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90 años de La chica del Crillón

La chica del Crillón

Felipe Joannon O.
22 de mayo, 2025

Título libro: La chica del Crillón
Autor: Joaquín Edwards Bello
Año: 2023 [1935]
Editorial: Universidad Diego Portales
Nº páginas: 232

 
No deja de ser revelador que uno de nuestros escritores con mayor sentido histórico haya sido un cronista semanal. Uno, por lo demás, con total consciencia del carácter efímero de lo que escribía. Es conocida
—es memorable— la anécdota que el propio Edwards Bello evocaba para definir el alcance temporal de su oficio periodístico: «una vez un pedido de la carnicería llegó envuelto en una de mis crónicas». En otra ocasión afirmó que escribía estos textos «en papel de fumar».

Nada de eso impidió que el pulso cotidiano que le tomaba a la ciudad fuera acompañado con observaciones que conectaban costumbres contemporáneas con hábitos de generaciones anteriores. Uno de sus mejores libros —dueño de ese título genial que es Mitópolis (1966)— lo demuestra con creces, al ofrecer un rico entramado de relaciones entre hitos de la ciudad de Santiago (monumentos, estatuas, barrios), anécdotas de figuras mitificadas (la Quintrala, Caupolicán, Manuel Rodríguez), acontecimientos centrales de nuestra historia política (la Conquista, la Independencia, la Guerra del Pacífico) y añejos vicios que persisten en nosotros todavía (el resentimiento, la mitomanía). Asistía a Edwards Bello la obsesión por captar las cualidades que definían al chileno, y a punta de meditar y escribir miles de crónicas (Héctor Soto le calcula más de 12.000), el autor logró dibujar ciertos rasgos que aún hoy surcan nuestra identidad colectiva.

Ya se ha dicho otras veces: el Edwards Bello cronista supera al mismo autor de las novelas. Habría que decir, antes bien, que estas parecen largas crónicas sobre la ciudad, y carecen, por esa deuda que pagan al contexto, de esa suerte de ensimismamiento que caracteriza a las buenas novelas. Pero si La chica del Crillón es una crónica extendida, entonces es una de las mejores de Edwards Bello. A noventa años de su publicación, se agradece contar con una edición estéticamente agradable y cómoda como la que acaba de realizarse, de fácil acceso, con un buen prólogo de Andrea Kottow y esa divertida entrevista ficticia entre Edwards Bello y la protagonista a modo de colofón.

 

«Ya se ha dicho otras veces: el Edwards Bello cronista supera al mismo autor de las novelas. Habría que decir, antes bien, que estas parecen largas crónicas sobre la ciudad, y carecen, por esa deuda que pagan al contexto, de esa suerte de ensimismamiento que caracteriza a las buenas novelas».

 

La restitución de la realidad capitalina de los años treinta es, evidentemente, uno de los puntos más atractivos de la novela. No se ha insistido suficientemente en la importancia del período bisagra que aquí se retrata. Son los años inmediatamente posteriores a la Gran Depresión, acontecimiento que golpeó con violencia a Chile (entre 1929 y 1932, el PIB se contrajo un 44%), lo que conllevó un giro hacia la fabricación interna de productos (entrando al período llamado de «Sustitución de importaciones»). Las cifras económicas y el cambio de políticas en ese ámbito tienen un correlato nítido —y cómico— en la vida cotidiana de los personajes: Teresa, la protagonista, se queja continuamente del dolor de cabeza que produce el gin chileno, que equipara al veneno, y de cómo el rimmel nacional le quema las pestañas. En cuanto a la movilidad social, el caos financiero genera un rebaraje de una parte de la élite, que ve el ascenso de nuevos grupos enriquecidos mediante la especulación (la familia Cepeda, en este caso) y el empobrecimiento de familias como la de Teresa, de «apellidos vinosos». Súmese a esto la inestabilidad política, con repúblicas que duran doce días, y las continuas pestes que engrosan las filas del Cementerio General (lugar importante dentro de la novela).

Desde luego, hay frases de Teresa que recuerdan las típicas observaciones sociológicas del cronista («esta larga y angosta faja de envidia que se llama Chile»; «Ningún santiaguino dejará de injuriar al centro, ni de ir dos veces al día»; «Detrás del ataúd iban esos viejos ceremoniosos que son los pilares del edificio social […] No sé qué tendencia hay para admirar lo feo y lo viejo»), pero, de alguna manera, también cuadran al carácter ingenuo y travieso de la protagonista. Hay buenos ecos de la tradición picaresca, y ciertas frases bien podrían estar en boca del Lazarillo de Tormes, como el pasaje que sigue: «Mi camita virginal, laboreada, se fue una mañana con mis sueños de rica. La reemplazó un filosófico catre de fierro» (33). Existe una vena española que recorre toda la prosa de Edwards Bello, hecha de una franqueza que a los chilenos nos seduce, y que por supuesto también odiamos.

Hay solo un episodio realmente novelístico en esta obra: aquel que tiene lugar en el baile de las Cepeda y que termina por sellar el repudio social de Teresa. El pasaje marca un antes y un después en la evolución del personaje principal, y tiene el mérito de abrir regiones de ambigüedad a una prosa hasta entonces escrita con llaneza. En efecto, el arco que se abre con la asistencia al baile en el nuevo chalet de Providencia, se cierra en la casa de la Señora Rubilar, el mejor personaje del libro, quien seduce a Teresa, le ofrece de beber en su casa y espera a que se duerma desnuda. Le sigue a esto una escena onírica en la que se sugiere que la Señora Rubilar tiene relaciones sexuales con Teresa, mientras esta yace inconsciente. Edwards Bello da muestras, en este episodio, de un notable manejo de la elipsis, que no le conocíamos quienes frecuentamos sus crónicas.

 

«Hay solo un episodio realmente novelístico en esta obra: aquel que tiene lugar en el baile de las Cepeda y que termina por sellar el repudio social de Teresa».

 

Una reflexión de Teresa, realizada también a propósito de su caída en desgracia en el baile de las Cepeda, otorga una clave de lectura no solo sobre el giro que dará la protagonista, sino, en lo que toca al autor, de lo que significa la ciudad de Santiago para Joaquín Edwards Bello. Luego de que Teresa vagara toda lo noche por las calles, en medio de su desesperación, las primeras luces del alba traen consigo el ajetreo mañanero de la capital: «Las cimas dentelladas de los Andes se divisaban en una pureza indescriptible; todo el barrio vibraba de vigor; mozos y mozas fuertes de la Vega llevaban hortalizas en las cabezas torunas; cocineras matutinas comenzaban a regatear y a sisar, murmurando de sus patronas; carretelas de mano, voceros, cachureros; hampa de alborada sacudía al barrio. Tanta actividad fue mi poderoso tónico» (106). La ciudad, en su mutación moderna, puede convertirse en el refugio de los desclasados: en la ficción, para Teresa; fuera de ella, para su autor.

Desde temprano, Edwards Bello vio en el movimiento y el anonimato citadino la mejor alternativa a la endogamia de su clase, un poco de aire contra la asfixia del destino señalado de su estirpe. De ahí la severidad constante con que juzga a Santiago, ese «pueblo conventual» que se iba modernizando, su vía de escape, pues en él cifraba cierta nueva libertad. «Yo moriré centrera», afirma Teresa en las primeras páginas de la novela. Y si ella no cumple su promesa, pues terminará viviendo en una hacienda del sur, el autor detrás de la frase sí que lo hizo, no lejos de la calle Romero donde vivía Teresa, en Santo Domingo, esa fatídica mañana del día lunes 19 de febrero de 1968.