
Es un fenómeno más extendido en el arte contemporáneo, desde luego, pero también se observa en el arte de novelar. Quizá desde Flaubert en adelante, cada tanto nos enfrentamos a autores u obras que exigen del lector una suerte de adhesión o rechazo a nivel más explícito, una toma de decisión consciente. Quien lee por primera vez a escritores tan distintos como García Márquez, Nabokov o Natalia Ginzburg, no tendrá que plantearse nunca este dilema: apenas posamos la mirada en las primeras líneas y ya hemos sido hechizados por un ritmo envolvente, no queda sino abandonarnos al placer del olvido de uno mismo. Hay otros autores, en cambio, y Diamela Eltit pertenece a esa estirpe, que al escribir llevan al lector al borde del vacío, le quitan el aire y le escamotean cualquier punto de apoyo, ya sea fonético (una métrica tributaria de la tradición), visual (la evocación de ciertas imágenes familiares) o estructural (el recurso a modelos arquetípicos de narración). No hay lugares comunes. El texto se despliega llenándonos de dudas, las que, a su vez, devolvemos al mismo texto, interrogándolo. ¿Sigo adelante? ¿Doy mi asentimiento? ¿O decido dejarlo fuera de mi idea de «buena literatura»?
Por supuesto, lo anterior describe mejor la obra novelística de la premio nacional de literatura 2018, volcada a explorar lo desquiciado mediante la elaboración de personajes que encarnan el pánico del sujeto enajenado. Pero ciertamente existe una continuidad reconocible con sus escritos de no ficción, como los que ahora ha querido publicar bajo el título de Laberintos. En efecto, este conjunto de discursos, conferencias y artículos, editados aquí en 25 textos que se agrupan bajo las secciones de «Literatura», «Feminismo» y «Política», proporcionan pistas de lectura para comprender su larga trayectoria ficcional (desde Lumpérica, que cumplía hace poco cuatro décadas, hasta Falla humana, de 2023), sin renunciar, al mismo tiempo, a una prosa que quiere operar a nivel intuitivo, antes de la domesticación, y que no rehúye el lenguaje paradójico.
En el breve texto de presentación de Laberintos la autora advierte sobre dos hechos que el lector, efectivamente, verificará, y que ahora podemos aprovechar para delinear el perfil intelectual de Eltit. El primero consiste en reconocer la repetición de algunos temas, para cuyo análisis recurrirá a obras que mencionará con insistencia (como el cuento «Soledad de la sangre» de Marta Brunet y la novela Juana Lucero de Augusto D’Halmar), enmarcándolos en enfoques de pensadores e intelectuales a los que vuelve constantemente (Foucault, Agamben, Rancière, Fraser, Bourdieu). Esta reiteración temática obedece, entre otras cosas, a que los textos reunidos comprenden el acotado arco de los últimos años (el más antiguo es de marzo 2017), tiempos signados por una serie de acontecimientos que la escritora quiere abordar con urgencia. De modo que es relativamente sencillo para el lector identificar los recientes hechos históricos que alientan su pluma: el movimiento feminista chileno contemporáneo, que se actualiza cada 8 de marzo, el estallido social de octubre 2019, el confinamiento a que dio lugar el Covid a partir de 2020, la redacción y el rechazo de las dos propuestas de constitución. La repetición, lejos de aburrir, ayuda a dibujar el contexto específico desde el que parten las reflexiones de Eltit. Por lo demás, siendo la suya una escritura de lenta asimilación, el lector agradece la vuelta sobre los mismos argumentos con leves cambios de perspectiva.
La segunda advertencia del texto introductorio también es elocuente sobre la visión que la escritora tiene de la literatura: «Desde luego la división de este libro en secciones es arbitraria, porque existe una red de sentidos que las conecta más allá de las particularidades del campo que las produce» (12). Literatura, feminismo y política son, en Eltit, nociones siempre fuertemente entrelazadas, lo que vuelve intercambiables los textos entre una y otra sección. En realidad, para la escritora no existe algo así como dimensiones autónomas o compartimientos estancos, y mucho menos en el ámbito del arte y la escritura, como defendieron en su momento movimientos como el parnasianismo. Por lo mismo, el uso de novelas para desenmascarar un orden social no significa, desde el pensamiento de la autora, supeditar la literatura a cierta sociología, sino abordar una misma realidad desde campos alternativos, pero interconectados.
Esto de circular por distintos campos para responder a las interrogantes de lo real, se torna evidente cuando reparamos en las notas a pie de página que presiden cada uno de estos textos, pues en ellas se deja constancia del lugar de enunciación de los escritos. La diversidad de espacios y ocasiones que le sirvieron de tribuna para expresar sus reflexiones —una conferencia en Milán, la participación en un coloquio en República Checa, el discurso inaugural del año académico de la Universidad de Chile en 2021, una intervención en el CEP, el agradecimiento de un premio periodístico en Bogotá, y un largo y variado etcétera— da cuenta del descentramiento que caracteriza su postura, al tiempo que delata un afán de universalidad. Pasajes como el que sigue, no están lejos de la médula del ideal ilustrado: «Lo que me moviliza es la democratización real de la escritura hasta donde concurran autoras y autores sin más garantía que el poder del libro. Los griegos hace siglos ya pensaron la polis. Hoy me parece indispensable democratizar el espacio literario, repito, desbiologizar la escritura» (80-81). En este sentido, Eltit no es una intelectual rupturista, como pudieran pensar ciertos sectores conservadores, pues los principios sobre los que se mueve pueden rastrearse ya en el siglo XVIII (todo ser humano tiene igual dignidad y derechos, etc.). Lo suyo más bien es detectar cómo esa promesa formulada tiempo atrás no logra concretarse en el espacio social.
Por eso, como ninguna otra, Eltit es nuestra escritora de la sospecha —para usar la noción que Paul Ricœur acuñara con perspicacia para agrupar a Marx, Freud y Nieztsche— pues su preocupación principal es comprender los modos en que opera el poder. Premunida de un escepticismo incesante, la autora de Mano de obra está convencida de que ninguna conquista social es definitiva, y está dispuesta a probar que, pese a lo que diga la letra, los mecanismos de dominación se transforman para logar perpetrar el control. Desentrañar en su propio tiempo estas dinámicas es el objetivo fundamental de los escritos reunidos en Laberintos.