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Soluciones ecológicas: más allá de las tragedias y el Leviatán

Elinor Ostrom y Garret Hardin

Dr. Pablo Paniagua
Investigador senior FPP y Director Académico del Magíster en filosofía, política y economía (MPPE) de la Universidad del Desarrollo Á. N.16.

 
La gestión de los bienes comunes ha sido tradicionalmente pensada como un dilema sin salida: o privatización o control estatal. Este artículo revisa ese supuesto a partir del clásico planteamiento de la «tragedia de los comunes» y lo contrasta con investigaciones que muestran que la cooperación y el autogobierno no solo son posibles, sino que han funcionado en contextos reales. Más que una tragedia inevitable, los recursos compartidos aparecen aquí como un espacio de acción colectiva, donde las reglas, los acuerdos y la organización local pueden ofrecer alternativas sostenibles para enfrentar problemas comunes en sociedades complejas.

 

 

«Lo que es común para la mayoría es de hecho objeto del menor cuidado. Todo el mundo piensa naturalmente en sí mismo y raras veces en el interés común»

Aristóteles

 

 

 
En 1968 el científico y ecologista Garrett Hardin (1915–2003) publicó en la revista Science un ensayo que cambió para siempre el debate acerca de los recursos ecológicos y la acción colectiva en las ciencias sociales, el célebre ensayo: «La tragedia de los comunes».[1] En dicho ensayo, Hardin señala como las acciones individuales y auto-interesadas de los individuos pueden, en situaciones donde no hay derechos de propiedad, llevar a catástrofes colectivas. Este ensayo ha ejercido una enorme influencia en la biología, la ecología y en diversas ciencias sociales, por lo que es todavía el gran texto que sigue influyendo en como los científicos sociales entienden las tragedias de los bienes comunes en particular, y las tragedias ecológicas en general.[2] Desde el cambio climático, la sobreexplotación de los pesces en el océano, la depredación y la extinción del pájaro Dodo, la casi extinción del bisonte americano, la depredación de los bosques amazónicos, etcétera, todos estos son fenómenos que se pueden entender a través del famoso concepto de la tragedia de los comunes.

De hecho, el problema de los bienes comunes es hoy cada vez más importante para nuestras vidas en un mundo complejo e interconectado, y, por tanto, más central para la economía que en 1968 cuando Hardin escribió su artículo. Con el crecimiento económico, la capacidad de carga y de explotación del planeta —en lo que respecta a los recursos naturales y la calidad del medio ambiente— se ha convertido en una preocupación cada vez mayor, sobre todo en el caso de los recursos de propiedad común y de libre acceso como tantos recursos ecológicos desde los bosques, pasando por los pesces y hasta la calidad del aire que respiramos. Dado estas preocupaciones ecológicas, en este ensayo exploraremos, primero, la idea de la tragedia de los comunes de Garret Hardin para entender como los científicos sociales tienden a pensar que las personas se encuentran atrapadas en tragedias ecológicas de las cuales no pueden escapar. Y, segundo, como el pensamiento de la primera mujer Premio Nobel de Economía Elinor Ostrom (1933–2012), ayuda a desafiar dicha forma de pensar pesimista, al plantear la posibilidad de que los individuos y las comunidades locales puedan resolver muchas de aquellas tragedias ecológicas sin necesidad de intervención externa o de un «Leviatán» que las guíe.

 

«En una situación donde no hay derechos de propiedad bien definidos (i.e., no hay propiedad privada), o no existe la posibilidad de excluir a los otros consumidores o usuarios de un bien, lo que tiende a ocurrir es que las personas tienen los incentivos personales de corto plazo para tratar de sobreexplotar bienes ecológicos o compartidos antes que lleguen otras personas o usuarios a consumirlos».

 

 

Garret Hardin y el pesimismo de las tragedias

 

Para entender el concepto de la «tragedia de los comunes», Hardin en su ensayo utiliza una famosa alegoría basada en el comportamiento individual de distintos ganaderos que llevan simultáneamente sus vacas a pastar a una pradera común sin propiedad privada (o de libre acceso para todos). Lo que ocurre entonces, señala Hardin, es que cada ganadero tiene los incentivos personales para llevar cada vez más vacas a pastar y a comer gratis al pastizal común, lo que, últimamente, genera una tragedia colectiva, ya que al final el pastizal termina por sobre-consumirse y agotarse, haciendo que no haya alimento futuro para el ganado. En palabras de Hardin:

 

«La tragedia de los comunes se desarrolla del siguiente modo. Imagínese una pradera abierta para todos. Cabe esperar que cada ganadero tratará de mantener el mayor número de cabezas de ganado posible en este terreno común. … En cuanto ser racional, cada ganadero busca maximizar sus ganancias. Explícita o implícitamente, con mayor o menor grado de conciencia, se pregunta: “¿cuál es para mí la utilidad si agrego un animal más a mi rebaño?” Esta utilidad tiene un componente positivo y uno negativo.

 

1. El componente positivo es una función del incremento en un animal. Como el ganadero recibe todas las ganancias de la venta del animal adicional, la utilidad positiva es cercana a +1.

 

2. El componente negativo es una función del sobrepastoreo adicional generado por un animal más. Toda vez que los efectos del consumo adicional de pasto son compartidos por todos los ganaderos, la utilidad negativa para cualquier ganadero enfrentado a esta decisión será solo una fracción de -1.

Sumando los componentes de estas utilidades parciales, el ganadero racional concluye que para su interés el único curso sensato a seguir es agregar otro animal al rebaño. Y luego otro… Pero esta es la conclusión a la que llegarían todos y cada uno de los ganaderos racionales que comparten un terreno común. Allí radica la tragedia».

 

Así las cosas, lo que nos señala Hardin es que en una situación donde no hay derechos de propiedad bien definidos (i.e., no hay propiedad privada), o no existe la posibilidad de excluir a los otros consumidores o usuarios de un bien (ya que en el ejemplo de Hardin la pradera está «abierta para todos»), lo que tiende a ocurrir es que las personas tienen los incentivos personales de corto plazo para tratar de sobreexplotar bienes ecológicos o compartidos antes que lleguen otras personas o usuarios a consumirlos. Este contexto de «consumir antes de que otros lo hagan» y la «no posibilidad de poder excluir a otros», genera incentivos perversos que hacen que la gran mayoría de las personas tienda a sobreexplotar (sobre-consumir) los recursos lo más rápido posible (antes que otros lo hagan), generando una carrera hacia el uso intensivo que termina siendo mucho más elevado que la capacidad de reposición del recurso. De esta forma, si el consumo total de un recurso es superior a su capacidad de reposición o de regeneración, entonces el recurso tenderá a agotarse, dejando a todos los ganaderos sin pastizal en el largo plazo, conduciéndolos a una tragedia colectiva.

 

 

En este famoso pasaje, Hardin también hace alusión a un concepto importante de economía política: la idea de beneficios concentrados en el individuo y costos dispersos en lo sociedad, que incentiva a los individuos a comportarse de ciertas maneras que son racionales en lo individual, pero que pueden generar catástrofes colectivas. En el ejemplo del pastizal de Hardin, este nos señala que los ganaderos recibirán todas las ganancias directas de hacer pastar a un animal adicional en la pradera común (beneficios concentrados), pero los costos de dicha acción «son compartidos por todos los ganaderos». Es decir, en el caso de las tragedias de los comunes, ocurre que las lógicas de interés individual señalan que las ganancias del actuar recaerán 100% sobre el individuo—es decir, los beneficios son concentrados en el ganadero que lleva su ganado a pastar. En cambio, solo una pequeña fracción del costo para la pradera recaerá en el dueño de dicho ganado, puesto que la pradera es compartida por todos, y, por ende, los costos y daños son colectivizados y, peor aún, traspasados a las futuras generaciones de usuarios (esto se conoce como privatizar ganancias y socializar pérdidas). Por lo general, cuando existen estas lógicas de beneficios concentrados y costos dispersos, los individuos tienden a actuar maximizando el bienestar individual de corto plazo, pero generando catástrofes colectivas en el largo plazo, como en el caso del cambio climático.[3]

Ejemplos típicos de estas lógicas de costes dispersos y beneficios concentrados son el constante aumento del gasto público de un Estado, nuestra incapacidad de reducir las emisiones de CO2, el exceso de contaminación en las calles y de los basurales públicos, etc. Muchas tragedias colectivas y ecológicas tienden a producirse bajo esta lógica evidenciada por Hardin. En definitiva, todo esto conduce a la extinción (o sobreexplotación) del recurso y por ende a una tragedia. Según Hardin:

 

«Cada ser humano está encerrado dentro de un sistema que lo conmina a incrementar sin límites su rebaño, en un mundo que es limitado. La ruina es el destino hacia el cual todos los seres humanos se precipitan, cada uno buscando su propio mejor interés en una sociedad que cree en la libertad de los (bienes) comunes. La libertad en los bienes comunes conlleva entonces la ruina para todos».

 

En síntesis, en situaciones donde no hay derechos de propiedad bien definidos respecto a los recursos ecológicos y en donde no hay grandes posibilidades de exclusión o de sanción de otros usuarios o consumidores, existen altas probabilidades de que dichos contextos conduzcan a tragedias colectivas en donde los recursos terminen agotándose o sobreexplotándose. Precisamente, aquellos denominados «bienes comunes», que son recursos «de todos» que son consumidos y explotados, pero que además es difícil excluir a las personas de su consumo, son los más susceptibles a ser víctimas de estas tragedias. Esto ya había sido advertido por Aristóteles hace más de 2.300 años atrás cuando señalaba que:

 

«la propuesta [de la propiedad común] tiene otro inconveniente: lo que es común a un número muy grande de personas obtiene mínimo cuidado. Pues todos se preocupan especialmente de las cosas propias, y menos de las comunes, o sólo en la medida en que atañe a cada uno. En cuanto a los demás, más bien se despreocupan, en la idea de que otro se ocupa de ello, como ocurre en los servicios domésticos: muchos criados sirven en ocasiones peor que un número menor».[4]

 

Todo lo anterior es encapsulado con el famoso proverbio, «lo que es de todos, no es de nadie», que tiene raíces que se remontan al derecho romano con la frase communis res nullius, que significa que las cosas comunes no son de nadie y por ende cualquiera puede extraerlas y consumirlas para su propio beneficio. En cierto modo, la lógica detrás de la tragedia de los comunes de Hardin, puede ser interpretada como el resultado opuesto al de la «mano invisible» de Adam Smith. Ahí donde los derechos de propiedad están mal definidos o ausentes, y hay pocas posibilidades de exclusión o de sanción de los usuarios, es probable que la persecución racional de los intereses individuales conduzca a resultados que son desastrosos en lo colectivo (i.e., a privatizar ganancias y socializar pérdidas). Esta sería la otra cara de la moneda de Adam Smith, ya que, en estas situaciones, la racionalidad individual y el autointerés pueden conducir a resultados que son irracionales en lo colectivo o que terminen dañando el bienestar social.[5]

Para tratar de combatir estas tragedias colectivas de los bienes comunes, Garrett Hardin planteó dos posibles soluciones: (1) la creación y asignación de derechos de propiedad a través de la privatización de dichos recursos (como privatizar la pradera del ejemplo), y (2) la imposición del «Leviatán», o el control estatal de dichos recursos comunes, en donde se establece algún criterio de acceso o uso. Ambas soluciones, la privatización o la estatización, argumenta Hardin, podrían ser mecanismos factibles para poder resolver el problema de la tragedia, al tratar de establecer los incentivos para los agentes y los mecanismos de gobernanza para poder sostener sistemas de exclusión y de monitoreo para que los recursos no terminen siendo sobreexplotados. Un elemento clave de ambas soluciones —tanto la privada como la estatal— es la existencia de alguna forma de derechos de propiedad y la capacidad de establecer mecanismos de monitoreo, exclusión, control y sistemas de recompensas y castigos para poder excluir y penalizar tanto a aquellas personas que buscan sobreexplotar el recurso, como a todos aquellos que no contribuyen con sus esfuerzos en mantener los recursos en cuestión. Como señala Hardin: «Los acuerdos sociales que generan responsabilidad son acuerdos que generan coerción de algún tipo».

 

 

«En una situación donde no hay derechos de propiedad bien definidos (i.e., no hay propiedad privada), o no existe la posibilidad de excluir a los otros consumidores o usuarios de un bien, lo que tiende a ocurrir es que las personas tienen los incentivos personales de corto plazo para tratar de sobreexplotar bienes ecológicos o compartidos antes que lleguen otras personas o usuarios a consumirlos».

 

Hoy, las ideas de Hardin son bastante útiles para entender muchas de las tragedias ecológicas que han afectado y afectan al mundo. Casos similares de «tragedias colectivas» que se pueden entender a través de esta lógica son: la caza indiscriminada de elefantes y otras especies en África, la casi extinción del bisonte americano durante el siglo XIX, la extinción del pájaro dodo, la sobrepesca de muchos recursos marítimos en los océanos, las grandes congestiones y atascos en las carreteras durante las vacaciones de verano, el fenómeno del vertido de basura en lugares públicos, etcétera. Quizás, uno de los mayores problemas que se puede entender a través de la lógica de la tragedia de los comunes es el calentamiento global.[6]

 

 

Elinor Ostrom y transformar las tragedias en oportunidades

 

No obstante la importancia de las ideas de Hardin, su visión del mundo es bastante pesimista, y —hasta cierto punto paternalista— ya que sugiere dos cosas importantes pero equivocadas: primero, que los individuos y las comunidades están siempre atrapados en dilemas ecológicos o «tragedias» de los cuales no pueden escapar, y, segundo, que debido a esta situación de «tragedia», el Estado o un ente externo benevolente tiene que siempre venir al rescate para sacarlos de dichas calamidades colectivas.

Como señalará Elinor Ostrom, la visión de Hardin se parece mucho a la visión del filósofo inglés Thomas Hobbes en su libro Leviatán, ya que plantea una metáfora pesimista en donde el ser humano en el estado de naturaleza (es decir, en ausencia de reglas y de leyes de propiedad), conducirá a una tragedia colectiva caracterizada por una guerra de todos contra todos. Ostrom señala que la visión de Hobbes es, de hecho, el prototipo de la tragedia de los comunes: los seres humanos, siguiendo su propio interés personal, terminarán peleándose y saqueándose entre sí, depredándose mutuamente y agarrándose a palos, produciendo una tragedia colectiva que sería el estado de anarquía que caracteriza al estado de naturaleza hobbesiano.[7] Según Hobbes y Hardin, entonces se necesita casi siempre de la intervención externa de un Leviatán para sacar a los individuos de dichas situaciones y conducirlos a velar por el bien común a través de la coerción o la amenaza del garrote del Estado. Es precisamente esta visión pesimista y paternalista del orden social aquello que fue profundamente cuestionado por el trabajo de Ostrom que le valió el Premio Nobel.[8]

Hoy, gracias a los trabajos de Elinor Ostrom, sabemos que las tragedias de los comunes en realidad no son inevitables y, más bien, en vez de ser tragedias presentan oportunidades para la acción colectiva. De hecho, Ostrom, recibió el Premio Nobel de Economía en el 2009 por demostrar que las comunidades locales y los individuos pueden —a nivel grupal y a través de la creación de instituciones creadas por ellos mismos— superar las tragedias de los comunes y gestionar los recursos ecológicos de índole común de manera sustentable, a través de la creación y asignación de derechos de propiedad grupales bien definidos dentro de una comunidad y a través de mecanismos de monitoreo, sanción y exclusión de los no colaboradores.[9]

De esta forma, en lugar de considerar a los individuos como atrapados sin remedio en dilemas sociales como pensaban Hobbes y Hardin, el trabajo de Ostrom pone énfasis en el hecho de que en la realidad las personas pueden (por sí solas y en grupos a través de la colaboración espontánea de individuos libres) crear instituciones y normas para gestionar eficazmente los recursos compartidos y, de esta forma, escapar de las tragedias ecológicas sin un Leviatán. Sus investigaciones, entonces, desafiaron la teoría de la tragedia de los comunes de Hardin, que predecía que el uso excesivo de los recursos comunes es inevitable, al demostrar que las comunidades pueden autoorganizarse, autogobernarse y cooperar con éxito para gestionar de forma sostenible recursos como la pesca, los pastizales o bosques y los sistemas de administración de recursos hídricos.

La obra de Elinor Ostrom es muy extensa y fascinante, y, por lo tanto, no podríamos revisarla o resumirla de forma exhaustiva en las siguientes líneas,[10] pero, para efectos de este ensayo, mencionaremos solo la gran idea de Ostrom referente a la posibilidad real de que las comunidades locales y los individuos sean capaces de colaborar y de resolver dilemas ecológicos de forma endógena, escapando así —y por si solos— de las tragedias de los comunes, y sin necesidad de recurrir a la intervención del Leviatán estatal. Durante varias décadas, Elinor Ostrom se dedicó a recorrer y estudiar el mundo revisando y analizando casos empíricos en donde las comunidades locales eran capaces de crear instituciones de forma espontánea para poder transformar las tragedias de los comunes en oportunidades de gestión sustentable de los recursos. Ostrom estudió así casos en España, Turquía, Suiza, Nepal, Estados Unidos, Indonesia, Brasil, Nigeria y muchos otros, en donde encontró ejemplos reales de gestión eficiente y sostenible de los recursos compartidos mediante diversas formas de autogobierno en pesquerías, pastizales, sistemas de irrigación, gestión de zonas forestales y un largo etcétera. Ostrom entonces demostró, a través de un amplio trabajo empírico, que bajo ciertas condiciones las comunidades locales y los individuos de hecho solucionan problemas de cooperación y logran autogestionar sus recursos comunes de manera efectiva a pesar de que velan por su propio interés.[11]

En lugar de suponer que los individuos que comparten un recurso en común están atrapados en tragedias inexorables, Ostrom nos demuestra que sus capacidades para eludir y resolver varios tipos de dilemas colectivos varía en función de la situación en la que se encuentran dichos individuos. Se debe entonces aprender más de la experiencia de las personas en contextos específicos y hacer un análisis institucional y de campo exhaustivo para entender el contexto (geográfico, político e institucional) en el que estos se encuentran, y no basar las políticas públicas en el supuesto de que los individuos son incapaces y limitados, mientras que asumimos que el Estado es omnisciente y benevolente.

Esta visión condujo a Ostrom en 1990 a publicar su libro y magnum opus: El Gobierno de los Bienes Comunes, en donde deja en evidencia esta visión positiva y no paternalista respecto al orden social y acerca de cómo los individuos no están atrapados para siempre en trampas inexorables à la Hobbes o à la Hardin; sino que más bien estos pueden conversar, negociar, intercambiar y colaborar para poder diseñar ellos mismos —casi como guiados por una mano invisible— reglas e instituciones con el objetivo de poder resolver dilemas comunes y así prosperar, cooperar pacíficamente y mejorar su situación a nivel individual y colectivo. Básicamente, el trabajo de Ostrom —siguiendo los pasos de otros economistas liberales como Adam Smith y F.A. Hayek— nos muestra que la cooperación humana no es un fenómeno ni marginal ni excepcional; sino que más bien es la base fundante a través de la cual se pueden crear sistemas sociales de beneficio mutuo, que generan progreso y prosperidad a través del intercambio y la cooperación sin necesidad de un Leviatán que nos vigile.

De esta manera, y contra Hobbes y Hardin, uno podría leer a Ostrom a través de los lentes de Adam Smith: en ciertas situaciones, los individuos, buscando su propio interés, pueden establecer instituciones (i.e., mecanismos de comunicación, monitoreo, propiedad común y sanción) para auto-guiarse y autogobernarse —como si fuera una mano invisible— para guiar sus esfuerzos personales hacia la acción colectiva exitosa de los recursos ecológicos comunes. De esta manera, el trabajo de Elinor Ostrom se vincula estrechamente con las ideas de F.A. Hayek, respecto a «los órdenes espontáneos» creados a través de la acción individual, a la idea de «la mano invisible» de Adam Smith, y al mensaje de Tocqueville respecto al rol crucial que tiene la sociedad civil y los cuerpos intermedios en sustentar aquello que entendemos como «el bien común» y la vitalidad de «lo público».

 

 

«Hoy, gracias a los trabajos de Elinor Ostrom, sabemos que las tragedias de los comunes en realidad no son inevitables. Ostrom demostró que las comunidades locales y los individuos pueden —a nivel grupal y a través de la creación de instituciones creadas por ellos mismos— superar las tragedias de los comunes y gestionar los recursos ecológicos de índole común de manera sustentable, sin necesidad de recurrir a la intervención del Leviatán estatal».

 

En conclusión, el legado intelectual de Ostrom nos enseña que existe una tercera alternativa más allá de la estrecha privatización y la estatalización: el manejo comunal y local de ciertos recursos. No obstante, esta solución planteada por Ostrom también necesita de la creación de derechos de propiedad (grupales) y el establecimiento de mecanismos de exclusión, monitoreo y de sanción de los no contribuyentes. Es decir, la alternativa cooperativa de Ostrom también requiere de derechos de propiedad, de mecanismos de coerción y de exclusión para ser viable. En algunos contextos, las comunidades locales pueden resolver, y de hecho lo hacen, la tragedia de los comunes, la acción colectiva y otros problemas relacionados con la gestión de recursos públicos o comunes sin recurrir a la regulación gubernamental como si fuese una bala de plata. En síntesis, el trabajo de Elinor Ostrom es hoy un pilar fundamental para un análisis menos ideologizado de sistemas sociales y ecológicos complejos, y para la comprensión de que es posible el autogobierno en la sociedad mucho más allá de las tragedias y del Leviatán.

 

 

[1] Hardin, G. (1968). «The tragedy of the commons». Science, 162: 1243-1248. El ensayo se puede encontrar en español como Hardin, G. (2007). «La tragedia de los comunes». Revista Ambiente y Desarrollo, 23 (1): 53–63.

[2] Para una discusión actual de la tragedia de los comunes véase: Frischmann, B., Marciano, A., and Ramello, G. (2019). «Retrospectives: Tragedy of the Commons after 50 Years». Journal of Economic Perspectives, 33(4): 211–28.

[3] El lector interesado en la lógica de los beneficios concentrados y costos dispersos puede consultar: Olson, M. (1984). The Rise and Decline of Nations: Economic Growth, Stagflation, and Social Rigidities. Yale University Press.

[4] Véase Aristóteles (1988). Política, pp. 91-92. Madrid: Editorial Gredos.

[5] Para más detalles véase: Muñoz, F. y Paniagua, P. (2025). La Gran Evasión. Economía para las ciencias sociales y humanas. Madrid: Editorial Síntesis.

[6] Véase: Nordhaus, W. (2018). «Climate change: The Ultimate Challenge for Economics». Discurso del Nobel, Estocolmo: Nobel Foundation.

[7] Véase: Ostrom, E. (2000). Capítulo 1, El Gobierno de los Bienes Comunes. México: FCE.

[8] En particular, véase el brillante ensayo donde Ostrom cuestiona el paradigma de Hobbes: Ostrom, E., Walker, J., y Gardner, R. (1992). «Covenants With and Without a Sword: Self-Governance is Possible». The American Political Science Review, 86(2): 404–417.

[9] Véase su conferencia de recepción del Premio Nobel: Ostrom, E. (2014). «Más allá de los mercados y los Estados: gobernanza policéntrica de sistemas económicos complejos». Revista Mexicana de Sociología, 76: 15-70.

[10] El lector interesado puede leer su biografía intelectual en español: Tarko, V. (2024). Elinor Ostrom: Una Biografía Intelectual. Santiago: Faro UDD Ediciones.

[11] Ostrom estudió innumerables casos empíricos y ejemplos de acuerdos colectivos con el objetivo de recopilarlos y luego sistematizarlos para obtener ciertas condiciones generales o principios comunes que fueran suficientes para establecer la acción colectiva exitosa. Ostrom estableció ocho características o principios que denominó «principios de diseño», que están presentes en aquellos casos de acción colectiva o de gestión común exitosa. El lector interesado en estos ocho principios puede consultar: Wilson, D., Ostrom, E., y Cox, M. (2013). «Generalizing the core design principles for the efficacy of groups». Journal of Economic Behavior & Organization, 90(S): S21-S32.