
Este libro, y reseña, son una crítica al ecologismo entendido como puesta en escena moral: cuando la obsesión por parecer virtuoso sustituye a la preocupación por resultados reales, la protección ambiental se transforma en burocracia, captura política y daño social.
Introducción
En la fila hay un hombre que viste pantalones de cotelé. Mientras se acerca a pedir su matcha latte de siempre, se saca los audífonos blancos y los deja colgar de su camisa holgada. Ya con bebida en mano, se instala en la mesa de la esquina, la más solitaria de ese Starbucks, y con sus dedos cubiertos en anillos agarra desde dentro de su tote de Trader Joe’s un libro usado de bell hooks. Pronto comenzará a pretender que lo lee.
En rigor, ese hombre no existe. Es un meme, el epítome del «hombre performativo» que se viralizó durante 2025. Corresponde a una persona —generalmente varón— que intenta exhibir sensibilidad, intelecto y gustos únicos, pero que termina replicando el mismo paquete estético que el resto. Se presenta como un «aliado feminista», no por convicción, sino por atención. Su objetivo es ser visto, sobre todo por mujeres.
La caricatura que representa este personaje es tan evidente que se volvió una humorada. En 2025, se hicieron concursos en varias ciudades alrededor del mundo donde ganaría quien fuese capaz de exagerar al máximo el hombre performativo. Para la escritora de tendencias de la moda, J’Nae Phillips, que este fenómeno se convirtiera en meme, revela que vivimos en una sociedad cada vez más escéptica. Según ella, estamos tan abrumados por el exceso de contenido nuevo en redes sociales que llegamos a vivir en modo de sospecha permanente, bajo el cual estamos «cada vez más dispuestos a etiquetar algo (lo que sea) como performativo si parece calculado en lugar de auténtico».[1]
Así, calificar algo como «performativo» se convirtió en una especie de insulto, sinónimo de superficial. Por supuesto, la superficialidad no es novedad. La puesta en escena de nuestra personalidad e intereses para el consumo de otros ha sido una práctica humana por mucho tiempo y ha tomado diversas formas e intensidades.
En Nature unbound: Bureaucracy vs. the Environment, los autores Simmons, Yonk y Sim no llegan a usar la palabra «performativo», pero describen un fenómeno similar entre muchos quienes muestran férrea preocupación por el cuidado de la naturaleza. Esos individuos estarían más preocupados de exhibir su angustia por ríos secos o koalas supuestamente en peligro de extinción que de hacer algo efectivo por la naturaleza. Sin embargo, el «ecologista performativo» es un fenómeno aún más profundo que, según los autores, tendría sus raíces en pensadores naturalistas y activistas con una comprensión errónea del mundo natural.
La idea fundamental que sostiene esa visión equivocada es que en nuestro planeta existe un balance natural perfecto. Es decir, una naturaleza autorregulada, armónica, capaz de sostenerse sola si los humanos no la intervienen. Cuando esa visión se mezcla con la obsesión por las apariencias, el resultado se vuelve socialmente costoso. Una y otra vez, estos «ecologistas» terminan influyendo en leyes y burocracias ambientales que abren espacio a la caza de rentas, frenan la inversión, erosionan el desarrollo y desperdician recursos fiscales. Pero, lo más irónico, es que muchas veces terminan dañando la misma naturaleza que dicen defender.
«Sin perjuicio de lo anterior, la visión pseudodivina de la naturaleza y la obsesión por las apariencias a través del alardeo moral ecologista solo son la mitad de la historia. Ambos fenómenos contribuyen a la creación de leyes y burocracia que interrumpen del desarrollo económico y, muchas veces, el mismo cuidado de la naturaleza»
El ecologista performativo y el emprendedor político
Los autores enfatizan la figura de John Muir —fundador de la organización activista de tendencias anticapitalistas[2], Sierra Club— como uno de los principales impulsores del romanticismo naturalista. Muir nació a mediados del siglo XIX, en Escocia, y a los 11 años se mudó con su familia a los sectores rurales de Estados Unidos. Desde pequeño desarrolló una fascinación por la naturaleza. Sin embargo, no fue hasta después de un accidente que casi le cuesta la vista que comenzó un viaje de apreciación por lo natural. Hacia 1874, Muir ya era un escritor exitoso y su visión pseudodivina de la naturaleza[3] influenciaba cada vez más a los ambientalistas estadounidenses.[4]
Según los autores, el romanticismo de Muir influyó decisivamente en las élites anglosajonas blancas y acomodadas, que comenzaron a concebir la naturaleza principalmente como un espacio de recreación. Desde esa posición, impusieron una visión idealizada de territorios libres de intervención humana, desplazando las prácticas de las comunidades rurales que demostraban un uso productivo y sustentable de la tierra. Cuidar naturaleza, de una forma u otra, siempre implicó intervención humana, pero los individuos acomodados no lo veían así, y tenían la influencia política necesaria para limitar legalmente su uso.[5]
De esa forma, la fantasía conservacionista derivó en una traba burocrática que, en la práctica, restringió el acceso a la naturaleza de los sectores de menores recursos al encarecer su uso mediante permisos, prohibiciones de equipos y limitaciones espaciales y temporales para la cosecha. Como su ingreso no dependía de esas tierras, las élites que promovieron dichas restricciones no asumieron sus costos. Estos recayeron, en cambio, sobre quienes sí dependían del trabajo de la tierra para su sustento, como «inmigrantes, minorías raciales, indigentes y tribus indígenas».[6]
En la actualidad, el romanticismo conservacionista persiste y redefine a sus adversarios, incorporando ahora el consumo de agua asociado a cada prompt enviado a ChatGPT. En septiembre de 2025, esta lógica se manifestó cuando Google canceló un proyecto de inversión cercano a US$1.000 millones para construir un centro de datos en Indianápolis, tras la presión de grupos ambientalistas sobre las autoridades regulatorias.[7] Dichos grupos celebraron el resultado. Sin embargo, el físico y escritor, Andrew Masley, sostiene que, por lo general, el trade-off entre uso de agua y recaudación fiscal vinculada a la operación de centros de datos se inclina claramente a favor de la protección ambiental. A su juicio, el consumo de agua potable de estas instalaciones ha sido sistemáticamente exagerado en los medios tradicionales, distorsionando las prioridades del debate ambiental. A modo de contraste, en 2023 la inteligencia artificial representó el 0,04% del uso de agua potable en Estados Unidos, mientras que la industria del golf alcanzó el 3%.[8]
Cabe preguntarse, entonces, ¿por qué alguien celebraría una decisión con costos económicos significativos y beneficios ambientales altamente discutibles? Una explicación posible radica en motivaciones ideológicas que interpretan como triunfo cualquier revés a la empresa privada, independiente de sus efectos sociales. Otra apunta a la ignorancia respecto de la interacción entre actividad empresarial y sostenibilidad ambiental. Se trataría de una ignorancia acomodada que habilita el alarde moral —virtue signaling—, donde la retórica del cuidado de la naturaleza se impone como un absoluto, por sobre ganancias socioeconómicas e incluso ecológicas.
En la misma línea, Shaikh y Ashill [9] identifican asociaciones significativas entre rasgos de personalidad narcisista y la adhesión declarada a valores proambientales. Según ellos, este vínculo se explica porque las personas con tendencias narcisistas tienden a presentarse como ecologistas con fines de aceptación social, aun cuando el cuidado de la naturaleza no sea una motivación genuina, sino un medio para reforzar y proteger su autoestima a través del alardeo moral.
De vez en cuando, todos caemos en el romanticismo de la naturaleza libre de intervención humana. Los mismos autores de Nature Unbound se declaran víctimas de ello. Efectivamente, hay cierta belleza en el mito de la naturaleza sin disrupciones. Pero, como bien explican los autores, «la dependencia en esa mitología ha tenido un alto costo para la sociedad. Irónicamente, estos costos recaen sobre el público estadounidense, que es el supuesto beneficiario tanto de la legislación ambiental como de los litigios del movimiento ambientalista».[10]
La idea de que existe un estado de equilibrio o «balance de la naturaleza», como se aborda en la obra, es una que existe desde los orígenes de la historia escrita.[11] Pero, la naturaleza por sí sola no existe en un balance. De hecho, su única constante es el cambio.[12] ¿Cuál sería el estado natural de las cosas? se preguntan los autores, y ¿qué es lo que los ecologistas actuales buscan conservar? Los pueblos indígenas ya quemaban vegetación con fin de controlar plantaciones. Con ello, ya determinaron una nueva configuración de la naturaleza y volver a «lo original» sería imposible. «Por paradójico que suene, la naturaleza debe ser administrada»[13] ya que, donde algunos ven un santuario que necesita protección del Estado, otros pueden ver un hogar que debe intervenirse mediante la caza, la plantación y control del ganado para ser habitable.
Sin perjuicio de lo anterior, la visión pseudodivina de la naturaleza y la obsesión por las apariencias a través del alardeo moral ecologista solo son la mitad de la historia. Ambos fenómenos contribuyen a la creación de leyes y burocracia que interrumpen del desarrollo económico y, muchas veces, el mismo cuidado de la naturaleza. Eso, según los autores se lo debemos a los emprendedores políticos. Estos pueden ser «burócratas, cargos políticos, miembros de grupos de interés o think tanks, e individuos interesados. Los emprendedores políticos pueden ser tanto quienes defienden propuestas como quienes intentan bloquearlas (…) [Son quienes] invierten sus recursos —tiempo, energía, reputación y, a veces, dinero— con la esperanza de obtener un retorno futuro (…) [como] preservar el statu quo»[14].
Al emprendedor político no lo moviliza la protección de la naturaleza, sino la defensa de sus propios intereses. Esto se evidenció, por ejemplo, en 2009, cuando el presidente Obama impulsó un paquete de estímulos que destinaba recursos a proyectos de energías renovables. Según relatan los autores, en ese contexto los mismos grupos activistas que durante años habían utilizado la burocracia para retrasar iniciativas contrarias a sus agendas comenzaron a criticar la excesiva lentitud de los procedimientos administrativos y a exigir una tramitación más expedita para sus proyectos.[15]
«Diversas leyes concebidas formalmente para proteger la naturaleza han terminado operando, en la práctica, como instrumentos burocráticos al servicio de emprendedores políticos»
La burocracia anti-naturaleza
En Nature Unbound, los autores sostienen que diversas leyes concebidas formalmente para proteger la naturaleza han terminado operando, en la práctica, como instrumentos burocráticos al servicio de emprendedores políticos, quienes las utilizan para promover intereses propios. En esta sección me concentro en dos de ellas, que capturan con particular claridad el espíritu de la crítica planteada en el libro.
Un caso notable es el del National Environmental Policy Act (NEPA) de 1970. Esta ley exige la recopilación y divulgación de información previa a la ejecución de acciones en tierras federales o financiadas con recursos estatales, mediante una serie de procedimientos administrativos —lo que en Chile conocemos como «permisología ambiental»—. Su objetivo original era asegurar que el Estado incorporara de manera rigurosa las consideraciones ambientales en los proyectos de inversión. Sin embargo, los autores advierten que existen manuales de activismo ecológico que llaman a utilizar NEPA como una herramienta para encarecer, retrasar y judicializar iniciativas.[16] Y la estrategia funciona.
El Departamento de Energía de Estados Unidos estima que la duración promedio de una evaluación ambiental bajo NEPA es de 13 meses, con un costo aproximado de US$110.000 por proyecto. En casos más complejos, estas cifras aumentan a 33 meses y US$5,8 millones, respectivamente. Otras estimaciones elevan el impacto agregado de estas demoras a pérdidas cercanas a US$3,4 billones para la economía y a la destrucción de alrededor de un millón de empleos al año.[17]
En esencia, la arquitectura institucional de NEPA otorga a los grupos de interés amplias herramientas para dilatar al máximo los proyectos a los que se oponen. Incluso funcionarios vinculados a la implementación de la ley han reconocido el grado de saturación que generan estos retrasos. Aun cuando una evaluación ambiental recibe la aprobación administrativa, esta puede ser posteriormente litigada por organizaciones que buscan frenar la iniciativa. Como resultado, numerosos proyectos quedan atrapados en extensos procesos judiciales, desviando recursos presupuestarios y tiempo de gestión hacia la defensa legal, en lugar de destinarlos a resolver la acumulación de evaluaciones pendientes.[18] Si bien el burócrata experimenta frustración ante la imposibilidad de avanzar, el costo final de este entramado recae sobre los impuestos que pagan los ciudadanos estadounidenses.
Por otra parte, los autores examinan el Energy Policy Act de 2005 y sus efectos sobre el sector de las energías renovables, centrándose en el caso emblemático de la empresa Solyndra. Según su análisis, los directivos de esta compañía se beneficiaron de una burocracia permisiva y funcional a sus intereses, enriqueciéndose a costa de las personas que financian el Estado.
En 2005, Solyndra era una firma prometedora por sus innovaciones en tecnología de paneles solares. Sin embargo, tras varios años sin lograr rentabilidad, solicitó acceso a los fondos federales disponibles bajo el Energy Policy Act, petición que fue rechazada durante la administración Bush. El escenario cambió con la llegada de la administración Obama, momento en que la empresa obtuvo financiamiento estatal por un monto estimado en US$535 millones. Pasó entonces a ser tratada como un «ganador seguro», lo que derivó en una rápida expansión: Solyndra llegó a emplear a más de 1.100 trabajadores, pero en menos de dos años se declaró en quiebra, con despidos masivos y una posterior intervención del FBI ante sospechas de irregularidades.[19]
De acuerdo con la obra, este caso ilustra cómo políticas diseñadas, en principio, para fomentar la transición tecnológica y promover la virtuosidad ambiental pueden derivar en una arquitectura de selección política de proyectos no rentables, donde las pérdidas se socializan mientras los beneficios se concentran en quienes logran capturar el diseño y la asignación de subsidios y garantías estatales.
«Incluso funcionarios vinculados a la implementación de la ley han reconocido el grado de saturación que generan estos retrasos. Aun cuando una evaluación ambiental recibe la aprobación administrativa, esta puede ser posteriormente litigada por organizaciones que buscan frenar la iniciativa»
Lo que ves no es todo lo que hay
Cuando el poder de decisión se concentra en un grupo reducido de «expertos», estos tienden a operar bajo la premisa de que «lo que ven es todo lo que hay». Es decir, que sus decisiones se basan en un conjunto de información completa. Desde esa perspectiva, no existirían alternativas superiores; en cualquier decisión se habría elegido la mejor opción posible dado lo que se conoce, asumiendo implícitamente que ese conocimiento es exhaustivo.
Simmons, Yonk y Sim cuestionan esto de manera frontal. A su juicio, la gestión adecuada de los recursos naturales requiere precisamente lo contrario: aprovechar la dispersión del conocimiento que explicaba F. A. Hayek en su ensayo sobre «El uso del conocimiento en la sociedad».[20] La planificación ambiental centralizada resulta ineficaz porque parte de la premisa falsa de que lo observable es todo lo que existe. En rigor, una parte sustantiva de la información permanece implícita y solo emerge a través de las interacciones voluntarias entre individuos. Es en esas transacciones donde se revelan preferencias y valoraciones, dando origen a un sistema de precios que opera como un mecanismo de señalización sobre lo que ocurre en la economía.
No obstante, como señalan los autores, «a pesar de la dificultad de recopilar y utilizar información, (…) la ley y las órdenes judiciales exigen que el BLM (Bureau of Land Management) formule planes de administración exhaustivos para cada distrito de pastoreo». Incluso suponiendo que tales planes fueran adecuados originalmente, su implementación rígida ignora la dinámica cambiante de los entornos naturales. Con el tiempo, las condiciones ambientales se transforman, mientras que la burocracia suele demorar años, e incluso décadas, en actualizar sus criterios. De este modo, «el pasado continúa guiando un presente nuevo y diferente».[21]
Delegar el cuidado de la naturaleza exclusivamente al Estado implica, además, apartarse de la tradición del common law, basada en el respeto a la propiedad privada. Bajo este marco, cada propietario protegía sus recursos y reconocía los derechos ajenos, generando un orden espontáneo de cooperación y límites recíprocos que desincentivaban la apropiación indebida.
La propiedad privada, sostienen los autores, también constituye un motor de innovación tecnológica, de la cual derivan tanto el crecimiento económico como una mejora sostenida en los estándares ambientales. Empresas e industrias enfrentan incentivos permanentes para aumentar su eficiencia, lo que tiende a traducirse en procesos productivos más limpios. No es que la contaminación atmosférica haya disminuido a pesar del crecimiento económico posterior a la Revolución Industrial, sino precisamente gracias a él.
Este libro —sólidamente documentado— desmitifica concepciones extendidas sobre la naturaleza y expone a quienes reducen el ecologismo a una mera performance, instrumentalizando la burocracia para la promoción de intereses particulares. Al mismo tiempo, los autores ofrecen un excelente análisis de casos puntuales que ayudan al lector a identificar el círculo vicioso que conduce al estancamiento institucional: «los políticos buscan votos y ser reelegidos. Los burócratas buscan mayor seguridad laboral y mayores presupuestos. Los grupos de interés y los votantes buscan que el sistema político implemente sus deseos. Cada actor político busca algo controlado por otros en el sistema».[22]
[1] Cochrane, L. (2025). Everything is performative now. i-D. https://i-d.co/article/performative-2025/
[2] Purtell, J. (2024). Can markets stop the climate crisis? Sierra Club. https://www.sierraclub.org/sierra/can-markets-stop-climate-crisis
[3] Limbaugh, R. (1895). The nature of John Muir’s religions. En Muir Symposium (University of the Pacific). Scholarly Commons.
[4] Sierra Club. (s. f.). John Muir: A brief biography. Sierra Club Vault. https://vault.sierraclub.org/john_muir_exhibit/life/muir_biography.aspx
[5] Simmons, R. T., Yonk, R. M., & Sim, K. J. (2016). Nature unbound: Bureaucracy vs. the Environment. Independent Institute. P39-40.
[6] Ibid. P40
[7] WTHR. (2025). Google pulls Franklin Township data center plan minutes before council vote. WTHR. https://www.wthr.com/article/news/local/indianapolis-franklin-township-google-data-center-plan-pulled-after-city-county-council-discussion/531-b8223650-5721-4108-a927-9ac38d894b3e
[8] Masley, A. (2025). The AI water issue is fake. https://andymasley.substack.com/p/the-ai-water-issue-is-fake
[9] Shaikh, S., & Ashill, N. (2025). What drives us to go green: The roles of narcissism, virtue signaling and social exclusion. Personality and Individual Differences, 247, 113392. https://doi.org/10.1016/j.paid.2025.113392
[10] Simmons, R. T., Yonk, R. M., & Sim, K. J. (2016). Nature unbound: Bureaucracy vs. the Environment. Independent Institute. P50.
[11] Ibid. P8.
[12] Ibid. P09.
[13] Ibid. P14.
[14] Simmons, R. T., Yonk, R. M., & Sim, K. J. (2016). Nature unbound: Bureaucracy vs. the Environment. Independent Institute. P04.
[15] Ibid. P99.
[16] Ibid. P78.
[17] Ibid. P76-77.
[18] Simmons, R. T., Yonk, R. M., & Sim, K. J. (2016). Nature unbound: Bureaucracy vs. the Environment. P96.
[19] Ibid. P176.
[20] Hayek, F. A. (1945). The use of knowledge in society. The American Economic Review, 35(4), 519–530.
[21] Simmons, R. T., Yonk, R. M., & Sim, K. J. (2016). Nature unbound: Bureaucracy vs. the Environment. Independent Institute. P33.
[22] Ibid. P21.