
Y pensar que hoy, si uno deja de responder al celular en un par de días, se desata el alarmismo y se alimentan las más fantásticas elucubraciones.
En una realidad que hoy juzgaríamos distópica, un hombre se sube a un tren en Chillán para ir al bautizo de su nieto en Iquique. Quienes lo van a buscar a la estación encuentran solo una maleta con parte de la comida preparada para el viaje. Ni rastro del hombre, que se pierde la ceremonia y nunca más vuelve al sur. Casi 50 años después, en enero de 1999, el esqueleto de Julio Riquelme Ramírez aparece completamente vestido, a una veintena de kilómetros de la ferrovía, en pleno desierto de Atacama.
Ha pasado un cuarto de siglo desde la publicación de una de las crónicas más famosas de nuestra literatura contemporánea, y el tiempo que corre parece jugarle a favor. Si ya a inicios de los 2000, cuando Francisco Mouat nos entregaba la primera versión de El empampado Riquelme, las preguntas que planteaba la crónica nos atrapaban por inverosímiles —¿cómo es posible que nadie lo haya buscado con mayor ahínco? ¿cómo pudo aparecer con su traje bien ceñido y el sombrero sobre el pie? ¿se cayó o se bajó del tren?— hoy, en una época que no tolera la incertidumbre, la distancia con ese Chile de los años 50 que Mouat recrea sigue alargándose, como los rieles de ese tren que hace años que dejó de atravesar el desierto.
Lo sabemos: la imposibilidad de perdernos es justamente una de las pérdidas que más lamentamos de nuestra época actual. Aunque en la superficie se aprecie lo contrario, aunque trabajemos contra nosotros mismos sometiéndonos al control, lo cierto es que estamos agotados de que cualquier pregunta tenga una respuesta inmediata, aburridos de que todos seamos rápidamente ubicables, exhaustos, en definitiva, de que a todo objeto corresponda un predicado informativo. Más allá del atractivo esencial de una historia tan extraordinaria como esta, lo que nos seduce de la crónica de Mouat está relacionado con la nostalgia por un mundo de límites difusos.
Vuelvo a leer El empampado Riquelme y me fijo en algo aparentemente lateral a la historia: la posibilidad real, en una parte no desdeñable de la población de hace no tantos años, de ni siquiera saber a ciencia cierta quién era tu padre, o el día preciso en que naciste. La búsqueda detectivesca de Mouat incluye averiguaciones sobre el nacimiento de Riquelme, oriundo, según deja ver su carnet, de Linares. El registro civil de ese lugar, sin embargo, le informa que no hay ninguna constancia de su inscripción al momento de nacer. ¿Quién sabe si efectivamente nació el 11 de abril de 1897? Es muy probable, sugiere la crónica, que muchos años después el propio Riquelme haya tenido que ir a declarar la información sobre su origen.
Sin zonas de ambigüedad, sin incertidumbre, sin una nube en el origen, no hay mito. En otras palabras: no hay tiempo para elaborar una parábola que dé sentido a lo que somos.
Una de las virtudes del libro de Mouat es la pluralidad de aproximaciones que permite. El empampado —me hago eco de muchas lecturas anteriores a la mía— es una historia policial, una reflexión sobre los vínculos familiares (en especial el de la paternidad), un retrato del desierto. Y a propósito de este último podríamos situarlo junto a Patricio Guzmán (valga el homenaje póstumo) y su documental Nostalgia de la luz; y al lado del más reciente libro Atacama fantasma, de Cristóbal Marín, uno de los más logrados ensayos sobre el desierto. Si de los estrictos dominios geográficos pasamos a los de la ficción, acaso el silencio de la región más árida nos recuerde a Pedro Páramo y su pueblo de fantasmas. Ernesto Riquelme, el hijo de Julio, como Juan Preciado. La prosa de Mouat no será la de Juan Rulfo, pero comparte con ella su minimalismo sin alarde.
El empampado es también un esfuerzo —casi afectivo diría— por delinear una comunidad nacional, por bajar esta noción tan abstracta a un suelo que va acumulando un poco de historia. No deja de ser muy revelador que los puntos entre los que se desarrolla la crónica sean Chillán, en el incipiente sur, e Iquique, por el norte, y que ambos estén unidos por una línea tan concreta como los rieles de un tren. Mouat traza una distancia espacial y temporal desmedida, y se interesa por un hombre con el que solo comparte una cosa: ambos son chilenos. Así, mientras intenta paso a paso acercarse a Riquelme, el cronista va escribiendo una historia de la comunidad que es Chile.
De ahí el cuidado por apuntar cada nombre propio que encuentra en su camino, aun cuando tal información no parece esencial para resolver el enigma: «Angélica Inostroza Henríquez, la gentil oficial del registro civil»; «el cabo Ricardo Fuentes», el primero en dar con las pertenencias de Riquelme; «Mario Urrutia», colega del Empampado y exempleado de la Caja de Crédito Agrario. El lector que ya acumula algunos años llega casi a conmoverse cuando nombran instituciones como esta última, y le presta un aura amable a una organización de la que ignora todo. Lo mismo ocurre con otras asociaciones que vieron mejores tiempos. Entre las pertenencias que se conservan de Riquelme hay un carnet del Partido Radical y otro del Club Deportivo Progreso de Chillán, antaño rival de Ñublense.
¿Se resuelve al final el misterio? Eso se lo dejaremos al lector. Sí podemos anticiparle que el autor confiesa las razones que lo llevaron a obsesionarse con Julio Riquelme Ramírez. «Tengo una fijación, no sé muy bien por qué, con los perdidos, con los que desaparecen y no dejan huella, con aquellos sujetos que escriben con sus vidas una historia mínima que apenas alcanza a tocar a los pocos que están cerca […]. Ellos hablan a veces con más fuerza que ningún otro de la condición humana: por su fragilidad explícita, por la mayor libertad que solemos tener para saber cómo viven, porque viven sin mucho que ganar y casi siempre acaban perdiendo». Parece un manifiesto del realismo, preocupado de enfocar las «vidas mínimas», y son palabras, en cambio, de un consumado cronista.