Iniciar sesión

Si ya eres usuario registrado ingresa tu e-mail y contraseña.

Parientes totalitarios

Libro clave de Pellicani

Ezequiel Spector
PhD Filosofía jurídica, UBA. Director del Magíster en filosofía, economía y política, UAI. Á. - N.10.

 

Título: Lenin y Hitler: los dos rostros del totalitarismo

Autor: Luciano Pellicani

Editorial: Unión Editorial

Madrid, 2021

 

 

Lenin y Hitler: los dos rostros del totalitarismo, no es una excepción en el brillante patrón que siguió el autor italiano Luciano Pellicani a lo largo de su vida. Publicado en su idioma original en 2009 (y con traducciones al español publicadas en 2011 y 2021), el libro ofrece un análisis riguroso de los dos movimientos que azotaron a la humanidad durante el siglo XX: el comunismo y el nazismo.

La tesis que defiende Pellicani es que, contrariamente a lo que sostiene un amplio sector de la historiografía, estos movimientos tienen fuertes elementos en común, al punto tal que no resulta apropiado considerarlos antagónicos.

El capítulo primero está dirigido a presentar las principales características que comparten ambos movimientos. El autor comienza introduciendo lo que podría considerarse la teoría mainstream: el comunismo y el nazismo, aunque con algunas similitudes, no pueden ser categorizadas como dos géneros de la misma especie (el totalitarismo), dado que sus objetivos fueron esencialmente diferentes. Por un lado, el comunismo buscaba «hacer hermanos a los hombres», en el contexto de una sociedad sin Estado ni clases sociales. Por otro lado, el nazismo buscaba el dominio despiadado de las razas superiores sobre las razas inferiores, para llevar a estas últimas a la extinción.

 

«Hay principios teóricos que subyacen a nazismo y comunismo por igual. Tal vez el más importante es una cierta forma de nihilismo: el mundo es una suerte de pantano moral, de tal forma que todo lo que existe es digno de perecer»

 

Pellicani desafía este enfoque. En primer lugar, sostiene, es indiscutible que, en la práctica, los resultados del comunismo fueron los mismos que lo del nazismo: «Un enorme cúmulo de escombros materiales y morales y su todavía mayor reguero de cadáveres» (p.25).

En segundo lugar, el autor sostiene que, más allá de los resultados, hay principios teóricos que subyacen a nazismo y comunismo por igual. Tal vez el más importante es una cierta forma de nihilismo: el mundo es una suerte de pantano moral, de tal forma que todo lo que existe es digno de perecer. En este sentido, tanto Lenin como Hitler importaban terminología de la parasitología para describir la situación: «El mundo se describe como un pantano infestado de insectos nocivos que deben ser exterminados» (p. 59).

Básicamente, la idea es que el grado de degradación moral que había alcanzado la raza humana era tan alto que era necesario comenzar de nuevo. Esta «imitación de Dios» a la que aspiraban ambos movimientos necesitaba de una «página en blanco» y para ello era menester eliminar el mundo tal como se conocía. De esta forma, ambos movimientos se encontraban a la búsqueda del «hombre nuevo», que iba a surgir luego de depurar el pantano putrefacto.

Detrás de esta retórica se encontraba el hecho de que tanto el comunismo como el nazismo apuntaban al mismo enemigo: la sociedad abierta y sus instituciones, como el Estado de Derecho y la economía de mercado. En particular, ambos pretendían acabar con la clase burguesa.

El ensañamiento del comunismo con la burguesía no es novedad. Sí debe serlo para muchos la saña del nazismo para con la burguesía. Pellicani explica que aún sigue vigente la interpretación del nazismo como «agente del capital». Esta es, según el autor, «una interpretación totalmente mitológica que poco o nada tiene que ver con lo que efectivamente fue el movimiento creado por Hitler» (p.38).

El autor explica que el aparato ideológico de Hitler, y su accionar consecuente, descansó en la lucha contra la burguesía y el «capital internacional» (cuya cara era, en su visión, el pueblo judío). Hitler pensaba que el ánimo de lucro y la ambición por el dinero estaban debilitando las bases morales de Alemania. De hecho, probablemente, la causa de Hitler no habría ganado tanta popularidad entre las masas (incluida buena parte de la clase media) si no la hubiera categorizado como una batalla contra el individualismo y la economía de mercado.

Es así que, en el Tercer Reich, comenta el autor, la propiedad privada era una suerte de concesión por parte del Estado. El mercado no era libre, sino profundamente dirigido, y las decisiones de los empresarios tenían que ser autorizadas por el gobierno, en la convicción de que la política debía tener una prioridad absoluta sobre la economía.

 

«El aparato ideológico de Hitler, y su accionar consecuente, descansó en la lucha contra la burguesía y el “capital internacional” (cuya cara era, en su visión, el pueblo judío). Hitler pensaba que el ánimo de lucro y la ambición por el dinero estaban debilitando las bases morales de Alemania»

 

El capítulo segundo está orientado a profundizar sobre varios rasgos del movimiento comunista durante la era soviética, a los efectos de seguir respaldando la tesis principal del libro, sobre la afinidad ideológica entre el comunismo y el nazismo.

Pellicani comienza refutando otro mito de la historiografía: la idea de que los bolcheviques habían logrado iniciar un sendero de progreso sin necesitar de la burguesía, reemplazándola por la planificación estatal. Entonces, si esta idea es correcta, no puede catalogarse al comunismo como un movimiento contrario a la Modernidad; es sólo que habían alcanzado la modernidad por otros medios.

El autor argumenta que, aun cuando los bolcheviques hubieran conseguido desarrollar un método de producción autopropulsor, no puede inferirse de ello que su revolución haya sido una forma de modernización. En este sentido, Pellicani invita a distinguir entre modernización e industrialización: «Modernización e industrialización no son en absoluto cosas equivalentes, como buena parte de la literatura sobre el tema da implícitamente por supuesto» (p. 66). En su visión, la Modernidad se compone de, al menos, siete elementos.

El primero es la acción electiva, que es el hecho de proyectar la propia vida (el individualismo). Si este derecho básico ha de ser garantizado, es necesario un gobierno que no sea omnipresente, sino limitado de acuerdo con leyes precisas. Por eso, según el autor, la acción electiva implica el segundo componente, que es la nomocracia (el «imperio de la ley»).

De los dos primeros componentes se deriva, a su vez, el tercero: la ciudadanía. Si las personas han de tener derechos que los gobiernos no pueden vulnerar, y que las mismas personas hacen respetar participando en la toma de decisiones políticas, entonces podemos decir que son ciudadanos, no súbditos.

El cuarto elemento es la institucionalización del cambio. La universalización de los derechos civiles, políticos y sociales no ha sido automática, sino producto de la lucha de los excluidos (mujeres, etnias discriminadas, etcétera) por ampliar «el perímetro burgués de la democracia liberal» (p. 68). Así, la lucha de clases (que no debe confundirse con la lucha de clases en el sentido marxista) es un elemento inherente a la sociedad moderna, e incluso es beneficiosa como agente de cambio.

De este componente se sigue el quinto: la secularización. Al estar acostumbrada al cambio, la sociedad moderna no considera sagrada la tradición. Ello no significa que no haya lugar para la religión, sino que, en esta sociedad, «muchas y amplias esferas del obrar y del pensar son autónomas respecto a las instituciones hierocráticas y a los imperativos religiosos» (p.70).

El sexto elemento es la autonomía de los subsistemas: las prácticas sociales se regulan de acuerdo con códigos internos, y no por imposiciones del gobierno. Ello implica que la sociedad moderna exhibirá, casi inevitablemente, un profundo pluralismo.

Finalmente, el séptimo elemento es la racionalización, «entendida como sometimiento de la producción de bienes a los imperativos impersonales de la ratio» (p.70). Se trata, en definitiva, de la planificación dispersa (no centralizada) de la economía.

Pellicani argumenta que el sistema soviético encarnaba, precisamente, la anti-Modernidad: «En efecto, sofocó la acción electiva, borró toda forma de nomocracia, eliminó la autonomía de la sociedad civil frente al Estado, bloqueó, sacralizando al marxismo y elevándolo a ideología obligatoria, el proceso de secularización, impidió el paso de la sociedad de los súbditos a la sociedad de los ciudadanos, extirpó la ratio, cuyas raíces están en el mercado, secó las fuentes de la creatividad heterogenética» (p.72).

En resumen, el autor sostiene que la revolución bolchevique representó un esfuerzo por impedir la invasión cultural occidental, con las únicas excepciones de la industria, la ciencia y la tecnología. «Trató de absorber la cultura material de la civilización moderna, pero rechazó su cultura espiritual» (p.72). De ahí la importancia de distinguir entre industrialización y modernización.

 

 

Control de la economía

 

El capítulo tercero profundiza sobre diversas características del nazismo, también a los efectos de respaldar la tesis principal, sobre la afinidad ideológica entre el comunismo y el nazismo.

El autor parte de una llamativa similitud en la forma en que Lenin y Hitler expresaban sus ideas. Lenin afirmó que la principal tarea de la revolución era «limpiar de todo insecto nocivo la maldita sociedad capitalista». «¿Qué derecho tienen a existir seres (los burgueses) que no son hombres sino parásitos?», se preguntaba Lenin en sus escritos, con un lenguaje parecido al que usaba Hitler.

Pellicani considera que, de forma similar, Hitler también libró una guerra contra la burguesía y el capitalismo. La documentación que el autor aporta al respecto es por demás interesante. Por ejemplo, D.H Sesselman, quien fue presidente del Partido Nacionalsocialista (el partido nazi), fue bien categórico al respecto, cuando aseveró: «Nosotros somos completamente de izquierda y más radicales que los bolcheviques…Somos nacionalistas, pero no filo-capitalistas».

Esta declaración cobra sentido, dice Pellicani, cuando consideramos los puntos programáticos del partido, entre los que figuraban estatizaciones, expropiaciones y reformas de la propiedad territorial, entre otros.

Fuentes del propio Joseph Goebbels, ministro de Propaganda del Tercer Reich, se orientan en el mismo sentido. Goebbels resumió el programa del nazismo diciendo: «El futuro es la dictadura de la idea socialista del Estado». Asimismo, en una revista de difusión del partido nazi, dirigida por Otto Strasser, Goebbels declaró: «Nosotros somos socialistas…enemigos del actual sistema económico capitalista con su explotación de los económicamente débiles, con su desigualdad en los sueldos».

En definitiva, aunque no llegó a suprimir totalmente el mercado, Hitler sí tenía como uno de sus objetivos el control de la economía (de la riqueza, de los salarios, de la fuerza de trabajo, de los precios, etcétera); control entendido como la sujeción de la vida empresarial a las metas del partido nazi. El proyecto de Hitler era mucho más que un programa político. Se trataba de purificar la especie humana. Por ello, la economía no podía ser libre, uno que tenía que estar sujeta a tales metas.

Por último, el capítulo cuarto está destinado a explorar el fenómeno fascista, y a compararlo con el comunismo y el nazismo. Al igual que éstos, el fascismo interpretó su lucha como una guerra contra la clase burguesa y el capitalismo. Sin embargo, si tomamos como ejemplo representativo la Italia de Mussolini, podemos decir que, a diferencia del comunismo (y al igual que el nazismo), el régimen fascista no llegó a suprimir totalmente el mercado, aunque sí fue una economía cerrada y planificada.

En cualquier caso, el autor hace una salvedad: el fascismo no llegó a ser completamente totalitario por faltar en su genética lo esencial: «La idea de la purificación del mundo mediante el exterminio de los elementos corrompidos y corruptores, idea que encontramos expresada con toda claridad tanto en el bolchevismo como en el nazismo» (p.152).

Como puede apreciarse, el trabajo de Luciano Pellicani es agudo, exhaustivo y provocador. El autor no llega a mostrar (y no creo que haya sido su objetivo) que el comunismo y el nazismo sean movimientos idénticos. Sin embargo, sí proporciona suficiente evidencia de que es inapropiado considerarlos antagónicos, y de que muchas de sus similitudes han sido omitidas por los análisis tradicionales. Quienes consideran que el nazismo y el comunismo son doctrinas totalmente opuestas deberían, al menos, sentirse interpelados por esta obra.