
Tal vez no haya lectura más dramática que la que se puede hacer de un diario de alguien que se ha propuesto registrar hasta el último día de su vida. Ni las anotaciones más abstractas ni las indagaciones más erráticas del autor logran distraernos perdurablemente de lo que sabemos ocurrirá al final: con cada página que volteamos le quitamos un poco de aliento al escritor, hasta dejarlo completamente en silencio. Enrique Lihn tuvo el coraje de mantener la tensión burlona en pleno trance terminal, titulando su última obra poética Diario de muerte, con versos que sin embargo dan cuenta de su forma de vivir («Serás el buen despilfarrador con tus horas contadas»). Raúl Ruiz por su parte, tan lúcido como aquel, no abandonó ni su estilo ni su infinita cantera fabuladora en esta «bitácora», aun cuando el diagnóstico de cáncer hepático —en medio del rodaje de Misterios de Lisboa (2010)— le acercaba una muerte que no tardaría en llegar.
No es fácil aproximarse a un director que usó el cine como herramienta especulativa y que legó películas tan distintas como Tres tristes tigres (1968), La hipótesis del cuadro robado (1978) y Días de campo (2004), por nombrar tres obras entre cientos, y que no pensaríamos dirigidas por una sola mano. Pero a punta de leer sus «Notas, recuerdos y secuencias de cosas vistas» —una selección de textos de su vasto Diario, publicado íntegramente en 2017— poco a poco vamos afinando el ojo hasta ir percibiendo los rasgos que dibujan a un artista que se propuso, ante todo, huir del lugar común. Su obra se diría una constante «fuga hacia adelante», para tomar prestada la noción (y el método) de César Aira, quien no por casualidad es citado en la contratapa de este libro. La atención está siempre fija en un proyecto por venir, que debería tener la misión de develarnos cuáles serán los próximos principios que regirán el arte.
«No es fácil aproximarse a un director que usó el cine como herramienta especulativa y que legó películas tan distintas y que no pensaríamos dirigidas por una sola mano. Pero a punta de leer sus «Notas, recuerdos y secuencias de cosas vistas» poco a poco vamos afinando el ojo hasta ir percibiendo los rasgos que dibujan a un artista que se propuso, ante todo, huir del lugar común».
Como el narrador trasandino, Ruiz es de esos artistas que crean basándose en una convicción radical en la caducidad de las convenciones que, hasta el momento en que ellos aparecen, ha regido los modos de entender la realidad. Han aceptado la muerte del mito y con esa certeza se lanzan a la carrera por crear el mundo que vendrá, a menudo inspirándose en combinaciones de autores o tradiciones distantes y disímiles. Si tuviéramos que buscarle un precursor a Raúl Ruiz en Chile deberíamos retroceder a Juan Emar. Y, en efecto, avanzando en la lectura de este diario nos topamos con su lectura de Umbral, que lo «regocija» y le da la «impresión de estar siguiendo la escritura en directo, haciéndose» (37), como sus películas, cuyos finales confiesa no conocer hasta que aparece la palabra «Fin». Su linaje parece ser el de esos artistas que, por tanto tiempo, han sido considerados genios singulares (como el propio Emar, y si seguimos en la literatura, también Macedonio Fernández o Felisberto Hernández), y que en esta última década vienen captando cada vez más la atención de los lectores.
En el prólogo, los editores nos advierten que esta selección del Diario «privilegia las ideas, recuerdos e impresiones de Ruiz que conciernen principalmente al cine y a su poética cinematográfica» (Bruno Cuneo y Érik Bullot). Efectivamente, una buena parte del texto está constituido por apuntes de proyectos de películas que se le iban ocurriendo a Ruiz en medio de situaciones cotidianas, así como de conjeturas conceptuales sobre las particularidades del cine respecto al resto de las artes. Surge así un teórico de chispazos, muchas veces genial, casi siempre críptico, nunca banal, a menudo ininteligible. No se trata, en el caso de Ruiz, de una dificultad gratuita, sino del resultado natural de un artista conceptual que piensa que el cine vino a revolucionar el modo tradicional de entender las artes, lo que inevitablemente nos lleva a un terreno de coordenadas desconocidas. Es coherente, en este sentido, y por la analogía que se puede entablar con las artes contemporáneas, el interés que manifiesta por la mecánica cuántica (p. 156), tan certera en señalar la caída en desuso de la física newtoniana como incapaz de proponer un relato global que le haga sentido a un público no especializado.
«Surge así un teórico de chispazos, muchas veces genial, casi siempre críptico, nunca banal, a menudo ininteligible. No se trata, en el caso de Ruiz, de una dificultad gratuita, sino del resultado natural de un artista conceptual que piensa que el cine vino a revolucionar el modo tradicional de entender las artes, lo que inevitablemente nos lleva a un terreno de coordenadas desconocidas».
Afortunadamente, los curadores de la selección tuvieron el buen juicio de intercalar las conjeturas con observaciones de su vida diaria —sobre la cocina, por ejemplo, que Ruiz practicaba con imaginación y goce— y, más significativamente, con dos hitos fundamentales de su biografía: la muerte de su padre y luego la de su madre, que obligan al director a volver a Chile y enfrentar los fantasmas que ha ido acumulando en sus años de exilio en Francia. Ruiz rara vez le quita el freno a sus propias emociones, por lo que la descripción de estos duelos personales se vuelve especialmente conmovedora para el lector. Tampoco faltan en este diario alusiones que dan cuenta del éxito y la relevancia que llegó a tener Raúl Ruiz en Europa, como las fragmentos (y las fotos) en que se lo ve tratar con actores como Mastroianni, Catherine Deneuve o John Malkovich, a quienes dirigió en algunas de sus películas más conocidas (al primero en Tres vidas y una sola muerte, a los últimos en Le temps retrové). A ellos se suman teóricos y escritores como Giorgio Agamben, Alain Robe-Grillet o Juan José Saer, cuyas menciones nos van devolviendo una imagen del París intelectual de finales del siglo XX y principios del XXI.
El eclecticismo de Raúl Ruiz vuelve inagotables las perspectivas que podríamos adoptar para leer su diario. Y no es la menos interesante aquella que se detiene en las reflexiones del autor sobre la propia escritura de un texto de este tipo. En su afán lúdico especulativo, Ruiz llega incluso a escribir dos diarios paralelos, acaso para reivindicar, con este enésimo gesto, que, si el arte y la escritura parten de experiencias reales, sus posibilidades creadoras en base a estas son infinitas y sus concreciones azarosas —como lo prueba también ese «diario» por excelencia del siglo XX que es En busca del tiempo perdido—. La atracción, el enamoramiento casi, que ejerce Proust en Ruiz radica en la capacidad del francés por imbricar diversas temporalidades en una sola frase, sin que se advierta solución de continuidad. Un método que, como sabemos, el director chileno intentó adaptar al cine, en el rodaje del último de los tomos de la novela de Proust (Le temps retrové). Frente a ello, este diario de Ruiz se alza como una peculiaridad más dentro de su repertorio de paradojas: convencido de la necesidad de replantear el modo en que representamos el tiempo, en estas páginas, sin embargo, el director y crítico chileno aceptó someterse a la lógica lineal de la cronología de sus días.