
Desde las vanguardias en adelante, han sido muchos los intentos por acabar con la diacronía como dispositivo principal para dar cuenta de una realidad. Me refiero simplemente a la tentación de reemplazar el recurso a la narración de historias para representar un mundo. La mayoría de los escritores no ha pasado del experimento formal, suscitando apenas el entretenimiento de lo lúdico o el desconcierto del absurdo. Pocos, sin embargo, poquísimos, han logrado sustituir satisfactoriamente el viejo mecanismo narrativo. El museo de la bruma de Galo Ghiliotto —que vuelve a reeditarse a siete años de su publicación original— lo logra de manera genial y muy efectiva. Imitando la sincronía que proponen los museos, el autor cruza, de manera aparentemente aleatoria, una serie de objetos que, a medida que se los considera en relación con el resto, hacen emerger un mundo reconocible: el ilimitado paisaje de la Patagonia.
Siguiendo el lenguaje museográfico, las fotografías, las pinturas, las cartas, artículos de diario, informes secretos, cráneos y una sucesión infinita de objetos de toda laya, aparecen aquí catalogados en base a un número (Pieza Nº 205, Pieza Nº 106, etc.) que va acompañado por una breve leyenda explicativa y la especificación técnica del objeto expuesto (material, dimensiones y sala del museo en la que supuestamente se encontraba). Así, la fotografía de un selknam abatido por un «cazador de indios» a finales del siglo XIX, convive con relatos de prisioneros del campo de concentración de Isla Dawson, una carta de Otto von Bismarck a su amante (auspiciando la captura de indígenas para exponerlos en Alemania), dos notas publicadas en El Mercurio sobre el matrimonio de conspicuas familias de Punta Arenas y testimonios sobre la misión salesiana de San Rafael para evangelizar a los alacalufes. El efecto de estar visitando un museo de manera virtual es casi inmediato. El hombre contemporáneo ya ha asimilado completamente el discurso museal —precursor, en algunos sentidos, del que construyen hoy las redes sociales— de modo que el «visitante» no tiene ningún problema en tomar estos elementos heterogéneos y fabricarse un relato general.
«Bienvenidos al Museo de la Bruma», reza el panel inicial; y continúa: «Con enorme gusto abrimos las puertas de nuestro museo a todas las personas interesadas en la historia y circunstancias que forjaron nuestra querida Tierra del Fuego». Puesta en el umbral del libro, la frase recuerda el tono con que se da inicio a La vuelta del Cristo de Elqui, de Parra: «Y ahora con ustedes, Nuestro Señor Jesucriso en persona, que después de 1977 años de religioso silencio, ha accedido gentilmente a concurrir a nuestro programa gigante de Semana Santa». Ambos preámbulos tiñen toda la lectura de la que vendrá, agregan un nivel de extrañamiento a los textos e imágenes para devolverles su precariedad, mediante el desplazamiento del género discursivo (de la novela al museo, en Ghigliotto; del sermón religioso a la entrevista televisiva, en Parra). El efecto
—uno de los efecto— es una suerte de humor desquiciado. En El museo de la bruma se trata de un humor ante lo ominoso, única forma para acercarnos al horror y al salvajismo que se nos está presentando, emociones que el lector sabe, en el fondo, que subyacen también en él.
A medida que se avanza en la lectura —a medida que recorremos el museo— nos damos cuenta de que existen dos núcleos temáticos en torno a los que orbitan todos los objetos. Uno es el que se concreta en la figura de Walter Rauff, uno de los personajes más siniestros de nuestra historia. Coronel militar de la SS nazi, participó en el asesinato de cientos de miles de personas de Europa del Este, en buena parte judíos. Rauff habría sido el propulsor de las cámaras de gas móviles, un mecanismo que eliminaba prisioneros mientras los trasladaba en camiones. Terminada la Segunda Guerra Mundial, y tras vivir en países tan dispares como Siria y Ecuador, en 1958 se asentó en Chile. En los Setenta se va a vivir a Porvenir, trabajando en estancias y en la industria de la pesca. Murió tranquilamente en Chile, en 1984. Pese a las insistentes peticiones de extradición por parte de Alemania, ningún gobierno de Chile —desde inicios de los sesenta hasta la muerte de Rauff— accedió a la solicitud, para no contravenir el fallo negativo de la Corte Suprema chilena.
Partiendo de este personaje, el museo opera por contigüidad o metonimia, lo que le permite unir las masacres del holocausto con las torturas del gobierno militar. Los disímiles objetos que componen la sala del Museo —desde un informe secreto de la CIA que vincula a Walter Rauff con la DINA, hasta un óleo del propio Rauff que capta la vista de su casa, pasando por la receta del gas sarín y los planos del campo de concentración en Isla Dawson— se alternan con testimonios ficticios, que muestran que la habilidad de Ghigliotto para concebir el collage convive con el oficio de un narrador avezado. Los relatos de la vecina de Porvenir sobre Walter Rauff y el testimonio del compañero de celda del alemán, para dar solo dos ejemplos, agregan necesarias dosis de ficción que contribuyen a darle mayor unidad al libro.
El otro núcleo de El museo de la bruma está relacionado con el contacto con los pueblos indígenas de Tierra del fuego y su brutal exterminio (o, en el mejor de los casos, su evangelización y aculturación por parte de la misión salesiana). También aquí hallaremos todo tipo de vestigios materiales del espanto y de nuestra prodigiosa habilidad como país para no enterarnos de los horrores perpetrados en la Patagonia. Y más allá de la turbación que suscitan los crímenes expuestos, estas páginas remueven también en el fondo la fascinación que ejerce en el hombre occidental la posibilidad de enfrentarse con un estadio que percibe como primitivo o anterior a lo que estima una conquista de su civilización. Dan ganas de aceptar la tesis de Baudrillard —que aquí viene expuesta justo en el medio del libro, como una pieza más del museo— según la cual para los alacalufes el hombre blanco nunca existió, porque no alcanzó a ser inteligible para ellos. Ese no reconocerle la existencia, según Baudrillard, es un potente elemento desestabilizador de la civilización occidental, porque indica la arbitrariedad de su orden, que no puede ser inoculado sino por la fuerza. La de los alacalufes sería una venganza tan implacable como involuntaria.
Ha resurgido, en las últimas décadas, el afán literario por captar los paisajes chilenos extremos. En su imposible delimitación, el desierto de Atacama y la Patagonia aparecen como hojas en blanco, en las que se puede ensayar utopías y distopías que no requieren de ningún elemento fantástico. Junto al notable ensayo que es Huesos sin descanso de Cristóbal Marín y al lado de la voz narradora de Patricio Guzmán en su documental El botón de nácar, habrá que hacer espacio ahora a este museo fantasma, y ubicarlo no ya bajo la bruma patagónica sino a la luz de los inesperados aciertos de nuestra literatura contemporánea.