alameda.

 

Por reminiscencias de la infancia escolar, por mera reproducción de los modos de concebir la historia, a menudo imaginamos nuestro pasado nacional o citadino como una sucesión de fechas escurridizas y nombres propios esquivos a la memoria. Una de las lecciones de este libro —acaso involuntaria— es que resulta más fácil conectar con los modos de vida anteriores a partir de lo palpable: la actual silueta del falso pimiento al borde de algún paradero de micro fue una imagen familiar también para un ciudadano del siglo XVIII, la nevazón de hace algunas semanas debió causar una impresión análoga en nuestros antepasados. Paisajes como el del Parque Forestal o la Quinta Normal van atravesando generaciones, y el observador curioso hallará en sus versiones modernas cierto espíritu que lo conecta con una ciudad anterior. Bien mirado, hay motivos para temperar el desaliento que cualquier santiaguino razonable puede experimentar a la hora de pensar el futuro de su comunidad.