Iniciar sesión

Si ya eres usuario registrado ingresa tu e-mail y contraseña.

Existencia de lo inexistente

Comunismo

Quintín
Á. - N.10.

Quintín es el apodo que al argentino Eduardo Antin le dieron sus compañeros de la universidad cuando estudiaba matemáticas, una disciplina que aún le emociona. Pensador del fútbol, crítico de cine (aunque confiesa con el cine un amor no correspondido), comentarista literario, analista político, ha ejercido estas actividades —en la prensa y en los libros— con la libertad de un merodeador individualista, generando en todos los casos una escritura impredecible. 

El siguiente texto, en otra versión, apareció en el libro Manual de autodefensa intelectual (varios autores, 2023, Libros del Zorzal, Buenos Aires,).

«Uno tiene derecho a mentir si es del bando del marxismo».

Jack Kerouac

 

 

 

«En Cuba está la mejor democracia, ¿qué dictadura?».

Evo Morales, 11 de julio de 2022

 

 

El anticomunismo tiene mala prensa. Es verdad que son pocos los que defienden el comunismo utilizando esa palabra. Cuando Evo Morales afirma que no hay democracia como la cubana, no dice exactamente «no hay democracia como la comunista», aunque el régimen político de la isla esté calcado del viejo modelo soviético cuyos fundamentos fueron el materialismo dialéctico y la dictadura del partido. Llamar «mejor democracia» a una dictadura tan obvia y tan rampante como la cubana es ciertamente un eufemismo, pero un eufemismo con historia. La Alemania comunista surgida después de la Segunda Guerra eligió denominarse República Democrática Alemana, así como Corea del Norte, el más salvaje de los regímenes comunistas actuales, se llama República Popular Democrática de Corea, y como regla, cuando un país decide usar la democracia para nombrarse, es con toda seguridad una dictadura en la que el marxismo-leninismo se enseña en las escuelas.

Parte de la estrategia discursiva de Evo Morales para defender el comunismo cubano es omitir la palabra. Ante la evidencia de que, en Cuba, así como en China, o en Corea del Norte, el poder reside a perpetuidad en el Partido Comunista, quienes apoyan a esos regímenes que se confiesan comunistas arguyen que es una confusión semántica que ha perdido vigencia. Así lo afirma una notoria figura internacional:

 

«Cuando me acusan de comunismo, digo: “Qué trasnochado que está esto”. Esas acusaciones ya pasaron, las veo como trasnochadas».

 

Papa Francisco I, 12 de julio de 2022

 

El papa Bergoglio agrega que son «los medios ideologizados» (no se refiere a Granma ni a Página 12) los que hablan de comunismo y coincide así con otra variante del lugar común del que nos ocupamos. Porque así como al comunismo se lo defiende sin nombrarlo, quienes lo atacan se hacen pasibles de una descalificación infamante: la de ser anticomunistas. Y esto también tiene una historia, uno de cuyos episodios fue el macartismo, infame práctica cuyas consecuencias fueron una gran victoria de la propaganda comunista: por un lado, quedó establecido que los acusados por el senador McCarthy (y antes por el comité de actividades antiamericanas de la Cámara de Representantes) eran liberales amantes de la paz y la democracia, y que no pertenecían al partido ni estaban controlados por él; por el otro, decir que alguien era comunista pasó a ser considerado no sólo una falsedad a priori, sino también una falta de delicadeza de la que, en adelante, habría que abstenerse. Como resultado final de esta victoria discursiva que le dio al anticomunismo el mal nombre que aún perdura, quien hoy llama comunista a otro pasa a ser un delator, aunque el supuesto delatado no corra peligro alguno, mientras que los partidarios de los sistemas comunistas, organizados en torno a la delación y el espionaje, no pueden ser llamados por su nombre. Porque el comunismo no existe (más) o porque el verdadero enemigo de la libertad no es el comunismo, sino el anticomunismo.

Así, un anticomunista es no sólo un trasnochado, un cavernícola, sino también alguien que combate estérilmente un fantasma que ha dejado de recorrer el mundo. Sin embargo, como fantasma retirado, al comunismo no le va tan mal, dado que sistemas como los antes mencionados están firmes en el poder desde hace más de medio siglo en distintos países, y uno de ellos se ha convertido en la segunda potencia del planeta. Otros, particularmente en América Latina, como Venezuela o Nicaragua, han adoptado formas de gobierno que sólo se diferencian de la cubana por una cuestión semántica (esta vez sí), ya que no se proclaman comunistas, pero son en los hechos estados policiales e intervencionistas, con partidos únicos y líderes perpetuos que sostienen las ideas del comunismo: dictaduras omnipresentes que violan sistemáticamente los derechos humanos y han hecho caducar las libertades civiles. Hay otro grupo de países (Argentina entre ellos) donde no se ha llegado al control total del poder por parte de un partido de base leninista, pero cuyos gobiernos simpatizan abiertamente con esas dictaduras y con sus ideas, además de que se niegan a condenar sus crímenes en los foros internacionales.

 

«Suelo sentir cierta perplejidad cuando personas con educación universitaria, que se reclaman defensoras de los derechos humanos y que en los países democráticos denuncian hasta la calidad de las viandas estudiantiles, se callan frente a dictaduras crueles que reprimen, empobrecen y aterrorizan a sus ciudadanos. O cuando consideran un acto fascista cualquier intervención de las fuerzas de seguridad mientras ignoran o aplauden la violencia de las milicias políticas chavistas, sandinistas o del fundamentalismo islámico»

 

Caída doble

 

El comunismo, entonces, no tiene quien lo escriba, pero tiene quien lo oculte, quien lo practique y quien lo sostenga. En cambio, el anticomunismo está huérfano, ya que ni siquiera puede asumirse como tal: son muy pocos los que se atreven a declararse anticomunistas, y entre ellos tampoco hay una unidad política ni ideológica. Los anticomunistas no pueden siquiera hacer valer sus triunfos, el más importante de los cuales fue, sin duda, el colapso del bloque soviético, prologado por la caída del Muro de Berlín el 9 de noviembre de 1989. Lo que en ese momento fue recibido por el mundo como una derrota definitiva de una burocracia totalitaria y de su sistema político y económico, con el tiempo pasó a ser sólo un episodio confuso del que no pueden sacarse conclusiones definitivas, como lo prueba este tuit de una importante personalidad de la política argentina:

 

«El Muro de Berlín se cayó para los dos lados. También se cayó para el lado del capitalismo».

Cristina Fernández de Kirchner, 20 de junio de 2022

 

La líder del peronismo imagina paredes que caen para los dos lados y sostiene que esa fecha histórica bien podría haber sido una derrota del capitalismo, como si se tratara del lanzamiento de una moneda que salió cara, pero bien podría haber salido ceca.

Así como con el comunismo victorioso y establecido en el poder rige el código de no designarlo como tal, con el comunismo derrotado se aplica otro principio, el de balancearlo con el capitalismo, el neoliberalismo o, en general, con «la derecha», para disminuir el peso de sus derrotas. No importa que el flujo de ciudadanos haya sido de Berlín Este a Oeste, y no en sentido contrario; no importa que tantos alemanes y tantos cubanos hayan arriesgado y perdido la vida saltando el muro o navegando entre balas y tiburones hacia Florida. De los dos lados, nos dice Cristina Kirchner, había descontento, y el movimiento de los cuerpos no sirve como medida de la diferencia. En todo caso, si los cubanos querían huir era por culpa del bloqueo americano, y a los alemanes los tentaba el consumo. En ambas situaciones el deseo de libertad no cuenta, porque la libertad es una ilusión, una aspiración burguesa o un estado que se alcanza en el socialismo.

Pero ni siquiera los votos importan como medida de la voluntad de los ciudadanos cuando no van en el sentido en el que los comunistas quieren. Siempre se trata de monedas que caen de canto o que tienen tres caras. Con admirable poder de síntesis, un jefe de Estado sudamericano necesitó sólo dos palabras para distorsionar el sentido de la voluntad popular en ocasión del reciente plebiscito en Chile, en el que una amplia mayoría rechazó la nueva constitución impulsada por la izquierda radical con el apoyo de la izquierda moderada:

 

«Revivió Pinochet».

Presidente Gustavo Petro, 4 de septiembre de 2022

 

Mientras comienza a anudar las relaciones fraternales de su país con el vecino régimen de Maduro, Petro acusa a los chilenos de ser cómplices del dictador muerto por haber votado contra una constitución sin consenso y llena de ripios. La de Petro es una frase macabra, dado que Pinochet no sólo está muerto, sino que además es un cadáver político. Pero es común que los comunistas identifiquen cualquier posición contraria a las suyas con la derecha más extrema. Tal vez por eso la palabra «fascista» haya tenido una sobrevida que se extendió mucho tiempo después de que los regímenes de esa ideología hubieran desaparecido del mapa. De hecho, buena parte de la izquierda no acepta que el comunismo también sea totalitario, como demostraron, entre otros, Hannah Arendt y Claude Lefort (que no son, precisamente, pensadores de derecha). Es curioso, porque los estados fascistas duraron mucho menos que los comunistas y, sin embargo, siguen vigentes como descalificación política, mientras que «comunista» no puede usarse del mismo modo. Hoy el fascismo se declara resucitado, aunque no gobierna como tal en ninguna parte, y sólo lo reivindican grupos muy minoritarios, mientras que el comunismo sigue activo en el poder o intenta alcanzarlo en todo el mundo, aunque se lo dé por enterrado definitivamente. De nuevo, esto tiene su historia: a principio de los años treinta, antes de que Stalin decidiera impulsar la política de los Frentes Populares, los comunistas llamaban no sólo fascistas a los monárquicos o a los conservadores, sino también «socialfascistas» a los partidos de izquierda, a los socialistas que no se sometían a la dirección soviética. Hoy, mientras Petro acusa al 62 por ciento de los chilenos de revivir a un dictador muerto, el papa declara el afecto que lo une a Raúl Castro, un dictador vivo, responsable y cómplice de las muertes, la cárcel, el hambre, el silencio y el exilio de tantos cubanos. El exabrupto de Petro es testimonio de esa curiosa asimetría por la cual Pinochet se usa como Cuco y el Che Guevara como remera. «Hagan lío», diría Francisco.

Se podría pensar que en una democracia conviven y se alternan los partidos de izquierda y los de derecha (ésa es casi la definición misma de la democracia), pero líderes políticos de sistemas formalmente pluripartidistas intentan vetar la posibilidad de una alternancia y vislumbran un futuro sin enemigos a la vista demonizando a una parte del espectro político, como se aprecia en estas declaraciones del presidente argentino:

 

«Nuestro enemigo es la derecha maldita que quiere volver».

Presidente Alberto Fernández, 28 de mayo de 2022

«La derecha que promueve el odio y la violencia no debe tener cabida en el mundo que vivimos».

Presidente Alberto Fernández, 19 de septiembre de 2022

 

Sería inconcebible que un laborista proponga hacer desaparecer del mundo a los tories en el Reino Unido o que un frenteamplista quiera eliminar al Partido Blanco uruguayo. Sin embargo, destruir, eliminar o hacer desaparecer a la oposición es el confesado objetivo del presidente Fernández, con la justificación de que promueven el odio y la violencia. Por otro lado, Fernández no tiene nada que reprocharle en materia de odio y de violencia al régimen chavista, a favor del cual su gobierno vota en todos los foros internacionales. Resumiendo, el comunismo no existe, pero la derecha debe ser extinguida.

Una parte de la izquierda latinoamericana no es tan recalcitrante con los opositores ni tan tolerante con los regímenes totalitarios como lo es el kirchnerismo. En Chile, al menos en principio, el presidente aceptó el resultado del plebiscito sin incurrir en las descalificaciones de su deslenguado colega colombiano (o del igualmente deslenguado embajador argentino Rafael Bielsa) y su predecesora Michel Bachelet denunció las violaciones de los derechos humanos de Maduro en su informe para la Organización de las Naciones Unidas (onu). Pero la posición de Boric es compleja. Parte de su coalición de gobierno no piensa como él. Hay una enorme ambigüedad al respecto en buena parte de la izquierda, y como ocurrió con el plebiscito, Boric se encuentra ante la disyuntiva de apoyar lo que el ala radical de su coalición le demanda o aceptar que esta se quiebre si adopta posiciones más moderadas. La contradicción es profunda. ¿Puede un país democrático ser amigo de un país totalitario? O, dicho de otra manera, ¿hasta dónde llega la afinidad ideológica entre las distintas expresiones de la izquierda? Recurriendo una vez más a la historia, uno puede preguntarse por la traición de los comunistas al Frente Popular en Francia, cuando Stalin pactó con Hitler, o en la Guerra Civil Española, cuando el estalinismo exterminó a no pocos dirigentes y militantes de los partidos de izquierda que eran sus aliados en el gobierno republicano y le facilitó la victoria al franquismo. Pero no es de buen tono mencionar esos antecedentes políticos: el estalinismo, como suelen recordarnos, es cosa del pasado, como la Guerra Fría. En el presente, sin embargo, los regímenes cubano, venezolano y nicaragüense siguen reprimiendo a los disidentes con censura, cárcel, tortura y muerte por pensar distinto, por manifestarse, por entonar canciones no aprobadas. Pero Alberto Fernández, Cristina Kirchner y Evo Morales, entre otros, acompañan abiertamente la represión, porque sus aliados están contra «la derecha», contra el neoliberalismo, contra el «imperialismo norteamericano». Cabe preguntarse quién es el que actualiza la Guerra Fría, quién recurre a las mismas consignas, a esas consignas con las que no pocos intelectuales y artistas de todo el mundo ignoraron en su momento o directamente acompañaron los genocidios estalinista y maoísta con el argumento de que por ellos pasaban los caminos de la libertad y la justicia. Un acompañamiento que se podía reducir a una especie de parodia siniestra del dicho: «Tendrán sus defectos, pero son nuestros amigos».

 

«El anticomunismo está huérfano, ya que ni siquiera puede asumirse como tal: son muy pocos los que se atreven a declararse anticomunistas, y entre ellos tampoco hay una unidad política ni ideológica. Los anticomunistas no pueden siquiera hacer valer sus triunfos, el más importante de los cuales fue, sin duda, el colapso del bloque soviético, prologado por la caída del Muro de Berlín el 9 de noviembre de 1989»

 

Entre los personajes grotescos que el kirchnerismo le ha dado al mundo, se podría elegir como defensor de las posiciones más abiertamente abyectas al embajador argentino en China, que parece menos el representante de un país extranjero que un militante al servicio de la causa del huésped y, en particular, de su Presidente. Cada vez que tiene un micrófono delante, el personaje formula declaraciones de este tenor:

 

«Bajo el liderazgo del pcch [Partido Comunista Chino], el desarrollo económico y social de China en la última década ha sido admirable».

Sabino Vaca Narvaja, embajador argentino en Pekín

 

Nadie ignora que la expansión económica china está relacionada con la economía capitalista: en la China de Xi Jinping, la propiedad privada, incluso en su dimensión más corporativa, está lejos de ser abolida. De hecho, el Presidente manifestó su deseo de que hubiera cada vez más millonarios, y no hay nada en el sistema económico que lo haga incompatible con el odiado neoliberalismo. Pero, si en China no rige la dictadura del proletariado, la del partido es tan férrea como lo fue desde los tiempos de Mao Tse-Tung y controla a 1.500 millones de personas, que cada vez son más vigiladas, disponen de menos libertad y carecen completamente de derechos. ¿Es el chino un capitalismo bueno, mientras que el sueco o el estadounidense son capitalismos malos? Así parece: el capitalismo es aceptable sólo cuando su instrumentación está a cargo de un partido que está del lado correcto de la historia, es decir, en contra de la derecha que promueve el odio. Porque lo más importante no es ni qué desarrollo se le permite a la iniciativa privada ni qué dimensión tienen los mercados ni cuánta injerencia tiene el Estado en la economía. Lo importante es que el partido y sus líderes tengan el poder total.

Suelo sentir cierta perplejidad cuando personas con educación universitaria, que se reclaman defensoras de los derechos humanos y que en los países democráticos denuncian hasta la calidad de las viandas estudiantiles, se callan frente a dictaduras crueles que reprimen, empobrecen y aterrorizan a sus ciudadanos. O cuando consideran un acto fascista cualquier intervención de las fuerzas de seguridad mientras ignoran o aplauden la violencia de las milicias políticas chavistas, sandinistas o del fundamentalismo islámico. También resulta increíble que quienes apoyan el woke y la cultura de la cancelación en nombre del feminismo se opongan a la lucha de las mujeres por liberarse del burka, la ablación del clítoris y las leyes penales homofóbicas de ciertos regímenes islámicos. Igualmente absurdo es que apoyen la indefendible invasión rusa a Ucrania y acepten el desmán de un autócrata con veleidades zaristas porque se enfrenta al imperialismo estadounidense.

 

 

Gobiernos híbridos

 

Aunque uno se indigne, hay que aceptar que hay un mundo allí, un mundo de gente ilustrada dispuesta a apoyar todo lo que se oponga a las democracias, incluyendo las dictaduras y los grupos terroristas. En nombre de la lucha contra el neoliberalismo, se recurre a los viejos métodos de censura e intimidación que silenciaron el anticomunismo y lo convirtieron en una palabra prohibida. Hablar del mundo libre, por ejemplo, es recurrir a un cliché de la Guerra Fría, pero no pasó de moda seguir identificando al «imperialismo yanqui» como el gran enemigo de la humanidad. La gran pregunta es cómo se llegó a esto, cómo fue que los métodos comunistas para desprestigiar y acallar las voces de sus adversarios hayan llegado intactos hasta nosotros después de que el comunismo perdiera empuje. Pero cuando casi nadie cree en la expropiación total de los medios de producción y los proletarios del mundo están definitivamente desunidos, los profesores y estudiantes de humanidades en Occidente repiten y enseñan las consignas de una doctrina instalada con más fuerza que el viejo materialismo histórico. Han heredado de sus antecesores una retórica y un modo de organización que enmascara sus propósitos, se mueve entre bambalinas, intimida a los neutrales y arrastra a los biempensantes, así como la avidez por el poder y la eficacia para silenciar el anticomunismo presente y pasado.

Sostener que el comunismo no existe sólo porque los partidos y regímenes que se declaran como tales son escasos, es una formalidad. Pero es hipócrita hacerlo a partir de que los modelos políticos y económicos actuales se alejan del paradigma instalado por la urss en tiempos de Lenin y Stalin. Del comunismo han sobrevivido —y gozan de espléndida salud— una ideología y un tipo de organización política que se oponen frontalmente a la democracia liberal a la que intentan reemplazar por Estados policiales en los que no hay derechos individuales: Estados de partidos únicos, líderes mesiánicos y gobiernos perpetuos. Regímenes en los que una casta burocrática acrecienta y sostiene con mano de hierro, en nombre de la igualdad, los privilegios que la distancian de la población llana.

Esos regímenes pueden llamarse de muchos modos, pero nada los diferencia, en la ideología y en los hechos, de la práctica histórica del comunismo en el poder y en la oposición. El comunismo en la oposición se rige por la estrategia dual establecida por Lenin cuando se oponía a la Asamblea Constituyente y, simultáneamente, proponía delegados para integrarla. Lograr que en un sistema democrático el Poder Ejecutivo controle el Parlamento y designe a los jueces es otra manera de participar de la democracia para terminar con ella como intentó y logró Lenin. Y de esa estrategia participan gobiernos híbridos como el argentino, el boliviano o el colombiano en un camino que desemboca en las dictaduras ortodoxas con las que trabajan en explícita alianza diplomática.

 

 

«La izquierda radical no tiene problemas con el ultracapitalismo sin derechos laborales impuesto en China ni con la teocracia iraní ni con los afanes imperialistas de Putin. No es el neoliberalismo lo que la ofende, así como no la subleva la desigualdad ni la opresión»

 

 

La Wikipedia, con su tendencia al eufemismo, define así el Foro de San Pablo, la organización que reúne voluntades para tomar el poder en los países de América Latina y conservarlo a cualquier precio:

 

«El Foro de São Paulo es un foro de partidos y grupos políticos de izquierda de América Latina, desde reformistas centroizquierdistas hasta colectividades políticas de izquierda revolucionaria de América Latina, fundado por el Partido de los Trabajadores de Brasil en São Paulo en el año 1990. De acuerdo con sus fundadores, el Foro fue constituido para reunir esfuerzos de los partidos y movimientos de izquierda, para debatir sobre el escenario internacional poscaída del Muro de Berlín con el objetivo de combatir las consecuencias del neoliberalismo en los países de América Latina».

 

La definición nos devuelve a la caída del Muro, a la reacción de quienes lo consideraron una derrota y a su decisión de seguir peleando la Guerra Fría ante la extinción del bando conformado por la urss y sus satélites. El Foro de San Pablo es una de las propuestas que tomó ese relevo, la expresión de superficie de una decisión más profunda cuyos integrantes comparten una visión del mundo y desde allí coordinan sus acciones en la política, la diplomacia y la prensa.

Sin embargo, aunque el neoliberalismo es el cuco, el comodín y el símbolo de sus adversarios, no es, en el fondo, su enemigo, así como la justicia social no es su objetivo. La izquierda radical no tiene problemas con el ultracapitalismo sin derechos laborales impuesto en China ni con la teocracia iraní ni con los afanes imperialistas de Putin. No es el neoliberalismo lo que la ofende, así como no la subleva la desigualdad ni la opresión. Incluso, se podría dar un paso más en la caracterización del comunismo actual. Una de las características del capitalismo contemporáneo es que exacerba la competencia hasta límites indecibles. Se podría pensar que el comunismo es hoy el mejor intérprete de ese sistema, justamente porque educa a sus miembros en el arribismo social y los promueve para convertirlos en integrantes de la clase dirigente. Una de las facetas de esta educación, en el sentido más literal, copia el sistema de los «pioneros» soviéticos y, desde una edad cada vez más temprana, adoctrina a los niños en la militancia y en la obediencia a las reglas del partido, ya sea para tomar escuelas o para delatar a los disidentes. El arribismo comunista tiene lugar en Cuba, donde la diferencia entre un miembro de la nomenklatura castrista y un ciudadano común es escandalosa, pero también en la Argentina, donde el kirchnerismo actúa sobre el Estado como una fuerza de ocupación, distribuye cargos y promueve negocios para sus integrantes y sus familias en todas las instituciones que controla. Después de todo, la denostada meritocracia neoliberal tiene una expresión perfecta en la carrera que lleva a ser un alto cuadro del partido. Los comunistas, con sus consignas igualitarias expresadas en un lenguaje codificado, hablan en secreto el dialecto de los privilegiados que no quieren dejar de serlo: son parte de la burguesía cuando no la burguesía misma.