
«¿Se puede sostener una poesía que quiere ser siempre ingeniosa?», se pregunta con malicia e inconfesada envidia Luis Oyarzún, a propósito de la lectura de La musiquilla de las pobres esferas de su amigo Enrique Lihn. Y aunque, a continuación, con la acidez e inteligencia que caracterizan las reflexiones de su Diario íntimo, Oyarzún intente probar lo contrario, achacándole a Lihn los vicios que este endosara a Neruda —un egocentrismo que nublaría su juicio y una dudosa singularidad—, el intelectual no puede dejar de reconocer, a regañadientes y tras un largo rodeo, la «admiración» y el «arrobo» que suscita en él la poesía Lihn.
Admiración y arrobo, sin embargo, son las actitudes que deberíamos dejar de lado si tomáramos al pie de la letra el proyecto poético que se forjó tempranamente el poeta de La pieza oscura, como consta en los textos que componen esta selección de escritos críticos. Publicado inicialmente en 1997 bajo el cuidado de Germán Marín, El circo en llamas permite abarcar con una mirada panorámica las obsesiones y los principios que guiaron tanto su práctica de escritura como el lugar que le cabía al poeta en su propia tradición. Una de estas ideas fijas, justamente, es la de sostener una poesía «escéptica de sí misma» —frase que Lihn toma prestada de Huidobro— para así poder convertirse él mismo en un inagotable destructor de mitos.
La reciente edición de El circo en llamas, ahora aparecida por la editorial UDP, intimida. En la portada nos mira un Lihn inquisitivo, en fotografía del artista Carlos Altamirano, desafiándonos a abrir este volumen de casi 850 páginas. Prólogos, reseñas, falsas cartas, artículos académicos, ensayos varios, notas, escritos inéditos, no importa el género o el soporte, no importa el tiempo en que fueron escritos: ninguna observación de Lihn está ahí abandonada como un gesto mecánico; cada línea es un reto a tensar las coordenadas teóricas de interpretación. No sabemos si se puede sostener una poesía que quiera ser siempre ingeniosa —en ese exceso cayeron, alguna vez, hasta los mejores quevedos y los góngoras—, pero sí puede adivinarse en los textos críticos de Lihn un empeño por desafiar perpetuamente la inteligencia del lector, alejándolo siempre de la banalidad o el lugar común.
La variedad de soportes y géneros, y el extenso arco temporal que cubren estos textos — un denso ensayo aquí incluido data de cuando el autor tenía apenas 22 años— permiten, decíamos, identificar ahora en un solo libro ciertas ideas latentes que asediaron a Lihn en su trayectoria. Su idea de Latinoamérica por ejemplo, y la de las particularidades del artista latinoamericano. Lihn concedía la máxima importancia a la historia, como simple acumulación de años vividos por un pueblo en un determinado contexto geográfico. Para él, la única —pero radical— ventaja de los escritores o artistas europeos era contar con un pasado de muchos años. Esto explicaría, por contraposición, los caminos imprevisibles que toman algunos de nuestros poetas en América Latina. A falta de pasado propio, estos integran todos los pasados del mundo en nuestro presente. El resultado —y Lihn lo ejemplifica de manera brillante en «El lugar de Huidobro»— son autores impredecibles y contradictorios, de «personalidad babélica», capaces de hacer converger en sí mismos una serie de movimientos asimilados de manera abstracta e incongruente. Tiros al aire que alcanzan la cima de una cultura o una civilización concebida en términos amplios, pero que no responden a una evolución orgánica interna de sus propios pueblos.
En otra recurrencia evidente cabe situar los escritos dedicados específicamente a la poesía chilena, que dan cuenta de buena parte de su obra crítica. Quien crea tener una idea más o menos estable de esta tradición, verá cómo tambalean casi toda sus certezas cuando se aproxime a ella con los ojos de Lihn. No salimos indemnes de la lectura de estos textos. A veces ocurre que el deseo de alcanzar una comunidad de sentido alienta nuestra indulgencia hacia figuras tutelares, ante las que suspendemos, alegres, el juicio crítico. Pues bien, ahí está Lihn para quitarnos aun eso, con advertencias difíciles de retrucar. El efecto es que uno termina casi avergonzándose de la idea inicial que tenía sobre ciertos poetas; efecto que dura hasta que nos sacudimos, con gesto que alabaría el poeta, el influjo que él ejerce en nosotros.
Tanto como en su poesía, en estos textos Lihn orienta la hiperlucidez que lo caracteriza hacia la performatividad de una ética personal. Y la primera regla que se autoimpone es que, a la hora de enfrentar un argumento, no conviene aceptar una posición que pueda definirse como antagónica de otra. De ahí que sea difícil verlo formar parte de movimientos políticos colectivos, aun cuando comparta con los miembros de estos la condena de un determinado sistema o modelo (Lihn acaso es uno de los más lúcidos críticos de la Dictadura). Algo similar podríamos decir de su lugar en la literatura. Sus lecturas de Neruda, Mistral, Parra o Huidobro, más que explicar una adhesión o una crítica, buscan cuestionar el eje que históricamente se ha usado para enfrentar a partidarios y detractores de los vates. Nosotros, por supuesto, con apetito semi farandulero, ahí estamos para contravenirlo y descifrar el juicio negativo o positivo que subyace a sus conjeturas sobre un poeta.
Si Lihn no le diera salida a su constante desarticulación crítica, el resultado sería entonces la prosa de un escritor pesado, casi insoportable, fruto de una susceptibilidad que apenas dejaría en pie a algunos escritores geniales. Pero felizmente Lihn supo compensar la lucidez con la deriva burlesca, esperpéntica, con una gran carcajada que acerca y asusta, como la del personaje del Pingüino en el Paseo Ahumada.
Gracias sean dadas a Nicanor Parra por inspirar este contrapeso.