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Fidel Castro en Chile

«Intromisión consentida»

Sergio Muñoz
Escritor, académico de la Universidad San Sebastián Á. - N.10.

La visita oficial del líder cubano a Chile, a fines de 1971, que fue considerada en un comienzo de gran valor simbólico para el proceso de la UP, tuvo su lado oscuro y sus bemoles: el objetivo de Castro no era tanto apoyar al régimen de Allende sino, más bien, controlar, criticar y dar lecciones. Al final, tras 24 días de estadía, todo el mundo estaba hasta la coronilla con el invitado y sus alardes retóricos.

 

En la tarde del 10 de noviembre de 1971, estuve entre los muchos militantes de las Juventudes Comunistas que se concentraron en los metros finales del Parque Forestal, al llegar a la Plaza Italia, para participar en la recepción a Fidel Castro, invitado a Chile por el presidente Salvador Allende. Allí se habían congregado miles de personas, al igual que a lo largo del recorrido que ambos gobernantes hicieron desde el aeropuerto en un auto descubierto. La espera había sido larga, y como a las seis de la tarde vimos que se acercaba la comitiva, con numerosos autos con las puertas abiertas, en los que asomaban los guardaespaldas cubanos y chilenos mostrando sus armas. Crecieron entonces el vocerío y el agitar de banderas. «Ver a Fidel», fue un motivo de emoción y exaltación para mucha gente, sobre todo de condición modesta, que había acudido a ese lugar. Era como ver a un nuevo Simón Bolívar.

En los días siguientes Castro fue la noticia principal en la prensa, la radio y la TV. Visitó al Cardenal Silva Henríquez, recibió en la embajada a los sacerdotes del grupo Cristianos por el Socialismo, se reunió con la CUT, encabezó un acto con mujeres en el Estadio Santa Laura, en fin, mil actividades. Pero, además, se instaló en el centro del escenario de la política chilena, a esas alturas bastante crispada. Los opositores al gobierno de la Unidad Popular, principalmente el Partido Nacional y la Democracia Cristiana, no demoraron en reaccionar ante la desmesura del visitante. Y todos sus dichos ofrecían campo para la polémica.

Corresponde aclarar que el PC de entonces no era propiamente «fidelista», como sí lo eran la mayoría del PS, en parte el MAPU y, absolutamente, el Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR). La posición del PC guardaba cierta distancia del régimen cubano, lo cual se explica por su discrepancia con la línea castrista de alentar la lucha armada como único camino para hacer la revolución. Aquel PC, liderado por el senador Luis Corvalán, trataba de decantar su propio camino al socialismo a través de lo que llamaba «la vía no armada». No obstante, el PC movilizó a sus militantes y los de la organización juvenil para recibir calurosamente al líder cubano. Era expresión del deseo por establecer una relación constructiva con Castro y su régimen después de dos episodios que habían debilitado los nexos.

El primero ocurrió el 26 de julio de 1966, cuando el diputado Orlando Millas, uno de los más importantes dirigentes del PC, asistió al acto de conmemoración del asalto al Cuartel Moncada efectuado en La Habana, y luego del discurso que pronunció Castro, formuló una declaración crítica respecto de lo que éste había planteado. Fue lo más parecido a cometer pecado mortal. A los pocos días, Castro ridiculizó a Millas en otro acto público. Esa vez, el PC chileno no solo desautorizó a Millas, sino que lo obligó a cumplir el rito stalinista de «autocriticarse» en una sesión del comité central y aguantar la dura reprimenda de otro dirigente.

El segundo episodio fue la carta abierta de los escritores cubanos a Pablo Neruda, publicada el 31 de julio de 1966 en el diario oficial Granma, en la que le reprochaban haber participado en el congreso de escritores del PEN Club Internacional efectuado en Nueva York, y haber abogado por la superación de la Guerra Fría. Le criticaban a Neruda no estar a la altura del combate contra el imperialismo norteamericano, e incluso de ser «utilizado» por los enemigos de la revolución cubana. Los redactores de la carta fueron el poeta Nicolás Guillén y el ensayista Roberto Fernández Retamar, que eran amigos de Neruda, pero el inspirador fue el propio Castro. El PC solidarizó aquella vez con Neruda, que era miembro de su comité central. El poeta nunca perdonó el agravio.

 

 

Candidato en campaña

 

Al llegar Castro a Chile, el PC se acercó a él en disposición de estrechar lazos (ése era, además el consejo del PC soviético). Además, el propio Castro comprendía que, aunque sus afectos estaban con el MIR, el PC era una fuerza política real, con gran influencia en el proletariado industrial y minero, con la cual le convenía entenderse. En los años 60, casi ningún dirigente de los PC latinoamericanos se atrevía a contradecir a Castro, quien estaba siempre listo para avasallar a cualquier crítico dentro y fuera de Cuba. Quienes no se dejaron amedrentar en ese tiempo fueron los comunistas venezolanos, liderados por Teodoro Petkoff y Pompeyo Márquez, que polemizaron sin pelos en la lengua con el líder cubano y defendieron el derecho a fijar su propio camino. Los textos venezolanos, que eran desafiantes y no mostraban complejos ante los dictados de La Habana, fueron ampliamente celebrados entre los comunistas chilenos.

En materia de visitas de Estado, vale la pena recordar que en 1960 vino a Chile el presidente de EE.UU., Dwight D. Eisenhower, invitado por el presidente Jorge Alessandri. En 1964, lo hizo el presidente de Francia, Charles de Gaulle, invitado por el Presidente Eduardo Frei Montalva. En 1968, vino la Reina Isabel, de Gran Bretaña, invitada también por Frei. Ellos y otros gobernantes que vinieron a Chile respetaron escrupulosamente los usos y costumbres de las relaciones internacionales y no permanecieron más de cinco días en nuestro territorio. Castro, en cambio, se quedó 24 días, en contra no sólo de las buenas costumbres, sino de la propia voluntad del anfitrión.

Castro se convirtió en una especie de candidato en campaña. Visitó Iquique, Antofagasta, Pedro Valdivia y María Elena, Chuquicamata, Tocopilla, Los Andes, Valparaíso, Rancagua, Colchagua, Concepción, Puerto Montt y Punta Arenas. En Santiago, encabezó concentraciones en el Estadio Santa Laura, en la Universidad Técnica y en el Estadio Nacional. En todas partes fue el profesor/predicador que aleccionaba a los chilenos acerca de cómo tenían que hacer las cosas para seguir el ejemplo de Cuba.

Los testimonios de dirigentes socialistas como Carlos Altamirano y Ricardo Núñez, muchos años después, revelaron que Allende ya estaba incómodo con el visitante al cabo de una semana. Su gobierno enfrentaba no pocos problemas económicos y políticos, y la gira de Castro no hizo sino agravarlos. Lo que menos convenía a Allende era confirmar los augurios de que Chile se iba a convertir en una segunda Cuba, pero las características de la visita, y especialmente los discursos del visitante, no hicieron sino potenciarlos.

 

 

«Castro nunca creyó en la viabilidad de una revolución por vías legales. Tenía razón. La revolución, concebida como conquista del poder y reestructuración irreversible de la sociedad, no es posible en las condiciones de una sociedad abierta, con libertades garantizadas, pluralidad de partidos y alternancia en el poder»

 

La pregunta forzosa es por qué Allende aceptó los desbordes de Castro, por qué no puso límites a su visita, que era lo mínimo que podía esperarse de un presidente con sentido de la dignidad. Ninguna respuesta deja bien parado a Allende. En los hechos, se dejó humillar por el visitante delante de todos los chilenos. Es posible que allí se encuentre el punto de inflexión del acelerado deterioro de su gobierno. Así lo entendieron los partidos opositores, que organizaron la llamada «marcha de las cacerolas vacías» mientras Castro estaba en Chile, manifestación que reunió a decenas de miles de mujeres. Hubo entonces fuertes choques callejeros entre grupos de izquierda y de derecha, lo que generó un complejo cuadro de orden público. El visitante criticó entonces al gobierno de la UP «por no reprimir al fascismo».

 

Joder a Allende

 

Estuve también el 2 de diciembre en el acto de despedida de Castro, en el Estadio Nacional. La euforia de la llegada había desaparecido por completo. Todo el mundo sentía que la visita se había prolongado demasiado. El propio estilo retórico del visitante ya cansaba hasta a los más entusiastas. Era evidente que la situación política se había complicado por efectos de los provocadores discursos de Castro. ¿Se puede pensar que él, sagaz como era, no se dio cuenta de que estaba perjudicando al gobierno de su amigo? Es imposible. Tiene que haberlo percibido. El problema es que eso no era lo que le preocupaba.

En realidad, Castro había venido a Chile a otra cosa. Su objetivo era demostrar que el camino hacia la sociedad supuestamente superior era el indicado por él, o sea, la guerra. El escritor cubano Norberto Fuentes, que había integrado el círculo de confianza de Castro y que después tuvo que partir al exilio, dijo en 2001, basándose en los comentarios que éste hizo a su regreso de Chile: «Castro se quedó tres semanas deliberadamente para joder a Allende» (LT, 28/10/2001). Fuentes contó que Tony de la Guardia, encargado de la seguridad de Castro en el viaje, relató entre risas, varios años después, que «Fidel en Chile fue como un testigo de Jehová anunciando el Apocalipsis».

Castro vino a Chile en plan de conquista política. Lo que le importaba realmente era reforzar su propia influencia. Además, estaba seguro de que ni Allende ni los líderes de la UP estaban en condiciones de ponerle límites. ¿Qué explicación puede haber para eso? Que Castro tenía fuerza propia dentro de Chile, colaboradores fieles, y, además, disponía de información incómoda para Allende y la izquierda chilena. En primer lugar, los detalles de la preparación militar de muchos militantes de la UP y el MIR en los campos de entrenamiento en la isla.

Juan Reinaldo Sánchez, teniente coronel del ejército cubano, fue guardaespaldas de Fidel Castro durante 17 años. Cuando anunció que se retiraba, en 1994, fue encarcelado durante dos años. Recién en 2008 pudo huir a Miami. En colaboración con el periodista francés Axel Gyldén, escribió un libro titulado La vida oculta de Fidel Castro (Ariel, Ediciones Península, Barcelona, 2014), el que contiene referencias sobre Chile que hablan por sí solas:

 

«Para juzgar la eficacia del sistema de espionaje cubano, nada mejor que detenerse en el caso chileno. Antes que la Nicaragua de Daniel Ortega en los años 80 y la Venezuela de Hugo Chávez en los años 2000, el Chile de Salvador Allende, a principios de los 70, fue ciertamente el país donde la penetración de la influencia cubana se hizo sentir con mayor intensidad, Fidel dedicó a ello una energía y recursos colosales (…).

Allende no era “el hombre de Castro”, ni su criatura. Por el contrario, en esa época el advenimiento de Allende no convenía demasiado a Fidel. En la medida en que el chileno había accedido al poder por la vía democrática, demostraba que para la izquierda latinoamericana existía una alternativa a la lucha armada: las elecciones. Los verdaderos pupilos de Fidel eran Miguel Enríquez, el dirigente del Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR), y Andrés Pascal Allende, cofundador de dicho movimiento radical y, por lo demás, sobrino del presidente Allende. Para Fidel, estos dos jóvenes marxistas, formados en parte en Cuba, encarnaban el auténtico futuro de Chile (…).

A la espera de alcanzar dicho objetivo, Manuel Piñeiro (Barbarroja) y los servicios cubanos penetran y se infiltran en el entorno de Salvador Allende. Empiezan por reclutar al periodista Augusto Olivares, por entonces consejero de prensa del presidente Allende y jefe de la televisión pública. Según Barbarroja, Olivares, apodado El Perro, era “nuestro mejor informador” en Santiago. “Gracias a él, Fidel era siempre el primero en saber lo que ocurría al interior de La Moneda”, solía jactarse Piñeiro (…). Por otra parte, los cubanos se meten al bolsillo a Beatriz Allende, la hija del presidente. Ésta incluso contrae matrimonio con un agente castrista destinado en Santiago de Chile».

 

«Todas las evidencias apuntan a que [Allende] abrió las puertas a la intromisión cubana. Tal actitud está en correspondencia con su actitud en los años de Frei (64/70), cuando era senador. Después de tres derrotas presidenciales, y preocupado de mantener su vigencia como líder de la izquierda, mostró simpatía hacia el régimen cubano y su estrategia de fomentar los focos guerrilleros en el continente. Allende respaldó al grupo Ejército de Liberación Nacional dentro del PS (los “elenos”), a cuya cabeza estaba su hija Beatriz, el cual funcionó como retaguardia de la guerrilla del Che Guevara y luego de los hermanos Peredo, en Bolivia»

 

          

Castro nunca creyó en la viabilidad de una revolución por vías legales. Tenía razón. La revolución, concebida como conquista del poder y reestructuración irreversible de la sociedad, no es posible en las condiciones de una sociedad abierta, con libertades garantizadas, pluralidad de partidos y alternancia en el poder. Para él, la revolución genuina debía sujetarse a las pautas de Lenin. Los revolucionarios no tenían que respetar las instituciones burguesas, como los tribunales de justicia independientes: debían tomar el poder y terminar con la competencia. Los bolcheviques aplastaron a todos los partidos que existían en Rusia en 1917. Castro hizo lo mismo a partir de 1959. George Orwell lo sintetizó en su libro 1984: «No se establece la dictadura para salvaguardar la revolución; se hace la revolución para establecer la dictadura».

A Castro se le había atragantado Chile en los años del presidente Eduardo Frei Montalva, cuando éste proclamó el objetivo de llevar adelante una «revolución en libertad». Castro vio surgir entonces una competencia temible, una opción de cambio social sin los costos de la lucha guerrillera, y que podía volverse muy atractiva en la región. En múltiples discursos, insultó del modo más soez a Frei, y más tarde a Tomic, el candidato presidencial democratacristiano en 1970. Cuando vio que Allende tenía posibilidades de ganar la elección de ese año, le dio su bendición, pero luego empezó a mover las piezas para influir en el rumbo del gobierno de la UP.

 

Bultos cubanos

 

 

Lo que vino a continuación fue lo que puede llamarse «la intromisión consentida» en Chile, respecto de la cual la responsabilidad de Allende es, simplemente, abrumadora. Todas las evidencias apuntan a que él abrió las puertas a la intromisión cubana. Tal actitud está en correspondencia con su actitud en los años de Frei (64/70), cuando era senador. Después de tres derrotas presidenciales, y preocupado de mantener su vigencia como líder de la izquierda, mostró simpatía hacia el régimen cubano y su estrategia de fomentar los focos guerrilleros en el continente. Allende respaldó al grupo Ejército de Liberación Nacional dentro del PS (los «elenos»), a cuya cabeza estaba su hija Beatriz, el cual funcionó como retaguardia de la guerrilla del Che Guevara y luego de los hermanos Peredo, en Bolivia. En ese período, Allende se esmeró por demostrarle al régimen cubano que él estaba del lado correcto de la historia. Luego, ya en La Moneda, dejó que los cubanos organizaran el primer GAP, el grupo encargado de su seguridad, con militantes del MIR, el cual derivó en una estructura paramilitar de entrenamiento de militantes.

Revelador de los compromisos entre Castro y Allende fue el escándalo de los «bultos cubanos», en 1972. Se trató de unos bultos que, por orden del ministro del Interior, el socialista Hernán del Canto, no fueron revisados en el aeropuerto. El gobierno explicó que traían artesanías que Castro enviaba de regalo al presidente. La prensa opositora estuvo preguntando varios días qué contenían realmente. Camufladas entre sacos de azúcar, venían varias cajas con armas.

El libro Allende y la preparación de la lucha armada (Tajamar Editores, septiembre de 2023), de Juan Pablo Alessandri y Pablo Cancino, contiene abundante información sobre la duplicidad de Allende y los partidos de la UP respecto de las posibilidades de una confrontación armada en Chile. Muchos jóvenes de izquierda recibieron entrenamiento militar en la isla, con pleno conocimiento del mandatario. Su propia hija Beatriz pasó por ese entrenamiento.

En los años de la Unidad Popular, la embajada cubana fue un enclave del régimen castrista en Chile. Desde allí operó Luis Fernández Oña, oficial de la Dirección General de Inteligencia (DGI), quien se había casado con Beatriz Allende en diciembre de 1970. El canal de influencia y presión sobre Allende fue directo. Numerosos cubanos merodeaban entonces por La Moneda, los ministerios y hasta las empresas públicas como la ENAP.

El gobierno estadounidense de Richard Nixon fue el enemigo declarado de Allende. No había dudas de sus intenciones, como lo documentó más tarde una investigación del Senado de EE.UU. El régimen cubano, en cambio, fue el enemigo solapado, que hizo todo lo posible para demostrar que la vía pacífica era una ilusión y, por lo tanto, «debía» fracasar.

Producido el golpe de 1973, Castro sostuvo en el acto de homenaje a Allende en La Habana que, a partir de ese momento, a los chilenos sólo les quedaba optar por la lucha armada. En 1986, creyó que había llegado el momento de probar definitivamente su tesis: envió 80 toneladas de armas por mar al Frente Patriótico Manuel Rodríguez, el aparato armado creado por el PC chileno y el propio Castro. Fracasó esa operación, y también la lucha armada que pudo haber sido devastadora.

En el siglo XX no existe otra figura que, como Fidel Castro, haya causado tanto daño y a tantas naciones de América Latina al mismo tiempo. Organizó y financió grupos armados en Venezuela, Colombia, Guatemala, El Salvador, Nicaragua, Perú, Bolivia, Argentina, Uruguay, Chile y otros países. Muchos jóvenes latinoamericanos encontraron la muerte en luchas estériles. No hay en la historia de nuestra región otro caso de megalomanía más destructiva que la suya. Su desaprensión moral lo llevó a enviar a más de 2 mil jóvenes cubanos a morir en las guerras africanas priorizadas por su delirio.

Aquel socialismo, que para Castro justificaba cualquier sacrificio, demostró ser una estafa. En su libro Fidel Castro, el último rey católico (Edhasa, Barcelona, 2019), el historiador italiano Loriz Zanatta sostiene:

 

«Fidel pasa a la historia como ícono del pauperismo cristiano, símbolo de una utopía antimoderna, “patrono de los pobres” sustraídos a la corrupción de la historia y del mundo. Una burla. Lógica, sin embargo: la historia no se repite nunca, pero se construye siempre con los materiales del propio pasado, y todo en él predisponía a tal resultado: la herencia cultural hispánica, la formación jesuita, el ambiente social, el ansia de redención del hijo descuidado, el odio hacia la civilización liberal y burguesa. Medida con el metro del historiador, la distancia entre aquello que ambicionaba y aquella que creó es abismal: la cita con el desarrollo fracasó y Cuba escaló al revés los niveles de la prosperidad; la conversión del mundo a su fe costó guerras, vidas, recursos sin producir resultados tangibles; la pretensión de edificar una sociedad unánime causó represiones crónicas, expulsiones bíblicas, aislamiento del mundo. La igualdad tan exhibida es un espejismo tras el cual se imponen los típicos trazos jerárquicos, familísticos y corporativos de la herencia hispánica. Para no decir nada de todas las otras antiguas taras que el castrismo agudizó o reprodujo: patrimonialismo, autoritarismo, ineficiencia, burocratismo, machismo, doble moral, corrupción…y se podría continuar».

 

La huella de Castro en Chile no puede estar en duda. Jugó un papel determinante en el fracaso del gobierno de Allende y en el hundimiento de la democracia.