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Un cronista inmóvil

Diario de hospital

Felipe Joannon O.
7 de noviembre, 2024

Título libro: Diario de hospital
Autor: Roberto Merino
Año: 2024
Editorial: Universidad Diego Portales
Nº páginas: 120

 

 
Titubeantes, como frutos del azar o de circunstancias no buscadas, los libros de Roberto Merino hacen su aparición tímidamente en los anaqueles de las librerías, afirmando, sin ruido, una trayectoria que ya cuenta con más de una docena de títulos. Diario de hospital, el último de sus escritos, nos toma de nuevo por sorpresa, y viene a refrendar esa dinámica un tanto impredecible que caracteriza las publicaciones del cronista: el breve libro reúne las impresiones que Merino anotara durante su convalecencia hacia fines de 1994, cuando debió someterse de improviso a una delicada operación. Tres décadas después, y gracias a la transcripción de los manuscritos que emprendiera Cecilia Gajardo en 2013, se nos permite acceder a estos papeles hasta ahora confinados al ámbito privado del autor.

La manera en que se gestan los libros de Merino —este diario que pudo permanecer inédito, las colecciones de crónicas aparecidas originalmente en diarios y revistas, esa «novela» que demoró décadas en publicar (Mundos habitados, 2022)— revela algo esencial de su visión poética: la literatura sirve, en primer lugar, para conocerse y para vivir, y debe relegar a un segundo plano
— importante, desde luego— las circunstancias de su publicación. Lo principal es enfrentar directamente el desafío de captar una realidad no verbal para pasarla a la palabra, dejando intocado el misterio que conlleva tal transformación. De ahí que su prosa rehúya el ensimismamiento literario, la literatura fantasiosa o los proyectos megalómanos (como el de escribir una «novela total»), sin duda muy importantes para quien los escribe, pero tan frecuentemente aburridos para quien los lee. ¿El antídoto? Estrechar la distancia entre la experiencia y la mano que escribe, sustituir los laberintos mentales por la evocación de espacios comunes que existen con independencia del texto. Un renovado realismo, en suma.

Por eso Diario de hospital puede considerarse una fiel encarnación de su posición ante la literatura, o bien una forma más explícita de esta, en la medida en que invoca el aspecto terapéutico (paliativo, en este caso) de la escritura, para hacer frente a una situación física extrema. En efecto, «este diario de vida
—leemos en el Exordio— no fue pensado para la publicación, sino como una solución personal ante una circunstancia de mucha incertidumbre» (p. 9). Así, las frases que conforman este texto no resultan devaneos dispersivos, aun cuando alberguen reflexiones de muy diversa índole, porque están encuadradas en una experiencia anclada a un cuerpo. No sorprende que el paciente/narrador prefiera entre sus muchas lecturas de hospital los Recuerdos del pasado de Pérez Rosales y el Diario de viaje a Italia de Montaigne, memorias en las que la representación verbal no puede alejarse demasiado del referente real que la suscita.

Por supuesto, la situación de Merino es exactamente la opuesta a la de Pérez Rosales y Montaigne, y la voz que prevalece en sus escritos, en consecuencia, es la de la desesperación fruto de la inmovilidad. La frase que sobrevuela este diario es la famosa sentencia de Sartre: «el infierno son los otros»; ¿y cómo podría ser de otra manera si el escenario es una sala común de enfermos convalecientes, en pleno verano santiaguino, y con la incertidumbre y el dolor que suceden a la operación? Los breves momentos de paz para escribir y leer son interrumpidos por la radio a pilas a todo volumen del vecino; otras veces, por el contrario, la soledad se extiende en el horizonte y no hay nadie con quien conversar. La situación descrita es a tal punto insoportable que termina por provocar en el lector la franca risa como mecanismo defensivo.

Es curioso asistir a una faceta de su escritura que nace desde la total inmovilidad, teniendo en cuenta que la figura de autor de Merino está asociada a su perfil de cronista urbano. De hecho, este diario concluye solo unos meses antes del inicio de su colaboración semanal con la revista Hoy, tribuna en la que publicará la mayor parte de sus conocidos textos sobre la ciudad (posteriormente reunidos en Santiago de memoria [1997] y Todo Santiago [2012]). Antes del callejeo, antes de proveernos de ese foco que se desplazará a lo largo y ancho de la metrópolis, asistimos a la detención obligada del cronista en una cama de hospital. No obstante, las preocupaciones de este diario son las mismas: entroncar con una comunidad nacional, mediante el rescate de usos y costumbres olvidadas. Fumaba «cigarros de cebada y de higos secos» (p.47), apunta sobre uno de esos personajes que el cronista se encarga de registrar, y que son los hilos de la trama que atenúan la monotonía de los días.

Como bien se advierte en las palabras introductorias, este texto (como el diario que es) también permite asomarse a un momento histórico específico: esa época dorada del campeonato nacional de fútbol (con Salas, Gorosito y Acosta, y la «liguilla» para clasificar a la Copa Libertadores escuchada en una radio), la del Turistel para recorrer Chile y de la revista Don Balón, la de una generación de escritores jóvenes (algunos visitan al paciente) que entran en escena en plena transición, un tiempo en que todavía permanecían en la memoria instituciones que ya habían muerto. Merino sabe suscitar la nostalgia de sus coetáneos, sin por ello caer en un ensimismamiento excesivo. Pero acaso el mayor logro de su escritura —y este diario es un ejemplo entre muchos— consiste en atizar, con los mismos recursos de la nostalgia, la curiosidad de las generaciones que circundan la suya.