
Es curioso, para el lector de hoy, advertir el encono con que Joaquín Edwards Bello arremetía a principios del siglo XX contra una serie de mitos nacionales. En el prólogo de Mitópolis (1973), libro póstumo que reúne las crónicas en que abordaba ciertas supersticiones locales (la belleza de la Quintrala, el mítico roedor Colo Colo, hechos dudosos de la Guerra del Pacífico, etc.), el escritor afirma sin matices: «Poseemos una enorme capacidad para demoler los hechos verídicos y cubrir el lugar con una pátina de leyenda, de magia, de ultratumba. […] Yo quiero ser recordado como un destructor de mitos, como una persona que se pasó la vida bombardeando con muchos megatones la mediocridad, la chatura, la esterilidad de sus compatriotas» (15).
Sorprende, en efecto, que nuestro cronista más avezado del siglo pasado haya considerado como rasgo identitario del chileno su habilidad fabuladora, y que se haya dado tanta maña por combatirla. A cien años de distancia de muchas de sus publicaciones, el problema de cohesión comunitaria parece ser justamente el contrario: existe una indiferencia aguda por enlazar nuestro presente con relatos que nos conecten con el pasado, como los mitos o las leyendas. Que estos sean verídicos o no, como le importaba tanto a Edwards Bello descifrar, resulta hoy casi un asunto secundario a la luz de la desidia histórica que nos aqueja.
Esta sensación actual de orfandad nacional, junto a una suerte de culpa y melancolía que ella provoca, es el punto de arranque de Taguada, la novela de Andrés Montero, ya publicada en 2019 y que vuelve a las librerías con una segunda edición a cargo de La Pollera. Como se intuye desde el título, la historia busca reconstruir el mítico encuentro entre dos payadores en 1830: el hacendado Javier de la Rosa y el peón apodado Mulato Taguada, quienes se habrían enfrentado en San Vicente, a orillas de la desaparecida laguna de Tagua Tagua.
«Montero encadena bien las entrevistas y hace revivir —ignoro con cuánta fidelidad fáctica— el habla campesina y el de la aristocracia terrateniente en un amplio arco histórico (de 1830 a 2018). Cada una de las cinco partes, además, viene precedida por las cuartetas más famosas que animaron el duelo legendario»
El mecanismo de aproximación a la leyenda es ingenioso. Tras una primera parte en que un narrador contemporáneo da cuenta de las razones personales que lo impulsan a lanzarse a esta búsqueda, el relato luego se trama en base a una serie de entrevistas de personajes históricos y ficticios, que habrían estado relacionados, de un modo u otro, con el duelo poético. En lo formal, la estructura narrativa recuerda Los detectivas salvajes de Bolaño, pues cada entrevista (en las que solo oímos la voz del entrevistado), está encabezada por la consignación del lugar y del año en que fue realizada. La diferencia es que, partiendo desde el presente más inmediato, cada nueva conversación va acercando al lector a la fecha en que se supone se enfrentaron los payadores, la noche de san Juan de 1830, lo que dota a la novela de un suspenso que logra extenderse hasta la última página.
Montero encadena bien las entrevistas y hace revivir —ignoro con cuánta fidelidad fáctica— el habla campesina y el de la aristocracia terrateniente en un amplio arco histórico (de 1830 a 2018). Cada una de las cinco partes, además, viene precedida por las cuartetas más famosas que animaron el duelo legendario. Algunas de ellas son breves obras maestras del ingenio popular, y el muestrario que se nos ofrece permite hacernos una idea bastante cabal de los códigos estéticos que guiaban estas disputas. Otras alcanzan con desenfado la emoción poética, como el final de estas dos cuartetas: «[Taguada]: Mi don Javier de la Rosa/ aquí yo lo quiero ver./ Una vara estando seca,/ ¿cómo podrá florecer?; [Javier de la Rosa]: Las preguntas de Taguada/ me dan tentación de risa./ Echando la vara al fuego/ florecerá la ceniza» (p. 49). Los méritos de Taguada, en suma, son muchos, y tienen su origen en la habilidad de Montero para dotar de nueva vida una historia que bien podría haber terminado arrinconada en los cada vez más reducidos espacios del folclor o en el goce solitario de unos pocos investigadores académicos.
«Guiada por buenas intenciones, la obra de Montero revive, por momentos, un criollismo algo ingenuo, que no es sino el fruto de intentar compensar lo que se percibe como una pérdida: en este caso, la posible desaparición de la tradición oral campesina, o más en general, el arte cotidiano de contar historias»
Ficcionalizar una historia arraigada en el imaginario colectivo tiene, sin embargo, sus riesgos. Y estos generalmente son menores cuando se adopta una actitud clásica, basada en una toma de distancia por parte del narrador, porque el objeto narrado tiene suficiente gracia como para emerger solo. No es la actitud del narrador de Montero, de reminiscencias romántico-criollistas, íntimamente ligado a lo que quiere contar. En menor grado, con Taguada ocurre algo similar a lo que sucede con Tierra de campeones (Random House, 2023), la historia sobre el mundial de caza submarina que tuvo lugar en Iquique en 1971: la hazaña que Diego Zúñiga elige novelar es más grande que su novela. El punto de partida de ambos escritores es el de una incontenida admiración por el objeto narrado, lo que deriva, a ratos, en cierto sentimentalismo. Guiada por buenas intenciones, la obra de Montero revive, por momentos, un criollismo algo ingenuo, que no es sino el fruto de intentar compensar lo que se percibe como una pérdida: en este caso, la posible desaparición de la tradición oral campesina, o más en general, el arte cotidiano de contar historias. No ayudan tampoco las ya tópicas peregrinaciones a la casa de Parra en Las Cruces, como la descrita en la primera parte de esta novela. La entrevista con el poeta centenario se ha convertido en un lugar común de la literatura chilena.
Con todo, puestos en la balanza méritos y defectos, Taguada logra sortear su cometido con soltura. La curiosidad que logra despertar en el lector, el entusiasmo que se desprende de sus páginas, prevalece sobre los momentos de candidez criollista. El autor consigue entregarnos, además, un puñado de imágenes inolvidables, como aquella del guitarrón chileno sin cuerdas, abandonado en el desierto como un cuerpo a la deriva, lo que demuestra su talento poético. Talento que el escritor de Taguada podría potenciar, si practicara con mayor ahínco eso que Adolfo Couve llamaba «castigar el tema y el lenguaje», y que no es otra cosa que volver una y otra vez sobre la escritura, para establecer una mayor distancia entre objeto narrado y sujeto escritor, origen y cifra de buena parte de la mejor literatura.