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Ética del miedo

El buen mal

Felipe Joannon O.
05 de junio, 2025

Título libro: El buen mal
Autor: Samanta Schweblin
Año: 2025
Editorial: Seix Barral
Nº páginas: 208

 
Hace algunas semanas, le pedí a mis alumnos que interpretaran la siguiente cita: «Por primera vez en mucho tiempo, bajó la vista y se miró las manos. Si han tenido esta experiencia, sabrán a qué me refiero» (Jesse Ball, Toque de queda). La frase del autor estadounidense es el epígrafe escogido por Samanta Schweblin para su novela más conocida, Distancia de rescate (2014), una brevísima y angustiante obra maestra del género fantástico. Los estudiantes no conocían a la escritora argentina, ni podían intuir el tipo de literatura que practicaba. Para mi sorpresa, al leer la cita, asociaron inmediatamente la imagen con las manos ensangrentadas de un asesino, o más precisamente, vincularon el movimiento gestual con la culpa de quien ha cometido un crimen que no lo deja tranquilo.

 

«Asombra la capacidad de Schweblin por describir con precisión sensaciones aún no procesadas por la razón, incluso a partir de circunstancias que el lector probablemente nunca ha experimentado»

 

No faltarían argumentos socioculturales para explicar la unánime reacción del grupo, desde la omnipresencia de la crónica negra en los periódicos, hasta la invasión de las series policiales en todas las plataformas, sin olvidar la permanencia de los mitos arquetípicos fundamentales sobre homicidios
—Edipo asesinando a su padre, Caín a su hermano y Medea a sus hijos— que cada época revive de alguna manera para no perder su eficacia. Alguno, acaso, habrá recordado el infructuoso lavado de manos de Lady Macbeth («Out, damned spot! Out, I say!»). Ninguno de estos factores, sin embargo —y de eso se trata la literatura de Schweblin— nos debiera distraer del papel primordial que juegan en este caso las sensaciones originales de cada uno de ellos: el miedo, la culpa, el remordimiento, el terror. No como meras representaciones domesticadas por la razón o el arte, sino en su estado original de latencia informe.

Como sus relatos previos (El núcleo del disturbio [2002], Pájaros en la boca [2009], Siete casas vacías [2015]), el reciente conjunto de cuentos de Samanta Schweblin se nutre de la amplia tradición fantástica de escritores rioplatenses (Lugones, Bioy Casares, Borges, Ocampo, Filisberto, etc.), al punto que podríamos insertar entre los cuentos que componen El buen mal relatos como «Casa tomada», de Cortázar, sin que el lector advierta ninguna solución de continuidad. La maestría que alcanza con frecuencia la escritora trasandina es tal que su literatura casi no tiene rasgos propios: podríamos confundirla con los mejores autores del género fantástico.

 

«Schweblin es consciente de la importancia que adquieren los detalles sorprendidos en la vida cotidiana, porque ellos marcan la distancia que necesita para explorar las fisuras de lo real»

 

Es lo que puede decirse de la mayoría de los seis cuentos que componen este libro, y con seguridad de los dos primeros, «Bienvenida a la comunidad» y «Un animal fabuloso». Asombra la capacidad de Schweblin por describir con precisión sensaciones aún no procesadas por la razón, incluso a partir de circunstancias que el lector probablemente nunca ha experimentado. El primer relato, por ejemplo, describe en detalle un intento de suicidio por inmersión: no sabemos cómo se siente, pero estamos convencidos, mientras leemos, que si un día lo experimentáramos, aquello sería tal como lo describe la escritora argentina. Lo mismo ocurre con pasajes del relato «El ojo en la garganta», su cuento más extenso, casi una novela en miniatura, en el que se narra la angustia de los niños en el proceso de aprendizaje de una lengua.

No es un misterio que la eficacia de cierta literatura fantástica (o la de un realismo psicológico que coquetea con esta, como la de un Cortázar o un Raymond Carver) reside en su capacidad por representar adecuadamente la normalidad, pues de lo que se trata es de impugnarla. Schweblin es consciente de la importancia que adquieren los detalles sorprendidos en la vida cotidiana, porque ellos marcan la distancia que necesita para explorar las fisuras de lo real. El gesto mecánico y sensorial precede al vértigo: «Me siento en una de las sillas y me quito las sandalias, empujándolas con uno de los pies. Quiere hablar de Peta, su hijo. Quiere saber qué es lo que recuerdo de la noche del accidente» (31).

 

«Una sensación análoga nos deja la lectura de El buen mal. La autora está tan concentrada en indagar en el miedo y la culpa —los dos sentimientos que predominan en esta obra— que pareciera tenerla sin cuidado la organización de la frase»

 

Borges, en uno de sus ensayos más conocidos, acomete contra los defensores de una cierta noción de estilo de escritura, preocupados a tal punto de seguir una serie de reglas sintácticas, fonéticas y de puntuación que terminan por ahogar la emoción. Según el argentino, a Cervantes «le interesaban demasiado los destinos de Quijote y de Sancho para dejarse distraer por su propia voz» («La supersticiosa ética del lector», Discusión, 1932). Una sensación análoga nos deja la lectura de El buen mal. La autora está tan concentrada en indagar en el miedo y la culpa —los dos sentimientos que predominan en esta obra— que pareciera tenerla sin cuidado la organización de la frase. Es una ilusión, por supuesto. Porque es precisamente la urgencia que palpita en sus relatos lo que le permite alcanzar, por momentos, una prosa casi perfecta.

En una entrevista de hace algunos años, Schweblin se detiene a reflexionar sobre la causa de su interés por la literatura que suscita el horror. Cuando un libro paraliza, llevando a un nivel de máxima tensión, el lector abandona sus prejuicios; reemplaza el acto de juzgar por uno netamente cognitivo. «Solo quiero saber qué ocurre, ¡necesito más información!», explica la autora. El miedo, y otras pocas sensaciones primordiales, cuando se lo examina o se lo revive de manera virtual, tiene la ventaja de hacer emerger la arbitrariedad de nuestros códigos culturales de conducta. Ritos ancestrales, leyes longevas, costumbres de clase o sesudos tratados de lógica; el hombre ha intentado de todo para conjurar el terror permanente que lo acompaña, obteniendo solo victorias parciales. A recordarnos esta primera premisa están orientados estos fantásticos relatos de Samanta Schweblin.